Hablar de la ética en la caza se ha vuelto, desgraciadamente, un campo de minas sobre el que resulta difícil caminar. Estos días he tenido la oportunidad de asistir al campamento ‘Redescubriendo la caza’ y escuchar varias conferencias donde la ética campaba a sus anchas por boca del ponente, sin encomendarse a dios ni al diablo.
Conclusión: ninguna. La ética no es ni única ni inmutable. Basta repasar la historia del hombre para comprobarlo. Desde el Paleolítico hasta hoy, la legitimidad de la caza ha dependido menos de criterios fijos que de factores culturales, materiales y simbólicos. La ética cambia con el tiempo y la caza ha sido una de sus víctimas favoritas.
En los albores de la humanidad, cazar no era una elección: era cuestión de vida o muerte. No existían reglas ni códigos éticos más allá de la eficacia, pero eso no significaba una ausencia normativa. Se cazaba lo necesario. El derroche era impensable, no por respeto al animal, sino por economía vital. La caza formaba parte de un ciclo que no admitía falsos chamanes. La técnica imponía el límite y, con él, el éxito o la extinción.

Los griegos distinguían entre logos y bios, razón y vida. La caza nadaba entre ambas aguas: no era solo praxis, sino símbolo. Surgen los primeros tratados sobre cómo y cuándo cazar, y también los primeros diletantes. Ya entonces incomoda la figura del cazador urbano que se siente héroe sin haber pasado hambre.
Jenofonte, en su Cinegética, habla de virtud. La caza era parte de la formación del ciudadano: enseñaba disciplina, autocontrol y dominio de uno mismo. Platón acepta ese papel educativo, aunque desconfía del exceso. En Las Leyes, pone límites a las artes cinegéticas cuando se tornan ocio desmedido. Aristóteles, más pragmático, se pregunta por la justa medida del dominio del hombre sobre los animales y el entorno. La caza, en sus obras, aparece como una práctica que puede ser legítima si responde a un orden racional.
La ética entra en escena no como freno, sino como palanca. La aleja de la brutalidad o del capricho, y la orienta al bien del individuo y de la comunidad. Una visión que hoy resultaría extraña en ciertos foros, donde la caza solo se concibe como un atavismo a erradicar.
Con el feudalismo, la caza se convierte en privilegio. De actividad vital pasa a ser símbolo de estatus. La ética no desaparece, pero queda restringida a quienes pueden permitírsela: nobles, clero y reyes. Se impone la figura del cazador legítimo frente al furtivo, y la transgresión deja de ser solo una falta moral para convertirse en delito.
Surgen entonces códigos de honor venatorio que regulan qué se puede cazar, con qué métodos y en qué épocas. No se trata aún de conservación, sino de jerarquía y orden social. Ciertas piezas se reservan al rey; otras se prohíben para evitar el desorden. Aparece así una ética aristocrática: no se mata por matar, sino conforme al rango, el decoro y el rito. ¿La ética de quién? De quienes dictaban las normas, no de quienes las sufrían.
San Huberto, convertido en patrón de los cazadores, simboliza la transformación de la caza bruta en una actividad espiritualizada. Su conversión durante una jornada de caza «al ver una cruz flameante entre las cuernas de un venado» se convierte en mito fundacional del cazador que trasciende el acto de dominio. Introduce un límite moral: la necesidad de no dejarse arrastrar por el instinto ni por la soberbia. El cazador deja de ser depredador para convertirse en servidor de un orden superior, ya sea racional o divino.
Gastón Phébus, con su Libro de la caza, sistematiza todo un saber cinegético. No solo describe el arte de cazar, sino que construye un pensamiento moral y técnico que incluye observación, gestión y protocolo. Su obra es, en cierto modo, el primer manual moderno que une conocimiento de la naturaleza con exigencia técnica. Cazar ya no es solo ejercer poder: es también mostrar dominio de uno mismo y respeto por el arte venatorio. ¿Técnica o ética?

Con el Renacimiento, la naturaleza deja de ser solo un escenario inagotable para nobles y reyes, convirtiéndose en objeto de estudio. Se impone una mirada nueva: la del hombre que observa, clasifica y comprende. La caza sigue ligada a las élites, pero ahora exige algo más que linaje: conocimiento. El buen cazador ya no solo presume de armas, sino del saber que atesora.
Conoce el monte, los vientos, las costumbres de las especies. Y comienza a escribir.
Es la época del tratado cinegético como obra técnica. Autores como Juan Mateos, ballestero mayor de Felipe II, con su Origen y dignidad de la caza (1582), o Charles Estienne, en su La chasse du loup (1555), reflejan este nuevo enfoque.
No se trata solo de narrar lances, sino de codificar una práctica racional. Se describe el comportamiento de los animales, se documentan hábitos, se sistematizan métodos. Mateos, por ejemplo, detalla las condiciones del viento, los recorridos del ciervo o el tipo de monte, y explica cómo debe actuar el montero en cada caso. Estienne hace lo propio con el lobo, estableciendo incluso principios de eficacia y justicia en la caza.
La ética venatoria se redefine: no como cuestión de sangre noble, sino como expresión de mesura, racionalidad y competencia. Cazar bien exige saber, no solo poder. El cazador debe ser digno, no por cuna, sino por su dominio del arte.
El humanismo introduce la noción de mesura como virtud: cazar sí, pero no de cualquier modo ni en cualquier cantidad. Matar no es malo en sí; hacerlo mal, sin arte ni razón, sí lo es.
Frente al exceso medieval, el Renacimiento propone una ética de la proporción. El animal es aún recurso, pero también objeto de observación científica y de respeto simbólico.
La caza se aleja del mero privilegio y se aproxima al conocimiento. Y, con ello, la ética empieza a parecerse a una forma de inteligencia: la lógica transciende a la moral. ¿Ética o ciencia?

