Ese día, María, no sólo «remató» un guarro enorme. En el filo del puñalillo manchado de sangre se quedaron también, rematadas para siempre, las vidas de mentirijillas del ciervo Bambi, el jabalí Pumba y el oso Balú que fue sustituido en la mente infantil por el poderoso Careto. Este sí era de verdad y, aunque perro, era enorme como un oso, y enamorado de María como un Romeo, que adoraba a su pequeña Julieta sin ser Montescos ni Capuletos.
A lo largo del año, Bartolo solía subir a la finca invitado por don Rafael para echar un día de sierra, repasar el estado de los comederos, comprobar alambradas y coladeros, y rematar con un arroz caldoso preparado por la Mirla, la mujer de Pepe, el vaquero, que le daba un punto a la paella guisada con fuego de parra y cariño de valenciana, que sabía a gloria bendita.
Esos eran los días en que dos mujeres, una de ellas aún niña, separadas por cincuenta años de vida, disfrutaban de diálogos dignos de haber sido inventados por Antonio Gala. María no perdonaba a su padre que subiera a La Hoya sin hacerse acompañar por ella y Cayetana le hubiera hecho darse la vuelta de haberse atrevido a aparecer por la finca sin llevar consigo la alegría, el entusiasmo, la curiosidad y el amor infinito por la sierra y por la caza, condensados en aquel cuerpecillo delgado y elástico cuya llegada, incompresiblemente, Careto detectaba, sólo Dios sabe por qué, y se sentaba como una improvisada esfinge en el porche de la casa grande mirando al camino dos horas antes de que aparecieran los invitados.
Cayetana había encargado en el pueblo cuna de leyendas de perros espectaculares, por mediación de su amiga Marina, la del marqués, un regalo de cumpleaños para María. Un podenco de encastes legendarios, un auténtico campanero, hijo de Zulema y nieto Reata, perras que habían escrito su nombre con letras de oro en cada encina de la sierra de Hornachuelos y que se las recordaba por hazañas cinegéticas mil veces repetidas en los bares del pueblo.

El sábado estaba previsto repasar las posiciones para las sueltas de ese año. Los guarros habían cambiado sus hábitos merced a la falta de agua, en una temporada en la que las chicharras ganaron el combate a rabilargos y urracas, viendo estos apagados sus chillidos por el constante zumbar de aquellas, en interminables días de calor. Los comederos hicieron su efecto, pero los encames habían variado sustancialmente sus posiciones de años anteriores.
Ante la insistencia de Manolín, don Rafael había citado en la finca a Bartolo para hacer lo propio y, de paso, obsequiar a la chiquilla con una tarta para celebrar su cumpleaños, que había sido el miércoles anterior.
María se había ganado en la finca el cariño de todos, oficiaba de sobrina de don Rafael, de nieta de doña Cayetana y de dueña de Careto. En esta ocasión los acompañaba Rocío, madre de María, que ya se tuteaba con Cayetana, que la acogió como si fuera una más de sus sobrinas.
Careto anunció la llegada del Land Rover con dos poderosos ladridos. María saltó del coche, abrazó al perro y corrió con él, brincando a su alrededor, hacia la casa.
—¡¡Cayetanaaaaaa!! ¡¡Que ya he veníííooooo!!
Como siempre, la dueña de la casa se la comió a besos, antes de saludar a los demás. Después de la tarta, la señora se levantó y apareció con una caja preciosa abrazada por un enorme lazo de color rosa.
—¡La hora de los regalos!
Dejó la caja en el regazo de María que desató el lazo, visto y no visto, abrió la caja y…
—¡¡Graaaacias!!, ¡¡Cayetana, te requetequieroooo!!, y a ti también, Rafael.
Dentro de la caja, una nariz rosa distraída entre manojos de pelo blanco, intentaba grabar nuevos olores, mientras unos ojos de color ámbar muy claro examinaban las manos temblorosas que se acercaban con intención de cogerlo.
Cada cual hacía su comentario mientras la niña abrazaba al perro.
Roció: «¡Madre mía!». Bartolo: «Le ha dao usted en lo más grande, señora».
—¿Cómo le vas a llamar? -preguntó don Rafael.
—¡Pues, Gitano! Porque tiene el pelo blanco y rizado y los ojos claros como el abuelo de mi amiga Saray.
Había recibido nombre una leyenda.
Autor: Carlos Enrique López Martínez

