El reclamo de perdiz en los últimos tiempos

Cuando echo la vista atrás desde que comencé a cazar el pájaro desde niño con mi padre, tristemente desaparecido hace muchos años, me doy cuenta de que lo que en su día fue una afición de arraigo familiar se ha convertido en algo muy especial.

La caza de la perdiz con reclamo macho, le guste o no a algunos, forma parte de la tradición de nuestro campo, pues va ligada a nuestra ave más famosa en el mundo, a nuestro patrimonio cultural, que unos personajes analfabetos se empeñan en perseguir y prohibir, pero me permitirán que eche mano del refranero español y exprese que la ignorancia es muy atrevida.

Que tengan que venir unos señores de despacho de la Unión Europea a meter las narices en las costumbres de España, me parece poco menos que atrevido y que denota que algo no está funcionado bien en aquellos parajes tan lejanos, en los que se atreven a cuestionar lo que desconocen. Y desde aquí les insto a que se vengan «unos diítas» conmigo al campo y, tal vez, me demuestren que desconocen todo de esta caza que, por cierto, nuestros políticos allí destinados no defienden, o eso es el sentimiento de muchos reclamistas.

Todo un año de cuidados para un corto periodo de reclamo

Desde mis primeros puestos, ya de niño, me di cuenta que este pájaro tan especial me iba cautivando según avanzaban los celos, los de ellos y los míos.

Cada año, me daba cuenta que creía que sabía, pero, ¡qué va!, tras algún puesto me sorprendía algún gesto, alguna acción, algún silencio que me despistaba, preguntaba a mi padre, a Evaristo el Chan, pinosero de grandes conocimientos en la caza del macho.

Pero los celos se iban sucediendo y las experiencias con aquellos grandes reclamos que formaban el corto jaulero de mi progenitor, del que aprendí grandes ideas, una de las cuales era el tener un número de machos justos, porque los tiempos de caza de esta modalidad son cortos y a un reclamo hay que enseñarlo, formarlo, sufrirlo y con el tiempo, si tiene madera, disfrutarlo mucho.

Algunos detractores de este arte apasionado no entienden casi nada, se limitan a valorar que se le da un escopetazo a una perdiz que se aproxima a la jaula, pero nada más lejos de la realidad y un poco más adelante me explicaré con más detalle.

Ya se va entendiendo aquello del cuidado de los animales que tenemos todo el año para intentar salir al monte unos pocos días a poner el pájaro en el repostero, a colgarlo, como lo denominan en Andalucía.

La magia que se experimenta cuando un reclamo es destapado, nos mira, se gira en su jaula de oro o, incluso, cuando nos da la espalda y emite un sonido de regaño porque ha sentido las perdices a lo lejos… es muy difícil de comprender si no se ha estado allí, si no se ha convivido con ellos en los meses que preceden a las escapadas al cazadero.

Una alimentación particular de cada aficionado

A unos les gusta usar piensos compuestos específicos que están muy equilibrados, a otros les encanta la alimentación con semillas naturales, verde recolectado en el campo, que debo decir que hay que extremar las precauciones de las zonas donde acudimos por él, pues se sabe que se puede haber arrojado herbicida, con lo que las consecuencias pueden ser fatales.

El aporte de golosinas, de nuevo muy personales, dan ese toque de amistad especial de reclamista/reclamo que estará ligada para siempre mientras convivan dentro y fuera del periodo de celo.
A un servidor le gusta aportarlas durante todo el año a modo de recordatorio y os sorprenderíais lo que hacen cuando les muestro una magdalena en sus terreros de peleche.

Destapando al ‘tenor” tras colocarle en el pulpitillo.

Los cambios en la modalidad

Con la evolución de los tiempos, esta caza ha cambiado mucho.

Cada vez son más frecuentes los cazaderos que cuentan con perdices repobladas con mayor o menor tiempo, con el fin de dar cabida a los aficionados que desean oír campo, ver esas carreras a la plaza con una alegría desbordada, pero también, en el otro extremo de las percepciones, es cuando te das cuenta que ese reclamo tuyo, que tanta ilusión te ha procesado, no está en el estado de gracia para ser cazado, porque, para el que desconozca la modalidad, cada reclamo tiene unos días para ser disfrutado, y es en ellos cuando su estado de forma, de diálogo con el campo, sus gestos dentro y fuera del repostero, nos indican que debemos sacarlo.

El cuidado de los dos últimos meses antes de la caza será vital para dirigirlo en esa sintonía que vaya acorde al campo en el que va a ser sacado.

La climatología en esta caza es muy influyente, sobre todo, en el comportamiento de las campesinas, que se adelantarán si el tiempo es caluroso con altas temperaturas y caminos con polvo, que harán revolcarse a las del lugar y, por lo tanto, prodigará que se hagan silencios en las sombras de las arboledas, o insistencia de los machos en el canto denominado «pie» que, como se suele decir, mucho cantar y poco acudir.

Macho de perdiz entrando en plaza.

