Lobos ‘comehombres’

Me fui a la ‘manifa’ del 23 de enero. Quedé allí con un grupo de amigos de Valladolid que se habían venido en autobús desde diversos pueblos de la zona. En la prensa beligerante contra ganaderos y cazadores, que apenas recogió el evento, se hablaba de «un grupo de señoritos que vienen a Madrid a comer en Tatel». La realidad es que el sueldo medio de estos chavales que se dejan la piel para cuidar a sus ovejas y chotos apenas llega a los 1.500 euros netos al mes. La noche anterior nos fuimos a cenar, y no a Tatel, sino al Bar Asturias, en Méndez Álvaro, que como saben es donde se junta toda la jet madrileña.

Hablamos de todo, del campo, de política, de caza… Al cabo de un rato salió, cómo no, el tema del lobo. Éramos trece, buena suerte, y como es habitual había opiniones de todos los colores. Uno de los más jóvenes, no cazador, negaba vehementemente que un lobo pudiera matar a un ser humano. En España nunca ha sucedido, decía. Yo recordaba algún caso concreto en Galicia, en Orense, pero no pude rebatirle sobre lo que pasaba en otros lugares del mundo. Así que me puse a investigar, y por aquí se lo cuento.

Linnell, Kovtun y Rouart, tres científicos noreuropeos, realizaron un estudio minucioso sobre los ataques realizados por lobos a hombres (y mujeres, y supongo que LGTBIX) en los últimos veinte años. Linnell ya publicó en 2002 un escrito al respecto, que tuvo cierta repercusión también en ámbitos no científicos, y quisieron actualizarlo con datos más modernos y contrastados.

Creo que el estudio ofrece dos conclusiones importantes. La primera, que aquellos que dicen que los lobos no atacan humanos, mienten. Pudieron constatar un total de 489 agresiones, de las cuales 26 fueron mortales: 9 por predación, 14 por animales con rabia, y 3 por actos defensivos. La segunda, que aquellos que dicen que los lobos son un peligro tremendo para los seres humanos, también mienten. En veinte años, han muerto solo dos personas en Europa y Norteamérica, con una población de más de 70.000 lobos y millones de habitantes entre los dos continentes. Si lo comparamos con las aproximadamente 30.000 muertes que provocan nuestros amigos los perros cada año, es un porcentaje insignificante.

El artículo que les comento da ejemplos concretos de ataques a humanos que ponen los pelos de punta: en Tayikistán, un niño de dos años fue atacado en una zona rural mientras jugaba con su hermana. El lobo arrastró al pobrecito unos centenares de metros y cuando pudieron encontrarlo, ya estaba muerto. En Turquía, una loba atacó a un agricultor mientras estaba haciendo su faena. El lobo no lo mató a mordiscos, pero le contagió la rabia. A pesar de que fue tratado en el hospital, no pudo combatir la infección y murió a los pocos días.

En Alaska, EE. UU., una profesora de 32 años se fue a hacer deporte por el bosque tras terminar sus clases. Una manada de lobos la mató, comió parte de su cuerpo e intentó enterrar los restos. La gran cantidad de sangre esparcida por la nieve permitió encontrar su cadáver. Tras una batida, se cobraron ocho lobos y los análisis de ADN de dos de ellos demostraron que habían sido los causantes de la muerte de Candice Berner.

¿Quiere esto decir que no hay que controlar la población lobera? Creo que no hacerlo es un error. El grado de cabreo de muchos de los presentes era importante. Me enseñaron fotos de sus móviles, en las que se veían decenas de ovejas, muchas preñadas, despedazadas en un tenao en el que parecía increíble que pudiese entrar un lobo.

Ante mis dudas, me enseñaron un vídeo de una loba adulta intentando salir por un hueco del tamaño de un ventanuco. El consenso más o menos pacifico que existía hasta ahora, con un aumento notable de las poblaciones españolas del Canis lupus signatus en los últimos años, se ha roto con la protección integral que, incluso, a muchos de los expertos en esta especie les parece contraproducente.

A lo peor todo esto no tiene solución y las posiciones van a ser siempre irreconciliables. Juan Carlos Blanco, quizá el biólogo más informado sobre lobos en España, lo define muy bien en uno de los estudios sobre la especie que es referencia en todo el mundo: «En su posicionamiento a favor o en contra de los lobos, las personas se agrupan con frecuencia en bandos que a veces mantienen posturas irreconciliables. En un estudio realizado en Michigan sobre las percepciones relativas a la caza del lobo, Lute, Bump y Gore vieron que la marcada dicotomía en las percepciones del lobo entre los distintos grupos no se explicaba por diferencias regionales, sino por la teoría de identidad social. Esta teoría sostiene que los individuos actúan de acuerdo con las expectativas y normas del grupo al que se adscriben. Los grupos comparten un deseo de identidad social que se fomenta enfrentándose a otros grupos de ideología distinta. De esta forma, los cazadores y los ecologistas de Michigan manifestaron opiniones muy distintas con respecto a la vulnerabilidad de las poblaciones del lobo, el miedo a la especie, si la caza del lobo reduce los conflictos, las actitudes negativas del público o si aumenta o disminuye el furtivismo. Estas opiniones se usaron posteriormente para justificar la caza del lobo o para oponerse a ella». Mi postura es clara. Mezclemos en un cóctel una población excesiva e incontrolada de lobos y la muerte de un solo niño por un ejemplar rabioso o hambriento, y tendremos como resultado una vuelta a los años cincuenta, donde se sentía ese odio atávico que ha caracterizado la convivencia entre estas dos especies durante miles de años. Hemos comprobado científicamente que un ataque como estos es muy difícil, pero no imposible.

Con el monumental cabreo que tienen muchos ganaderos en España, puede ser peor el remedio que la enfermedad. El campo estaba relativamente tranquilo hasta ahora, y una ley netamente ideológica, supuestamente favorable a una especie que no tiene ningún peligro de extinguirse, al menos al norte del Duero, puede conllevar un aumento de la caza furtiva y de los venenos, y poner en peligro otra vez a uno de los animales más bellos del mundo.

Fernando Feás Costilla |  Abogado ambiental

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