Continúa Trescandiles, segunda parte de tres, ver primera parte aquí.
Cuando me obligaron a hacerme cargo de la guardería de los cotos, pues no fue ni con mi consentimiento ni de mi agrado, sino porque lo dijo don Eusebio y no había más que hablar, me mandaron a la Casa del Alto.
El que le puso nombre no tuvo que pensarlo mucho. La casa coronaba un cerro que dominaba toda la finca grande. Era una casa de obra buena. Tenía un comedor de entrada, con una chimenea enorme, una habitación con puerta de madera que encajaba perfectamente. La cocina, con una puerta que daba al corral, donde, ya sabe usted, se hacían aguas menores y se podían tener cuatro o cinco gallinas. Y desde el corral se pasaba a la cuadra donde se guardaban los aperos y dormía la yegua. Con el tiempo le hicimos la valla alrededor y hasta se le puso retrete. Tenía una buena huerta que, cuidándola, podía dar de comer.
Don Eusebio me puso mil doscientas pesetas de sueldo, más los veinte duros que se pagaban por cada lobo y las cincuenta pesetas de los zorros. Aprendiendo a poner trampas y echando algún rato de pesca en el río Guadiamar, podía vivir bastante bien. Más solo que la una, pero bien. Tenía casa, yegua, huerta, tres cabras, cuatro gallinas y dos mastines.
Como la casa ya la había ocupado Fermín y los muebles eran de la propiedad, la mudanza fue casi tan rápida como la decisión del señorito.
Para el nombramiento, don Eusebio me acompañó al Ayuntamiento de Gerena, donde tenía amistad con el secretario y en una hora tenía los papeles. Después me llevó al cuartel para que me conociera el sargento y se encargara de poner a mi nombre el carabino de Fermín.
El sargento intentó poner alguna pega, porque yo no había hecho la mili y ponerme un arma del nueve largo a mi nombre no le parecía muy bien, pero una llamada de don Eusebio al capitán Valdearde de la Comandancia de Sevilla, dejó el tema resuelto.
Me compró un traje de pana, a descontar del sueldo y mandó que me arreglaran el que dejó el difunto. Arreglo que también me descontaría, junto con las dos camisas blancas y unos botos de Valverde que me prometió descontarme en cinco veces. Los botos eran caros, pero no he tenido otros como aquellos, hechos a mano por Julián, el Chaira, el zapatero de Las Pajanosas. También heredé la chapa, la bandolera, la cuerna de latón y hasta el sombrero de ala ancha con una escarapela llena de mierda, que me encargué de cambiar y poner nueva. Me costó diez pesetas, pero yo me sentía toda una autoridad y me pareció oportuno el gasto.
De enseñarme los límites de los cotos y presentarme a los linderos se encargó el Navaja, mi padrino, que, además de las presentaciones, fue dejando clara la necesidad de llevarse bien conmigo, por aquello de mantener la buena salud y la piel intacta. Por aquellas tierras hay muy buena gente, pero también muy mala y yo tenía poca edad y ninguna fama para hacerme respetar.
El primer día que salimos saludó desde lejos con la mano al casero de Los Atalayones y me dijo: «A ese ya lo conocerás, es buena gente, no hace falta que nos paremos ahora. Sigue por la verea de arriba que vamos a hablar con Matabueyes, que se cree que es el amo de la sierra por ser el guardés de Los Cordobeses».
Cuando llegamos a la finca me dejó ir delante, la ropa no ocultaba mi juventud ni la yegua impresionaba lo necesario, y me acerqué al que mi padrino me indicó con la cabeza. Un fulano alto, muy oscuro de piel, pelo negro zaíno y cara de pocos amigos, que fumaba un «caldos» apoyado en el tronco de una higuera centenaria a la puerta del cortijo. Lo saludé:
—A la paz de Dios.
Me miró de arriba abajo con desprecio y contestó.
—¡Coño! Tú debes ser el guardilla nuevo de lo de don Eusebio, ¿vienes a decirme que no me coma ninguna cierva de lo de tu señorito?
Sin darme tiempo a abrir la boca, fue mi padrino el que le contestó:
—De ningún modo, Matabueyes, no te vayas a equivocar. Es el Señor Guarda, que para eso tiene chapa, donde, aunque tú no sepas leer, pone «Guarda Jurao». Y jurao lo que tienes desde este momento es que, si le quitas una cierva para comértela, seré yo el que venga a sacártela de las tripas y, si es para venderla, más vale que me lleves los dineros a mi casa, antes de que venga yo a buscarlos, porque falta no te hace y a este no le vas a complicar la vida como hiciste con el otro. ¿Estamos? Que este, además de guarda, es mi chavea.
Continuará….
Autor: Carlos Enrique López Martínez