Con la Ilustración, la caza se ve inmersa en un seísmo intelectual. La razón se convierte en vara de medir y, con ella, todo se somete a escrutinio: el poder, la religión, la tradición… y también el privilegio venatorio. Surge un nuevo principio rector: la soberanía del individuo y el derecho igualitario. Si todos los hombres son iguales ante la ley, ¿por qué unos pueden cazar y otros no?
La Revolución Francesa consagra ese principio. La caza deja de ser monopolio aristocrático y se convierte «al menos, teóricamente» en un derecho del pueblo. Pero el acceso sin filtros ni formación trae consigo excesos. Se rompen cercados, se arrasan poblaciones animales, se banaliza el acto de matar. La pólvora, ahora más accesible, convierte a cualquiera en tirador.
Aumentan los cazadores… y se diluye la exigencia.
Se impone así una paradoja: al democratizarse, la caza amplía su base social, pero pierde parte del saber que la sostenía. El equilibrio entre ética, técnica y legitimidad salta por los aires. La caza entra en la era moderna con más practicantes que nunca, pero también con menos certezas. El cazador ya no es noble ni sabio por necesidad.
La ética, por tanto, ya no brota del rango ni del estudio, sino de la ley. Y la ley, como la guillotina, es ciega. ¿Basta la ley para sostener una práctica milenaria?
El siglo XX asiste a una inflexión decisiva. Ortega y Gasset, el Conde de Yebes, Pedro Pidal y Aldo Leopold introducen una ética del pensamiento, del paisaje y de la responsabilidad. Se
reflexiona sobre el papel del cazador, no como ejecutor, sino como garante del equilibrio. Cazar es cultura, pero también debe ser conciencia.
A la par, surge el cuestionamiento radical. El animalismo, la sensibilidad urbana, los medios de masas. Brigitte Bardot posa con un abrigo de piel ensangrentado. Greenpeace lanza campañas icónicas. Las imágenes de focas, ballenas y safaris coloniales sacuden la opinión pública. La caza se convierte, para muchos, en barbarie televisada.
La polémica ya no se libra en los montes, sino en los platós y en las redes. El cazador se ve interpelado desde fuera. Ya no basta con el código o la mesura: ahora debe explicarse, justificarse, defender su lugar en el mundo.
La ética venatoria, en este siglo, ya no es solo una herencia ni una elección personal: se convierte en una frontera. Y en esa frontera, cada uno debe decidir si la cruza, cómo lo hace y con qué argumentos.
¿Ética… o política? ¿Convicción íntima o estrategia pública? ¿Instinto o diplomacia? La caza ha pasado de ser un acto privado a un hecho político. Y en esa exposición constante, la pregunta ya no es solo cómo se caza, sino quién puede cazar, por qué, y con qué legitimidad.

En el siglo XXI, la caza ya no se define tanto por lo que es como por lo que aparenta. La ética «antaño virtud personal o exigencia racional» se ha convertido en escaparate. Lo que antes brotaba del carácter o del estudio hoy se diseña para el perfil público, el folleto institucional o la campaña en redes. El cazador ya no necesita ética: le basta con un código QR, una camiseta verde y una frase ensayada sobre biodiversidad.
Todo se vuelve sospechoso. El disparo, el trofeo, la foto. El relato, también. La ética, convertida en performance, se mide por el número de likes. Hay que parecer más que ser, justificar más que comprender. La palabra «gestión» sustituye a «pasión». Lo importante ya no es cazar bien, sino defender que se caza con valores. Aunque esos valores cambien según el algoritmo.

La legislación se multiplica, los protocolos se acumulan, las guías de buenas prácticas brotan como setas tras la lluvia. Pero lo esencial se vuelve más confuso: ¿quién decide hoy qué es ético?
¿El Parlamento Europeo, el influidor cinegético o el community manager del Ministerio de Teresa Ribera? ¿El saber del guarda, la tradición del montero, el titular del coto… o el que jamás ha disparado un arma, pero sabe viralizar el agarre de un venado?
Mientras tanto, algunos siguen saliendo al campo sin más pretensión que hacerlo bien. Sin fanfarrias, sin discursos, sin TikTok ni Instagram. Tal vez porque saben que la verdadera ética no es una pose ni una estrategia ni una excusa, sino una manera de convivir en sociedad. Con límites. Con respeto. Con la verdad. Aunque sea políticamente incorrecto.
Y es que, «la caza no es solo lo que se hace en el monte: es también lo que el hombre lleva dentro cuando lo pisa».
Autor: Laureano de Las Cuevas

