Hace ya un montón de lustros, me llamó un amigo del norte para decirme que tenía que subir corriendo para allá, que había llegado un barco desde Groenlandia en el que traían dos halcones que habían recogido unos pescadores durante el viaje de vuelta a España. No sabían de qué especie eran y querían que les ayudase con su identificación.
Resultaron ser dos halcones gerifaltes (Falco rusticolus), una de las aves rapaces más bellas y más valiosas para la cetrería. Se armó un pequeño revuelo, pero en aquella época el control de la fauna no estaba tan desarrollado como ahora y, como estaba claro que los pobres pescadores no tenían ninguna intención de traficar con ellos, los mandaron sin más problemas a un centro de recuperación. Con esta historia tan interesante, un poco adornada, gané un premio literario de la Editorial Cairel con el que no saqué ni una peseta. Pero me sirvió para interesarme aún más por esas leyendas, muchas veces ciertas, de la llegada de aves provenientes de lugares remotos en los barcos pesqueros.
Supongo que recordarán que, a finales de 2021, aparecieron en Asturias y Cantabria tres ejemplares de búho nival (Bubo scandiaca). Sí, esa rapaz nocturna hermosamente blanca que anida en lo más al norte del mundo y que hizo las delicias de muchos niños al aparecer recurrentemente en las aventuras de Harry Potter. Un montón de ornitólogos y aficionados de varias partes de España corrieron hacia el Cantábrico con sus prismáticos y sus cámaras para ver de cerca a aquellos dos machos y una hembra que habían surgido de no se sabía dónde.
Mucha gente opinaba que se podían haber escapado de algún zoológico o criadero, pero no tenían pihuelas u otros rastros de su posible cautividad previa. Otros decían, con razón, que cuando las aves de la nieve pasan mucho frío, tienden a emigrar a zonas más cálidas donde les resulta más fácil alimentarse. Pero era la primera vez que esta especie se observaba en España, por lo que no era muy razonable concluir que los tres búhos se habían venido al calorcito todos a la vez. Así que se pensó que pudieran haber llegado en un barco a uno de los grandes puertos de la zona. La hembra, que murió de aspergillosis (una enfermedad común en aves provenientes del Ártico), tenía óxido en el plumaje, lo que era un posible indicador de haber estado en la cubierta de un barco durante un largo periodo de tiempo. Pero no pudieron sacar una respuesta concluyente.
La revista Ardeola, gestionada por la SEO (fundada en gran parte por cazadores), publica en su último número un interesante artículo sobre este tema. Varios investigadores han analizado algunas plumas de los ejemplares de los nivales avistados que se conservan en Cantabria. A través de la presencia en ella de deuterio (un isótopo del hidrógeno), han podido averiguar el verdadero origen de los animales. Cuanto menos deuterio hay en las plumas, más cerca del Ártico se han desarrollado.
Y como había poco deuterio, está claro que los búhos nivales nacieron muy muy lejos, y que llegaron con casi toda seguridad posados en un barco pesquero, como los halcones gerifaltes del libro.
Texto: Fernando Feás Costilla, abogado medioambiental

