Otra forma de ver las cosas, otra forma de cazar

La caza posee una riqueza cultural incalculable, mal que les pese a ese conjunto de ignorantes que, en el mejor de los casos, la desdeñan, si no la vituperan, la criminalizan o la ridiculizan considerándola una actividad de salvajes y aventados. En el fondo, desconocimiento pleno de una de las más, si no la más, antigua de las actividades practicadas por el hombre.

Fue el motor de las primeras expresiones artísticas del ser humano de las que se tiene referencia y también el motivo de los primeros avances tecnológicos al comenzar aquel a desarrollar armas y útiles para poder dar caza a presas de mucho mayor tamaño y poderío físico que le eran imprescindibles para subsistir.

Hace dos millones de años el Homo habilis fabricaba herramientas con las que daba caza a las presas de las que se alimentaba. Desde entonces hasta hoy en día, el género Homo jamás dejó de cazar. Parece demasiado tiempo para que unos pocos desabridos y desinformados pretendan, desde hace no más de quince años, dar carpetazo a esta antiquísima actividad que conformó al ser humano como lo que es, sin más razonamiento que impresiones particularistas y sensibilidades interiores.

Aunque solo fuera por eso debería ser tratada con veneración y respeto.

La caza no ha sido solo la expresión de una faceta humana, ha sido, y lo sigue siendo hoy en día, parte consustancial de la naturaleza del hombre, aunque muchos, dada la imparable evolución tecnológica e industrial de las sociedades modernas y el elevado grado de confort alcanzado –solo en el mundo rico del planeta– hayan relegado dicha faceta de forma definitiva, pretendiendo que los que no lo han hecho dejen también de hacerlo por considerarla una expresión violenta y agresiva.

Sin embargo, en muchos de nosotros, también participantes de estas sociedades del bienestar y el confort, sigue viva esa llama que alienta el encuentro con lo salvaje, con lo puro, con lo no adulterado, allí de donde provino el hombre hace millones de años, espacio en el que muchos, aún hoy en día, encuentran, encontramos, la plenitud como seres vivos, alejados del mundo frío y gris del hormigón; impuesta cárcel donde, de alguna manera, nos encontramos privados, atrapados, de ese contacto con lo natural.

La población rural, que ha mantenido vivos esos procesos naturales, comprende, aún sin participar, cualquier actividad que coadyuve de forma responsable al aprovechamiento y sostenimiento de la naturaleza.

La caza como tal no es una mera actividad deportiva ni de puro esparcimiento, sino que es una forma de participación directa en tales procesos de la naturaleza.

En nuestra querida España, los habitantes del mundo rural la entienden como una parcela más de la vida, ya sea por el simple aprovechamiento de un recurso que siempre tuvieron al alcance de la mano, por la fuente importante de ingresos que supone desde hace tiempo, como medio de regulación de las especies con las que a diario interaccionaban, por puro sentimiento y sana afición a la actividad venatoria y, en el peor de los casos, de mofo coyuntural, por mera tradición arrastrada siglo tras siglo.

Desgraciadamente, ese mundo rural dotado de un conocimiento, que sin ser científico era puramente válido, fue perdiendo poco a poco voz, voto y respeto.

Ahora soplan nuevos vientos y la rebelión ante el absurdo, la injerencia constante en una forma de vida incomprendida y maltratada, y el acoso denodado no se ha hecho esperar. Comenzó tímidamente, pero, con el paso del tiempo, ha ido ganando fuerza y, además, soporte científico.

La sordera de parte del mundo urbanita no tendrá jamás remedio, pero, seguro, que muchos otros, a base de hacerles entender, llegarán a comprender la importancia que tiene ese mundo rural ninguneado en sus cómodas vidas y la llama de la esperanza se avivará para que se logre un profundo respeto por sus costumbres y sus procesos, entre los que la caza tiene un papel relevante.

Por ello, para los cazadores españoles es también buen momento para mirar hacia nuestro interior como venadores del siglo XXI y ser muy conscientes de con quién nos jugamos los cuartos. Aún tenemos mucho que aprender y pulir para presentar ante esta nueva sociedad del bienestar, en el que provocar daño a un ser vivo (aunque existan en su seno múltiples y gravísimas contradicciones, como lo suponen, v. gr., el aborto y la eutanasia) cada día se proscribe más y más, la caza como una actividad pura y muy respetuosa con el medio y con las especies que pueden ser objeto de captura por nuestra parte.

Podemos comprobar cómo por otros pagos europeos se le da a la pieza abatida, se trate de la modalidad cinegética que sea, un tratamiento envuelto en un halo de mayor respeto. Harto estoy en suelo patrio de ver cómo mucha gente se acerca al animal cobrado con el único fin de valorar en exclusiva su trofeo y si carece de él, simplemente contabilizarlo a efectos puramente numéricos, sin preocuparse en absoluto de honrar en el modo merecido la vida arrancada al campo.

Ante la pieza cobrada, sea la que sea, de mayor o de menor, debemos mostrar el más profundo respeto, tratarla correctamente en su cobro y mostrar la veneración que para nosotros debe suponer su destino final, que no puede ser otro que el consumo; amén del recuerdo que el trofeo, de disponer del mismo, supondrá del lance acontecido. Arrebatar una vida por el mero placer de hacerlo no es cazar, es otra cosa.

En la caza colectiva no podemos enfrentarnos al final de la jornada a un cúmulo de animales muertos agolpados unos sobre otros sin orden ni concierto. Esto hiere la sensibilidad de cualquiera. Evitemos esto por todos los medios y presentemos a los animales de forma digna.

Todavía tenemos en España un largo recorrido por delante en esta materia y eso que, realmente, la tendencia parece que cambia y que cada vez hay mayor conciencia, no solo de cazar con ética, sino también de respetar la estética de la caza porque, sin duda, coadyuva a formar mejores cazadores (cuidemos las formas y la vestimenta).

Abatido el animal, demos gracias por la vida entregada y tratémoslo con profunda admiración y cuidado, así cazaremos más y mejor y los que nunca comprenderán, en ningún caso, nuestro modo de vida, tendrán, al menos, inferiores argumentos para tildarnos de salvajes, asesinos, matarifes y toda la retahíla de consabidos etcéteras. Pero no se lo pongamos más fácil y demostremos que detrás de todo cazador hay un alma que vive y siente por el campo y por las especies animales que lo habitan (por todas), por las que sentimos un profundo respeto y admiración, y a las que cuidamos con todas nuestras energías para que sigan aportándonos ese ser puro y salvaje que completa nuestra existencia.

Buena y respetuosa caza, amigos, y ojalá podamos seguir practicando la caza, ajenos a convencionalismos sustentados en la ignorancia y en el desconocimiento y en el que podamos demostrar a todo aquel que nos mire con ojos críticos que cazar no es matar.

 

 

Ramón Menéndez-Pidal.

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