Estas regularidades, temporal y espacial, les permiten aprovechar dos ecosistemas diferentes y mantener una actividad anual cíclica no teniendo que recurrir a la hibernación, es decir, a un estado de letargo en el que el metabolismo baja hasta un nivel muy bajo y en el que la temperatura corporal y la frecuencia respiratoria son inferiores a lo normal.
La supervivencia durante el invierno depende, en última instancia, de variaciones estacionales de la disponibilidad de alimento, por lo que es comprensible suponer que tales variaciones constituyan el último factor responsable del comportamiento migratorio.
Pero, al parecer, no es del todo así, ya que las aves migratorias no parten debido a que tengan hambre, aunque anticipen su salida del lugar en que viven debido a una crisis alimentaria, sino porque están sometidas a una programación genética, a un ritmo endógeno cicloanual condicionado por diferentes factores externos, como lo pueden ser la temperatura, viento, nubosidad y, especialmente el fotoperiodo, la alternancia de los días y las noches y su duración según las estaciones y el ciclo solar.

Porrón moñudo (invernante y sedentario).
De todas formas, existen casos en los que esta condicionante genética, en principio, podría ponerse en duda. Pongo como ejemplo la presencia durante la época invernal en España del ganso campestre, con poblaciones muy abundantes en otros tiempos y en la actualidad reducidas a unos pocos ejemplares diseminados en determinados enclaves. M. A. Ogilvie, en su obra de 1978 «Wild Geese», indicaba que en España había pasado la población de este ganso de 1.500 ejemplares a 4.000 y que las localidades principales en las que se asentaban eran lagunas cercanas a Palencia, Zamora y Valladolid.
Y, por otro lado, R. González y Diana Pérez-Aranda, en su obra «Las aves acuáticas en España 1980-2009 » comentaban que el ganso campestre era la especie más localizada como invernante en España, puesto que cerca del 90 % se concentraba en un humedal, el embalse Ricobayo (o embalse del Esla) en Zamora, registrándose citas aisladas en otros humedales, que desde el año 1992 la especie no superaba el centenar de ejemplares y que en los últimos 14 años no ha superado los 20 ejemplares.
¿Escasez de comida en sus lugares tradicionales de invernada? ¿Destrucción (desaparición) de esos lugares? ¿Cambio del clima?
La segunda causa, destrucción (o desaparición) de su hábitat, es la más relevante. No obstante, hace ya bastantes años, la laguna palentina de La Nava, perfectamente restaurada, refugio invernal en determinados años de extensas poblaciones de ganso común, parece olvidada por el ganso campestre.

Pato colorado (invernante y sedentario).
Todo esto quiere decir que el fenómeno migratorio no es, ni mucho menos, tan fácil de entender o de interpretar.
Es lo que desconcierta a muchos cazadores de aves migratorias, en particular a aquellos que dedican su afición a las acuáticas. Yo he sido uno de estos cazadores desde mi adolescencia y, a lo largo de bastantes años, diría que unos sesenta, he tenido ocasión de experimentar acontecimientos más bien extraños desde el punto de vista de la migración, tal como la contemplan los teóricos.
Junto con amigos entrañables, como lo es Pedro Ros Amador y lo fueron los lamentablemente ya desaparecidos, Álvaro Lozano Olivares, Raimundo Pérez Castells y Gerardo Sanz Bustillo, gestioné y manejé durante casi dos décadas distintos cotos de la antigua Mancha húmeda, en concreto Vega Zenón, cerca del pueblo manchego de Herencia, y Los Albardiales, a pocos kilómetros del pueblo toledano de Quero.
Pues bien, sin apenas variaciones climatológicas había temporadas en las que la presencia de especies de patos variaba considerablemente sin una razón plausible, temporadas con grupos inmensos de cercetas comunes, temporadas con buena cantidad de patos colorados o porrones comunes.
Es decir, no existía una regla fija. Sí puedo atestiguar que cuando Vega Zenón se desecó al encauzar el río Záncara con una corriente de aguas fecales procedentes de Alcázar de San Juan, quedaron unos pocos patos cucharas y, curiosamente, algunos ánades frisos.
Pero esto es otro cantar, la destrucción del hábitat, la que sufrió de forma inmisericorde Los Albardiales y otras muchas lagunas de esa Mancha húmeda quedando ahora ciertas reliquias lacustres como lo es la Laguna de la Veguilla, en Alcázar de San Juan, la cual visito con asiduidad constatando lo que sucedía en aquellos otros tiempos en cuanto al trasiego de especies migratorias, y las lagunas de El Taray y Vadancho.

