Caza y fotografía

Es del todo cierto que la evolución del ser humano como especie ha ido in crescendo dejando atrás, muy atrás, la de sus otros compañeros de viaje en el planeta Tierra, de manera que un buen número de ellos lo están sintiendo en su propia supervivencia hasta llegar, incluso, a su desaparición como especie. Siendo el hombre consciente de esta tropelía está ahora intentando poner todos los medios necesarios para detenerla.

Su percepción hacia los animales ha cambiado significativamente, entendiendo que tiene la obligación de protegerlos. En la mayor parte de nuestro mundo ya no tienen la consideración de sustento básico, por lo que muchos de ellos han dejado de ser perseguidos. Sin embargo, el hombre no ha olvidado sus antiguas costumbres y continúa practicando la caza con aquellos animales cuya supervivencia como especie esté asegurada.

Pero hoy en día la mentalidad del ser humano ha experimentado, al igual que su evolución como especie, una evolución de su propia mentalidad. Continúa apreciando la actividad cinegética, pero también tiene puesta su mirada en otra «captura», esta vez incruenta, de los seres que habitan en la naturaleza, empleando métodos que hasta hace bien poco no estaban a su alcance, léase la captación de imágenes fijas o en movimiento mediante aparatos fotográficos.

Carraca fotografiada por el autor.

¿Pueden ser compatibles ambas actividades?

Creo que sí. Un buen ejemplo lo podríamos tener en la laguna de El Taray, humedal situado en las proximidades del pueblo toledano de Quero, originado por los antiguos desbordamientos de los ríos Gigüela y Riánsares donde unían sus aguas. Lugar considerado como emblemático en la caza de acuáticas, fue propiedad de Francisco Coronado Rodriguez, padre de Ramón (Moncho) Coronado, excelente amigo y compañero mío de profesión, hasta el año 1974 que fue adquirido por José Luis de Oriol.

Con uno u otro propietario, la laguna de El Taray siempre alcanzó los objetivos propuestos, tanto cinegéticos como científicos, estos últimos gracias a los trabajos llevados a cabo por el Club Alcyon, fundado en la década de los sesenta del siglo pasado y constituido por un elenco de cazadores experimentados, como lo eran, entre otros, Paco León, Juan Ramón Sánchez Amarillas, el mismo Moncho Coronado, Aguilera, Paco González Bueno, Juan Moreno y Javier Martínez Avial. Club que mantuvo contacto directo con el célebre escritor Miguel Delibes al que invitaron en más de una ocasión a cazar en El Taray, según él «querencioso lugar para las acuáticas donde los miembros del Club Alcyon han echado los dientes». Una de esas cacerías, compartida con su hijo Miguel, la narra de forma magistral, como no podía ser menos, en su libro SOS, de 1975, intercalando anotaciones sobre los trabajos en los que se empeñaba el grupo Alcyon y la idiosincrasia de muchos de sus componentes.

Allá por 1997 puse por primera vez pie en la laguna gracias a la invitación de José Luis de Oriol, con el tiempo entrañable amigo. A partir de entonces raro era el año que no la visitaba junto a Raimundo (Mundo) Pérez Castells, Eduardo Aranzadi, Carlos Otero Muerza, Fernando Portillo Yravedra, Juan Delibes de Castro, José María Lapetra, Alonso Sánchez Gascón y Fernando Álvarez de Toledo, algunos de ellos por desgracia ya desaparecidos como el mismo José Luis, Mundo y Eduardo.

El recuerdo de las jornadas de caza con tan magníficos y reconocidos cazadores de acuáticas nunca se borrarán de mi memoria. ¡Cómo olvidar el surcar las aguas en las sombras de la noche hasta el puesto en una embarcación «chelera», el oír el revoloteo de los patos levantados de sus querencias, el preparar los cimbeles y las armas, el contemplar el amanecer, ora brillante, ora obscurecido por las nubes, el observar a las codiciadas presas en el horizonte, el esperarlas con ansiedad, el abatirlas (o dejarlas ir) cuando se ponían a tiro, el cobrarlas, el regreso con el ánimo feliz o cabizbajo según el resultado de la cacería, el encuentro con el resto de los compañeros y el descanso acompañado de una refrescante bebida y reconfortante comida!.

