El último combate

Para mí, el gamo es uno de los cérvidos más bonitos que tenemos en Europa, no solo por su pelaje moteado y sus astas con forma de pala, sino por lo rápidos, agiles y «eléctricos» que son. Estos factores complican aún más si cabe la empresa de intentar abatir uno con el arco, ya que de todos es sabido la gran capacidad que tiene para agacharse y esquivar las flechas; incluso, en ocasiones, cuando esta llega al lugar, el animal, simplemente, ya no está…

La ronca suele durar entre quince y veinte días. Si queremos conseguir un trofeo entero sin puntas rotas, los primeros días del celo serán los mejores, ya que las violentas peleas que realizan los machos hacen que sus puntas, e incluso sus palmas, se vayan rompiendo a medida que avanza el celo, llegando a dejar las palmas completamente romas.

Sorpresa en el gamo de Álvaro

Después de un largo viaje llegamos a la base donde nos esperan Loren y Álvaro. Nos cambiamos, cogemos bártulos y al cazadero. El sitio ¡es espectacular!: una dehesa, rebrotada de verde tras las últimas lluvias, encinas y robles abundan en lugar, igual que las bellotas. Jorge cazará con Álvaro; yo, con Loren. La ronca acaba de empezar y los primeros ronquidos resuenan en los robledales, combinados con los últimos bramidos de la berrea.

La primera tarde vimos algún que otro macho, uno de ellos increíble, y a punto estuve de conectar a última hora, pero el animal de frente me vio abrir el arco y no me dio opción. Jorge tuvo alguna buena entrada, pero sin poder culminar el lance.

Al día siguiente repetimos cazadero, pero cambiamos de zona. Con el rocío de la mañana la ronca parecía que se animaba, hice dos entradas a diferentes machos, pero o me descubrían las hembras o el aire cambiaba en el último momento, dando al traste con el rececho. Incluso a la desesperada y medio corriendo, intenté cortar el paso a un gran macho ya de retirada. Con el sol en lo alto y calentando nos encontramos con Jorge y Álvaro: vienen con Andrés, el sabueso de Baviera, ¡señal de que ha tirado!

Me cuenta el lance, que fue a escasos 45 metros, los felicito y nos vamos al rastro. Aunque vieron caer al animal, ponemos al perro para que lo siga y Andrés, un poco desorientado al con tanto rastro, ¡da con el gamo en pocos minutos!

Es un animal extraordinario, con grandes palmas y bastante enteras, una de ellas tiene una grieta reciente, pero lo que hace único a ese gamo es una larga luchadera hacia atrás, en la base de su asta. Fotos, vídeos, risas, felicitaciones, más fotos, etc. Muchos años llevabas, amigo mío, tras un animal así y ¡al fin lo conseguiste! Lo bonito de la caza es poder compartir los lances con la gente que aprecias, ¡felicidades!

Mi turno

Comemos algo en el bar del pueblo y volvemos al cazadero. Esta tarde cazaré con Álvaro. Con el sol calentando de lo lindo intentamos localizar algún macho tumbado y damos con animales jóvenes y hembras, por lo que ganamos altura para dar vistas a una ladera con encinas, muy querenciosa cuando los machos roncan. Prismáticos en mano escudriñamos el terreno, vemos un grupo de hembras tumbadas y algún buen macho que las azuza para que se levanten y nos vamos de cabeza al lugar, buscamos el aire y empiezo a rececho. En esta ocasión tengo cámara privado: Jorge me seguirá para intentar grabar el lance.

Primera entrada a un macho peculiar, con una palma grande y otra larga y fina, que no para de roncar rodeando a su harén, y al que consigo acercarme a 80 metros, pero el aire cambia y las hembras me pillan.

Segunda entrada a un macho tumbado en la sombra de un roble. Me coloco a 60 metros, apenas le veo los cuernos, pero, al moverme para mejorar ángulo de tiro, una hembra me detecta y da al traste con el rececho.