Una «sufrida» afición

En mi larga vida de aficionado, he oído hasta la saciedad que el año que estábamos era uno de los peores celos que conocíamos. Una expresión muy propia de la afición, de los sufridores, que vuelven una y otra vez a salir al campo con la ilusión de oír cantar una perdiz, porque saben que están, y nada, pero la afición puede con todo.

Esta caza del reclamo es propia de días fríos, húmedos, por eso algunas zonas de España, sobre todo en la zona centro, son unas de las más visitadas, porque mantiene el comportamiento de los pájaros del campo durante el periodo habilitado para ello.

Sobre esto me gustaría apuntar que se tendría que dejar escoger a cada finca esos cuarenta o cuarenta y cinco días disponibles para que cada uno regule su gestión de forma responsable, pero acertada.

No olvidemos que, como todos conocemos, un porcentaje muy elevado de perdices que se cazan con el reclamo son animales liberados provenientes de granjas que, dicho sea de paso, constituyen un aprovechamiento muy interesante y necesario para las economías de esa España Vaciada que dispone de algunos cotos denominados intensivos y que, tras la temporada de ojeos y caza a mano, logran recuperar unos euros de lo invertido y como no, las casas rurales, las tiendas, los bares de los pueblos de esas zonas hacen un poco de caja, tan necesaria en estos tiempos que vivimos.

Pareja de perdices abatidas en un puesto de alba.

Lo importante en la modalidad es que las perdices que cacemos tengan una apariencia, unos cantos, un comportamiento, lo más similar a sus hermanas las salvajes. Si esto no se cumple, tengo que decir, con enorme tristeza, que estamos adulterando la modalidad, como expresaba un aficionado ya desaparecido: nos engañamos a nosotros mismos con perdices carentes de gracia, que pasan por allí sin canto, con un aspecto anaranjado en pico, en patas, o cantando fatal, lo cual nos produce –al menos a mí– un gesto de malestar auditivo y visual que no os podéis hacer a la idea.

Hay tanto de que hablar en esta caza del cuco que pocas modalidades cinegéticas gozan de tantos libros que hablen sobre ella, sobre cómo cazarlas, de los cazaderos más famosos de una época, de trucos para curar enfermedades… En fin, una infinidad de autores que no deseaban dejar escapar la oportunidad de plasmar sus sentires en un papel para la posteridad, ¡bravo por ellos y por sus motivadores reclamos!

Tras terminar, se le muestra la caza abatida al reclamo.

Expectativas para el celo venidero

Tras la pandemia que hemos vivido, el campo ha vuelto a una climatología de antes (veremos si el hombre deja en paz a la atmósfera). Ha vuelto a hacer frío, a llover casi como hace treinta años, y esto nos debería hacer reflexionar sobre lo que algunos llaman cambio climático, que no es otra cosa, bajo mi parecer particular, que el uso y abuso de medios humanos para dirigir el clima, y sobre esto os podría hablar más de una hora, pero ahí lo dejo.

Como digo, el frío, la nieve, han vuelto a muchos lugares como casi hacían antes y este celo que se nos acerca, para algunos ya arrancando, será como siempre, con un poco de todo, de días inexplicables donde las perdices estarán muy andarinas o, en aquellos lugares donde los depredadores son abundantes, incluso excesivos, provocarán que las sonoras y bellas perdices del lugar acudan a las llamadas de nuestro tenor en casi completo silencio –en el argot «de callada» para no delatarse y ser atacadas, ¡una pena!

Citaros, para concluir, que llevo un par de años practicando la modalidad de una forma distinta, sin muerte, sin disparo y esto se lo debo a mi amigo mallorquín Juan Miralles, que la practica desde hace años con una selección de pájaros que ha ido haciendo con sus amigos de la isla, seleccionando cantos, comportamientos, morfología, etc., lo cual dice mucho de su persona y de su amor por las perdices rojas.

El autor, regresando de un buen puesto.

Alguno se rasgará las vestiduras pensando que los reclamos se estropean porque las perdices se vayan sin disparo, pero nada más lejos de la realidad. Como bien decía mi padre, el pájaro mediocre o malo siempre está buscando excusas para no cantar: que si hace mucho calor, que si el cazadero tiene mucho monte, que las perdices no cantan… En cambio, el fenómeno siempre nos demuestra su categoría, aunque no disparemos.

Con este comentario de los párrafos anteriores no quiero decir que a esta caza se la deba prohibir el uso de la escopeta, nada más lejos de mi intención. Al contrario, que cada uno en su coto practique la modalidad como le surja, como le apetezca, pero siempre con respeto al terreno que pisamos y a sus animales, pero os llevaríais una sorpresa al sentir algo distinto cuando ese macho impresionante, salvaje, que está un buen rato peleando por su territorio, por su hembra, se marcha vivo, y no os digo nada si al año siguiente en la zona veis un manojo de pollos con la valentía de su progenitor, señal que esa raza perdura por el lugar.

Y no os preocupéis por vuestro tenor, que no le sucederá nada, seguirá cantando en los siguientes puestos y acercando pájaros a la plaza. Eso sí, estará mejor si lo sacamos cuando debemos y no cuando queremos.

¡Buen celo a los que cacéis!

Cristóbal de Gregorio.

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