Continúa Trescandiles, tercera parte de tres, ver primera parte aquí, y segunda parte aquí.
Mi presentación a Matabueyes le dejó claras las cosas a él y a la mitad de los que vivían por aquellas sierras, pues quedó claro que de «las compras» que se hicieran a mi nombre pasaría factura el Navaja. Aquello me sirvió para que los comienzos en la guardería no fueran muy apretaos. Aquello y las trescientas balas que me trajo don Eusebio para el carabino. Como él había sido militar de rango, no le costaba conseguir algunas cosas.
¡Mire usted!, como mi carabino no ha habido otro más cuidao. Era un Destroyer del nueve largo que, a setecientos metros, le ponía el agua fresca a un zorro. Yo era buen tirador. Desde chico, el Navaja me enseñó a tirar con una plomera del cuatro y medio y ¡cómo disfrutaba viéndome partir una aceituna a quince metros y a pulso! Por eso, no resultó difícil cogerle los puntos al carabino. Por estas sierras le llamamos carabino, aunque en el cuartel le digan carabina, pero es que a un arma tan recia parece que la amariconas si la llamas así.
Cuando me entregó las balas, don Eusebio me dijo:
Éstas las dedicas a aprender a utilizar bien el arma. Gástalas sin miedo, que ya te daré más. Pero, cuando acabes con ellas, tienes que ser capaz de meter la bala en una moneda de cinco duros a cincuenta metros.
¡Cuántas apuestas ganó él con sus amigos a costa de mi puntería y cuántas monedas jodí y luego arreglé a golpes en la pata de cabra! Mi comisión de las ganancias era la moneda con el tiro y junté un dinerillo a lo tonto a lo tonto.
De don Eusebio se oían hablar cosas que, según quien las oyera, podían ser buenas o malas. Decían que al terminar la guerra compró fincas, que aseguraban el regalo de otras linderas que habían sido de los rojos y que aprovechó la situación para hacer ofertas miserables por terrenos de gente que quería irse a la Argentina, pero a nosotros siempre nos trató bien. Era exigente como buen militar, pero nunca nos faltaba el respeto. Pagaba religiosamente y si le habías dado alguna satisfacción y le habías dejado bien delante de sus invitados, siempre se dejaba caer con alguna botelleja de vino o arrimaba una propina al pago de un buen lobo. Sin embargo, su hijo, don Silverio, sí era un gran cabrón. No se parecía en nada al padre, era un chulo que nos trataba con desprecio y que procuraba dejarnos siempre en ridículo delante de los amigotes que llevaba a la Casa Grande a emborracharse, fumar droga y cosas peores.
Una noche fría como su alma, más allá de las nueve, se presentó en la Casa del Alto con una zagala guapísima, el pelo largo muy negro, los ojos claros, ni azules ni verdes, raros, pero muy bonitos.
Tenía unos labios como los de las revistas y, sobre todo, una dulzura en la forma de hablar como yo no había escuchado en mi vida. Me llamó a voces y me dijo, con aquella manera de hablar que parecía que le debías la vida y tenías que pagarle cada minuto que hubieras respirado:
— ¡¡Toñín!! ¡Me cago en la O! ¿Es que no has oído el coche?
— Sí, señor, estaba terminando cenar, ¿qué necesita?
— ¿Que qué necesito? ¡Necesito que espabiles! Que cuando termines de hablar digas siempre señorito o don Silverio y que cojas la maleta de ésta, que se va a quedar a vivir aquí. El lunes mandaré unos albañiles que le hagan una habitación. Mientras tanto, dormirá en tu cama y, cuando yo venga por aquí, tú sabrás lo que tendrás que hacer por la casa de abajo, pero quiero que desaparezcas y no vuelvas hasta que yo me vaya. ¿Está claro? Ésta te vendrá bien para prepararte la comida y cuidar de la casa que la tienes siempre hecha una mierda, pero no quiero que haga ningún trabajo que pueda estropearse las manos. ¿Clarito? Pues, ¡ale!, ¡para adentro que hace frío!
Le pegó un azote en el culo, saltó al Land Rover y desapareció camino abajo.
Mire usted, eso no se lo puede imaginar ningún biennacido. Esa noche empezó mi desgracia, o, por otra parte, mi ventura. ¡Qué se yo! Aquella mujer me miraba con un lagrimón corriéndole por la cara, yo no me había visto en otra, le dije que pasara y tiré de la maleta que pesaba por la madera de que estaba hecha, no por lo que llevara dentro que bien poco resultó ser. Estaba claro que aquella pobre iba a ser el juguete de la sierra para Silverio y sus amigos. Le di a cenar un poco de salazón de carne y unas aceitunas con un cacho de pan y le indiqué donde estaba la cama, mientras yo me preparaba un camastro con la manta de la yegua y un puñado de paja. Con la luz del día tendríamos tiempo de hablar cuando yo volviera de dar la vuelta a los cotos y revisar las trampas de los zorros. De lo único que estaba seguro es de que tenía un gran problema.
Autor: Carlos Enrique López Martínez