Desde la traviesa

Asomó como por encanto y durante largos minutos se mantuvo expectante. Cara a la traviesa, el venado coronado por dieciocho hermosos candelabros perfectamente simétricos, soldados a una cuerna de espléndido grosor y belleza, que ese año había alcanzado su máxima plenitud, lanzó a los aires crapulosos de la serranía su bramido ronco de desafío y se hizo respetar. Permanecía atento, con la cabeza erguida a cualquier eco provocador, y ante la ausencia total de éste, aprovechó para rascarse con las palas los lomos de un espinazo enflaquecido.

Transcurrió el tiempo, cuando descubrí sus andares bajo un garbo de absoluta elegancia y parsimonia. Al pronto presentí la quietud de la parada, para escasos minutos después verle con su andorrero pausado, hasta desaparecer en lo oculto de un amasijo de madroñas.

Tres ciervas caminaban ahora en fila, casi ocultas por la maleza. Atrás, a unos cincuenta metros, se dejó ver de nuevo el galán y vuelta a pararse. Esta vez con la cabeza erguida y la oscura papada colgándole del cuello, permaneció atento a la menor sospecha. Al pronto, caí en la cuenta de que no era un trio las que le aventajaban, sino una totalidad de nueve ciervas las que llevaba por delante, las mismas que conformarían su harén. De repente, la anciana estéril de orejas gachas, rompiendo la formación, volvió hacia atrás y se vino a buscarle; el llamativo e incuestionable ejemplar, ante semejante descaro, bajo la guardia y se dispuso a cornearla hasta tenerla acobardada y de nuevo bien alineada, para a continuación perderse en la complejidad de la rehoya. Ya no se le divisaba, como era lógico, pero de vez en cuando surgía entremezclado a los más puros cantos de amor de la sierra, su voz rota e inconfundible de desafío.

En contraposición y a lo lejos, comenzaron a propagarse los primeros disparos; el animal, presintiendo cierta anomalía en el ámbito, tras abandonar el encame, diose la vuelta y por los mismos pasos buscó con ansiada rapidez las alturas de la cuerda. Al pronto, procedente del cruce de los regajos, un Heym de doble cañón entonó su funesta tonadilla. A aquel rumor le rodeó un gran silencio, a cuyo sosiego le secundó, desde diversificados puntos de solana y umbría, un tropel de pezuñas espantadas y piedras al rodar. Se trataba de los primeros destellos del ensayo operístico de la montería española.

Presidía la luz de Andalucía. El llamativo e incuestionable ejemplar no se inmutó, permanecía allí parado, oteando al viento y sintiéndose vigía en el movimiento de las otras reses, atendiendo al respingo de una cierva que cruzase por el cortadero, para saber que hacer y encontrar un camino que le asegurase su permanencia en este mundo, tratando de desafiar las adversidades del momento e intentando darle largas a la muerte, en un intento desesperado de poner tierra por medio.

Un par de vehículos furgones rodaron bajo el polvo de una cantinela de ladridos; al rato los oí pararse.

Más tarde: la suelta; desprovistos de los mosquetones, los perros corrían de un lado para otro y se relatían jubilosos en su primer día, bajo la sórdida cara del subsistir montaraz. El venado, avisado del peligro, optó por aplastarse hacia los bajos de una mariposilla de monte espeso a la espera de nuevos acontecimientos.

Se afianzaba el medio día, cuando sentí <jau>, <jau>, <jau>, golpear machacoso a mis espaldas. Volverían a pasar como locas otra pelotera de hembras: caminaban acobardadas con las bocas abiertas y sus lenguas colgantes, recorrieron con la mirada en todas direcciones y decidieron no cruzar por delante de la armada y perderse en la acritud de la mancha de la cual surgieron. De repente, un murmullo de hojarascas y un jabalí que atraviesa el acero: se distingue como un machete de apenas seis arrobillas y con algo de boca; le apuntó y decido a última instancia no tirarle con el fin de no alterar las inmediaciones.

Pasado un tiempo, creí quedarme sin respiración al comprobar cómo el referido animal, con las jaras y madroñeras apegadas a sus flancos, venía por la ida del cochino. Lo vi por casualidad; su presencia estuvo delatada merced a los trinos alocados y notas estridentes, de un bando de rabilargos que le acompañaban en su marcha.

Deje cumplir la res. Cercana la hora del lance llegué a sentir el ahogo de un nudo en la garganta e inclusive tragué un poco de saliva, como medida más cercana y silenciosa de aminorar el pensamiento y acceder a una breve pausa que me ayudase a salir airoso del evento.

Enmarcado en el filo del monte, no quise o sencillamente no tuve paciencia para esperar su salida y calculándole la paleta a través del visor, apreté el gatillo. Un salto espectacular seguido de una apretada carrera en lo sucio fue lo que aconteció a continuación, y mientras volvía a cerrojear y llevarme el rifle a la cara, pude percibir, claramente, los signos de la muerte evocados por aquel ejemplar que, con su enorme cornamenta, mantenía su último duelo con el monte.

Jose Ramos Zarallo

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