Ostrero euroasiático (invernante y sedentario).
Otro caso bien extraño era, en alguna ocasión, el de la desaparición de los patos de un día para otro sin que la migración estuviera en su apogeo, esto es, en pleno invierno, hecho que sí puede ser explicado por lo que se ha dado en llamar «fuga de tempero» que responde a una situación atmosférica desfavorable, frío riguroso o fuerte sequía; el frío en sí no es, en general, problema para las aves, pues a condición de tener a mano alimento abundante, aguantan debido a su gran resistencia a las bajas temperaturas; pero lo que no aguantan son los efectos inmediatos de ese frío, congelación general de las aguas o de los suelos. Y por esta razón huyen buscando lugares más favorables.
No sólo ocurren situaciones aparentemente extrañas desde el punto de vista migratorio en los gansos y patos. Puede suceder también en la paloma torcaz. Los aficionados a su caza conocen sobradamente las épocas de la pasa y contrapasa, es decir, cuando llega en su migración invernal y cuando marcha a sus zonas de cría europeas poco antes de la primavera.
También saben que su afición con esta ave se prolonga en la media veda con los ejemplares sedentarios. Y muchas personas, aun no siendo cazadores, conocen a la torcaz por encontrársela diariamente en buen número y durante todo el año en sus lugares de residencia. ¿De dónde provienen estos últimos ejemplares, los que habitan en las zonas urbanas?
¿Podrían ser únicamente descendencia de la población sedentaria o podrían sumarse a ella aquellos otros migratorios que optan por acomodarse a una forma de vida más fácil que la que hacen realizando los desplazamientos anuales, en ocasiones peligrosos?
Opino que los dos supuestos son posibles, produciéndose una sinergia que permite la existencia de una más que numerosa población, como ocurre, por ejemplo, en la propia ciudad de Madrid y algunos pueblos que la circundan.

Cigüeña negra (invernante y estival).
Al igual que la paloma torcaz, hay otras especies cuyos individuos migratorios se encuentran con los sedentarios cuando llegan a sus cuarteles de invierno españoles, existiendo también el caso, menos habitual, de especies que se comportan a la vez como invernantes y estivales, 75 y 13, respectivamente.
Las invernantes propiamente dichas suman 67, entre ellas, las autorizadas para cazar. Al contrario de las aves estivales, de las que únicamente la tórtola y la codorniz son piezas de caza, las invernantes son 25: 19 acuáticas, 2 palomas y 4 zorzales.
En el bien entendido que cuento como acuáticas, además de a los gansos y patos, a las dos agachadizas, la chocha perdiz, las dos gaviotas y el avefría, siguiendo las pautas propuestas por el Convenio Ramsar y la Organización Wetlands International.
Lo comento porque entre el mundillo de los cazadores, el de acuáticas es aquél que está dedicado sólo a la caza de gansos, patos y fochas, mientras que el becadero va tras la becada o chocha perdiz, el becacinero tras las becacinas o agachadizas y sin una denominación específica el cazador dispuesto a «voltear» al avefría o a las dos gaviotas.
El resto de las especies invernantes suelen ser bien conocidas por los aficionados a la ornitología, exceptuando, quizá, las que viven en el mar o cerca de él, tal como ocurre con los págalos, frailecillo, arao, alca, mérgulo, paiño, fulmar y colimbos.

Ánsar campestre (invernante).
Los cazadores de acuáticas, así como los becacineros y, en ocasiones, los becaderos, tienen la posibilidad de observar a placer un amplio conjunto de especies que habitan en las aguas o entre la vegetación que las rodea. Así ocurre con los zampullines, somormujos, rascón, polluelas, gallineta, alcaraván, chorlitejos, zarapitos, agujas, correlimos, andarríos, archibebes, combatiente, gaviotas, pagaza, fumarel, cormorán, morito, garza, garceta, garcilla, avetoro, aguilucho lagunero, búho campestre, martín pescador, carricerín, bisbita alpino, lavanderas y escribano palustre.
En definitiva, como ocurría con las aves estivales, en estos meses los ornitólogos y cazadores disfrutarán de la llegada de las aves invernantes que, desde tiempos inmemoriales, han elegido como cuartel de invierno, de reposo invernal, a nuestro país.
Respetémoslas y aprovechemos racionalmente aquellas cuya caza está permitida.
Autor: Antonio Notario Gómez. Dr. Ingeniero de Montes