Tercera entrada a un precioso macho con todo el trofeo entero, muy proporcionado. Busco el aire y empiezo a recortar metros. El animal, muy encelado, no para de roncar…

Cada vez está más cerca, ¡se me va a meter encima!, el gamo me pasa a escasos treinta metros, con el arco abierto le ronco un par de veces para detenerlo, pero hace caso omiso y, con paso firme, sigue su marcha. «Ese gamo va algún lado, a por hembras o a pelearse con otro macho», me susurra Álvaro. En escasos minutos el chocar de sus astas con las de otro macho resuena en el vallejo. «¡Vamos!, ¡vamos!, ¡vamos!, es nuestra oportunidad» y así empieza una de las entradas más intensas y emocionantes que he vivido jamás…

¡¡El momento!!

Los machos siguen peleando, el sonido de sus astas entrechocando se escucha por todo el bosque y avanzo todo lo rápido que el quebradizo suelo me permite. Enseguida me pongo a escasos cuarenta metros de los machos y, en esta ocasión, las hembras, más pendientes de la riña, no se han percatado de mi presencia. Es impresionante ver con qué violencia y agresividad se están peleando. Me cubro con unos leños, qué momento tan mágico, el sonido de sus astas, el olor que desprenden en esta época inunda mis fosas nasales, la luz plana del atardecer alargando la sombra del combate, solo por ese momento ya es el mejor de los lances.

Tengo el corazón a mil, intento serenarme y gestionar la situación, mido 38 metros, pero los machos no paran de atizarse; los dos son bonitos, pero mi objetivo es el que tiene el trofeo más hecho.  Es imposible poder tirarle así, aparte de que no me parecería ético tirar al gamo mientras se está peleando con el otro macho…, ¡tan cerca y tan lejos a la vez! Los minutos van pasando, los machos siguen atizándose cada vez con menos frecuencia y menos violencia, pero ninguno de los dos tiene intención de ceder. En un apretón se alejan unos metros, me pongo detrás de ellos, se separan, en paralelo van retándose… Ahora sí, mido 46 metros, corrijo y, cuando empiezo abrir, se enzarzan de nuevo, con más violencia aún si cabe, dan otra carrera y los tengo 80 metros, más lejos, y arranco detrás suyo de nuevo. Las hembras han desaparecido del lugar.

Así estuve tras ellos más de 200 metros y 6 minutos de pura adrenalina, hasta que los gamos se separan, retándose de nuevo, ¡es ahora o nunca!

Arrodillado en el suelo mido la distancia: 57 metros. Modifico el carro, abro el arco y meto al animal en el visor, dejo flotando el punto en el centro de su pecho; abrazando el gatillo, me sereno, voy bajando pulsaciones… Mientras relajo las manos, el gamo me clava la mirada… Asoma la duda de si apuntar más bajo por si se agacha…

La flecha vuela, el animal hace el amago de agacharse, pero es tarde, los 500 grains de mi FMJ impactan en la su columna, ¡haciendo que desplome sobre su sombra!

Tembloroso, me siento en el suelo, asimilando lo que acaba de suceder, quizás uno de los lances más bonitos de mi vida.

Me giro buscando a Álvaro y a Jorge, que vienen corriendo hacia mí: «¡Tío, tío, vaya lance, lo has dejado seco! ¡Buah!, ha sido increíble y lo he podido grabar todo –exclama Jorge–, ¡todo!»

Abrazos, risas, emociones a flor piel. Vamos hacia el animal. Lentamente me acerco a él: es precioso, con todo su trofeo entero menos una punta de su palma recientemente rota en la pelea. Fotos, vídeos, más fotos… Lo arrastramos hacia el 4×4 y lo llevamos a la base para aprovechar su carne y preparar el trofeo. Jorge está igual o más contento que yo, los dos sabemos lo que nos ha costado tener un buen lance en plena ronca: tiempo, horas en la carretera, esfuerzo, tiempo lejos de los nuestros, dinero y frustraciones, muchas frustraciones, ¡por eso, cuando lo consigues, la satisfacción es máxima!

Joan España.

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