Pasado el tiempo, justo el 12 de junio de 2019, recibí de Camilo y Alfonso, hijos del inolvidable José Luis Oriol, una invitación a El Taray para conocer de primera mano una nueva actividad que ellos habían emprendido desde el 2014, la de la fotografía de la fauna propia del lugar empleando cómodos observatorios (hides).

¡Quién me lo iba a decir! En el transcurso de pocos años estaba en ese magnífico predio trasponiendo la ilusionante cacería con escopeta a la no menos ilusionante cacería con máquina fotográfica, afición que, por cierto, había adquirido poco antes de jubilarme. Estábamos allí un buen número de personas, la mayor parte cazadores. Y todas dispuestas a recorrer los distintos observatorios, en total 14, atendiendo a las atentas e interesantes descripciones que sobre cada uno de ellos hacían diligentemente Camilo y Alfonso.

Así nos ilustramos de que el fotógrafo o simplemente el observador aficionado puede encontrarse desde estas cuidadas construcciones de madera bien únicamente con ciertas especies de aves (carraca, abubilla, alcaudón real, cernícalo primilla, grulla y mochuelo), bien con un conjunto variado de ellas (patos, águilas, zampullines, bigotudos, alcaravanes, carriceros, gangas, etc.). Y también nos asombramos ante dos observatorios por sus especiales características: uno de ellos con cama incluida para contemplar los movimientos crepusculares de especies como la grulla, y otro flotante, denominado hidrohide, que el fotógrafo arrastra andando por el fondo de la laguna decidiendo en todo momento la especie elegida para captar con la máquina.

Los observatorios de madera permiten, tanto a los cazadores como a los aficionados a la fotografía, contemplar las distintas especies de fauna.

Compatibilizar actividades

Dicho todo esto retornemos a la pregunta que formulaba sobre la compatibilidad de las dos cazas en un determinado lugar: la de escopeta y la de máquina fotográfica.

Desde mi punto de vista, compatibilidad total. No veo inconveniente en celebrar cacerías en días determinados durante el periodo autorizado en la orden de vedas que, para las acuáticas comprende parte del otoño y del invierno. Se me podría argumentar que la caza hace que, los animales desaparezcan de sus querencias para no regresar, con lo que la oportunidad de fotografiarlos desaparece. Lo dudo mucho. La experiencia que tengo sobre el particular me dice que cuando la jornada de caza finaliza los animales vuelven sin problema a sus lugares habituales de descanso o de alimentación.

Cierto que a un animal al que se le ha disparado o al que ha oído los disparos sus sentidos de alarma le provocan inquietud y muestran gran rechazo a la presencia del ser humano, aunque ello podría ser considerado como una excelente virtud para el fotógrafo al poder obtener instantáneas captando la auténtica naturaleza salvaje del animal, no aquella otra naturaleza que muestra cuando entra a un bebedero o comedero artificial.

La laguna de El Taray en la que no se celebran cacerías en la actualidad ha sido solo un ejemplo que sería posible extender a casi la totalidad de las fincas coto de nuestro país, tanto de caza mayor como de menor, sometidas, por lo general, a toda clase de cuidados para que la biodiversidad tanto florística como faunística esté lo suficientemente regulada permitiendo que la actividad cinegética se pueda llevar a efecto sin problema alguno. Los fotógrafos y amantes de la naturaleza (muchos cazadores aúnan estas dos aficiones) tienen la oportunidad manifiesta de visitar estas fincas en cualquier época del año sin alterar los objetivos programados, tanto cinegéticos como fotográficos.

Y digo aún más. En la actualidad, el avance experimentando por la tecnología fotográfica ha hecho crecer extraordinariamente el número de personas deseosas de salir al campo para captar imágenes de paisajes, animales o plantas, pues la maquinaria que hoy existe en el mercado se lo permite razonablemente sin apenas dificultad. Confieso que yo soy una de ellas (aquel 12 de junio de 2019 en El Taray conseguí fotos espectaculares en un observatorio específico de la carraca sin atisbo de profesionalidad fotográfica).

Entonces me pregunto: ¿por qué no rentabilizar esta afición casi emergente en aquellos lugares donde se practica la caza, ricos en paisajes, animales y plantas? Implicaría para los propietarios de esos lugares un aporte extra dinerario junto a la creación de algún que otro puesto de trabajo. Y todo ello sin menoscabo del desarrollo vital de la fauna.

 

 

Antonio Notario Gómez.

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