Era el día del cumpleaños de mi nieto Jaime y, como regalo, le dije que se vendría una noche conmigo a cazar un jabalí.
Jaime ya había practicado el tiro al blanco con armas de poco calibre, que resultan bastante didácticas a la hora de la formación para su vida cinegética futura. Jaime, que es bastante tranquilo y cerebral, ya me había acompañado en diferentes escenarios de caza, con lo cual entendía que podría ser un excelente comienzo.
Busqué el que consideré que era el mejor y más apropiado rifle y calibre que se adaptara a su aún joven cuerpo y, al final, decidí que sería un rifle monotiro, de una prestigiosa firma española, con un calibre de buen poder de parada, pero sin mucha potencia, puesto que el lance no superaría los setenta metros.
Tenía, además, que proveerme de un buen visor de ancha campana y sin muchos aumentos, de unos buenos prismáticos y de una buena linterna.
Me habría encantado el haber dispuesto de un silenciador de calidad y de algún dispositivo térmico o de visión nocturna de acoplamiento al conjunto, pero, como todos sabemos, no son legales en nuestro país.
No entiendo por qué, cuando en otros países se utilizan sin ningún problema, aquí se consideran artefactos horribles, y máxime cuando te ayudan a asegurar que la bala quedará alojada en el animal correcto y en el sitio preciso para no hacerle sufrir.
Pues bien, le pongo a mi nieto una diana a cincuenta metros y es capaz de meter dos balas a una distancia de no más de ocho centímetros del centro.
Los dos, ilusionados como dos niños, nos metemos en el coche y nos vamos a un coto de caza que tenemos preparado para las circunstancias. Llegamos sobre las nueve de la noche, en pleno mes de julio y con casi cuarenta grados de temperatura.

Dejamos el vehículo cerca y entramos en un puesto, debajo de una gran encina, que está construido sobre un bastidor de un remolque. Las amplias dimensiones interiores de casi tres metros por dos, todo forrado en moqueta y con unas ventanas abatibles, nos hacen presagiar que la espera no va a ser muy dura.
Estamos rodeados de ganado vacuno y, aunque ya se lo había explicado en diferentes ocasiones, le remarco cuál es el lugar idóneo donde debe poner la cruz del visor dependiendo de la postura que adopte el animal frente a nosotros y, sobre todo, calma, mucha calma: no podemos permitir el dejar a un animal malherido por culpa de perder los nervios.
El comedero se encuentra a sesenta y cinco metros de nuestra posición, teniendo a la derecha una gran encina que lleva sus ramas casi hasta el suelo y, a la izquierda, unos grandes matorrales; la parte de atrás es todo monte y la de delante pastos que no sobrepasan los cincuenta centímetros de altura. El jabalí nos puede entrar por cualquier lado: hay que estar atentos y no podemos dejar de observar con los prismáticos.
El tiempo pasa deprisa. Observando las vacas y sus chotillos, nos comemos un buen tentempié y, sin darnos cuenta, la noche empieza a ser nuestra compañera.
Cuando el reloj nos marca las 23:15 siento algo diferente, miro con los prismáticos y veo un cochino tras la encina que no quiere salir al claro. Se lo digo a Jaime, los nervios se ponen en tensión. Debe de ser un macho: las hembras no suelen entrar solas al comedero, pero con la hojarasca no es posible distinguirlo.
No debo encender la linterna, puesto que el animal está muy tapado. Retrocede y se oculta tras los matorrales. A los dos minutos vuelve a aparecer, y otra vez la misma jugada. No sale de la protección del tronco de la encina.
Pasan quince minutos más y se destapa dando unos pasos adelante. Le digo a Jaime que se prepare, enciendo la linterna y el animal desaparece como alma que lleva el diablo. “¡Vaya!, ¡qué pena! —comentamos—. Se nos ha escapado”.
No han pasado diez minutos cuando le veo aparecer delante de la encina y medio tapado con algunos matorrales, pero está a tiro. Vuelvo a encender la linterna, y otra vez que se escapa.
Dos minutos después vuelve a aparecer en el mismo sitio: amartilla el rifle, enciendo la linterna, el animal se gira y nos mira completamente de frente. Le voy a decir a Jaime que espere y, en ese momento, escucho la explosión del cartucho que envía la bala a su destino. Observo que el jabalí cae desplomado, patalea mientras se le escapa la vida y, por fin, en breves segundos, queda totalmente relajado.
La alegría no puede ser mayor. Nos damos un abrazo, le felicito: mi nieto seguirá la tradición cinegética de sus ancestros. Todo un sueño hecho realidad.
Recogemos todos los bártulos del puesto, los metemos en el coche y nos vamos hacia el animal; nos acercamos a él y comprobamos que es un ejemplar de unos setenta kilos.
Como podemos lo cargamos en el maletero del coche; lo llevamos a casa, que se encuentra a diez minutos, lo colgamos, le sacamos las tripas, le quito la piel y lo dejamos al aire de la noche para que se oree. Son las cinco de la madrugada y nos vamos a la cama con la enorme alegría y satisfacción de las cosas bien hechas.
Son las ocho de la mañana del día siguiente. Me despierto. Tengo que terminar de descuartizar el animal: me gusta aprovechar la carne de los animales que cazo y, en ese momento, me asalta la duda de si fue cierta la historia de anoche o fue, simplemente, el sueño de un cazador que quiere compartir con los suyos las nobles tradiciones de un no menos noble país que algunos desaprensivos, movidos por intereses particulares, tratan de desmembrar.
Texto: Juan Antonio Escalada

