Trescandiles, el guarda (I): memorias de campo, caza y vida rural

A Trescandiles le llaman así por los cuernos. No por los del desmogue, aunque también podría ser. Su historia empieza de niño, cuando fue entregado al guardés de un cortijo para servir, comer caliente y aprender, sin saberlo todavía, los códigos duros y silenciosos del campo.

 

Verá usted, todo el mundo se lo imagina, pero a mí me llaman así por lo de los cuernos. Y no por los que recojo del desmogue, que también podrían. Yo me crie de chico cuidando toros en un cortijo donde me pusieron a servir mis padres. Yo era el pequeño de ocho hermanos, entonces la cosa no era como ahora y en cuanto éramos capaces de recoger un poco de leña y no mearnos encima, nos dejaban con alguna familia que por lo menos nos diera de comer.

A mí me dejaron con el guardés del cortijo grande de la hacienda de Las Almenillas. Su mujer era yerma y les hacía falta quien ayudara en la casa y en el campo. Cuando me llevaron allí, para dejarme, creo que ni lloré. De mi padre recuerdo que le decían Sinsesos, no porque yo me acuerde, sino porque alguna vez me lo dijeron, el nombre… ni sé si lo tuvo. De mi madre, a la que no volví a ver en la vida, cuando alguna vez hablaron de ella siempre le decían Lapobremaría. No sé si alguna vez me tendrían cariño, aunque no creo.

En mi nueva casa había más espacio y menos gente. Desde el principio tuve un jergón bien cómodo y limpio, y una habitación con cortina para mí solo. Aunque en invierno la mastina dormía conmigo y eso me venía bien. Desde el principio, me trataron bien. Bueno, para mí fue una sorpresa comer lo mismo que ellos y antes que los perros. Mi ama, la guardesa, era buena y siempre me trató bien, cariño tampoco creo que me tuviera, más bien roce. Pero con eso y que me pegó poco, ya iba bien. Le llamaban La Mirla o Mirla a secas, aunque su nombre de verdad era Josefa. La mujer era fea y hasta tenía un bigotillo que al principio se quitaba para las fiestas de la aldea, con los años se lo fue dejando. Ser fea le vino bien, pues nadie se fijaba en ella. El señorito ni la miraba y los amigos de él sólo se fijaban para hacer chistes con mala leche. Con esa condición sólo tuvo que acostarse, a lo largo de su vida, con su marido, no como otras. El guardés, Mariano Navaja, era tan grande que, al principio, si tenía que mirarlo mucho rato a la cara, me dolía el cuello. Vestía bien, comparado con los demás. Siempre llevaba camisa blanca, pantalón de pana marrón y sombrero de ala ancha. Sólo en los días más fríos se ponía un marsellés que le protegía del hielo de la mañana. Tenía fama de ser rápido para sacar el acero y hábil si tenía que usarlo. Incluso decían que estaba allí porque el señorito lo había librao de entrar en la trena, con unos buenos dineros y la promesa de que nunca más aparecería por Huelva.

Mariano si me tomó buena fe y, creo, fíjese usted, que me tenía cariño. Yo al él se lo tuve y mucho. Me enseñó a montar a caballo y con apenas diez años era capaz de manejar una reata de toros, con Verdugo, el mastinazo que críe con leche de la cabra y que fue mi compañero de vida durante once años. También me enseñó a manejar la honda y todavía hoy soy capaz de partir una caña a cincuenta metros sin usar más de dos piedras. Bueno, me enseñó muchas más cosas, menos a leer porque él no sabía. A leer aprendí en Miravalle, la aldeílla donde nos juntábamos seis zagales tres tardes en semana para que viniera un maestro que pagaba don Eusebio, el amo de todas aquellas tierras, que era muy amigo del ministro y eso le facilitó las cosas.

Si lo miramos bien, no tuve mala vida. Lo malo empezó cuando se mató Fermín, el guarda, que se desnucó al caerse por un cortao, y a don Eusebio se le ocurrió que yo me hiciera cargo de la guardería de los dos cotos. Creo que eso empezó a joderme la vida y me la jodió bien durante cuarenta años, aunque también he disfrutado mucho del campo y las reses y la caza.

Trescandiles el guarda, relato cinegético en Trofeo caza y conservacion

 

En mi próximo artículo, les seguiré contando….

Texto relato: Carlos Enrique López Martínez