La caza del elefante en África

Realidad poblacional, sostenibilidad y el conflicto con Occidente.

Es uno de los eternos debates que enfrentan a gobiernos de todo el Planeta -sobre todo de occidente- con los del continente africano, a cazadores con prohibicionistas radicales, y a científicos serios y ciudadanos razonables, ambos respetuosos y amantes de la naturaleza, con fanáticos conservacionistas que se hacen llamar «ecologistas» y/o animalistas.

La decisión de varios países occidentales de prohibir la importación de trofeos cinegéticos de elefante africano y exigir la prohibición total de su caza, ha rebelado a muchas de las naciones del cono sur del continente negro, justamente las que albergan la mayor población de este singular paquidermo; entre ellas, y en especial, Botsuana.

Botsuana cuenta con casi un tercio del total de la población mundial de elefantes. El país tiene en la actualidad – nos referimos a 2024- un número superior a los 130.000 individuos, que son muchos, pero muchos más del espacio natural y salvaje «disponible» para que su sostenibilidad fuese factible, se pongan como se pongan los «ecópatas» verdosos, los politiquillos del tres al cuarto que quieren quedar bien con sus abducidos votantes o tanto ignorante compulsivo que, a cuatro patas, anda rebuznando por ahí presumiendo de lo que tiene ni pajolera idea: ¡no es po-si-ble!

El elefante necesita mucho espacio para moverse; mucha hierba o pasto, o ramas, cortezas, hojas, raíces, o frutos de arbustos o árboles, para comer -si no lo encuentran, terminan por devorar el arbusto o el árbol a pedazos: hacen falta entre 150 y 180 kilos de alimento, al día, para un individuo adulto y sano-; y necesitan, también, muchos, muchos litros de agua para beber -unos 150 diarios, aunque pueden llegar a ingerir más de 200-. Ya lo he dicho en repetidas ocasiones: la falta de espacio adecuado y suficiente para desenvolverse y conseguir los nutrientes y líquidos indispensables para sobrevivir, provocada por la invasión desordenada, del todo descontrolada, y absolutamente desorbitada de las poblaciones humanas, «obliga» al gran animal a invadir cosechas, destrozar sembrados y atacar a quien trate de evitarlo, causando infinidad de daños y destrozos que afectan la supervivencia de los nativos, y provocando no pocas muertes entre la población rural. Pero, claro, esto ni lo saben ni lo quieren saber ni al parecer importa demasiado en Bruselas o Madrid, Ámsterdam o Berlín.

Ellos, desde sus lindos y confortables despachos, seguramente tapizados con maderas esquilmadas de las selvas africanas, a miles de kilómetros -geográficos, éticos, y medio ambientales- del problema y de los que lo padecen, se aparecen protectores de una naturaleza que desconocen por completo, condenando a muchas especies animales, que dicen proteger, a la desaparición, y lo que es mucho más temerario, hipócrita y repugnante, perjudicando gravemente las vidas de cientos de miles de seres humanos, negándoles un desarrollo sostenible -al que, por cierto, también tienen derecho, aunque no tengan colmillos- y castigándoles a sufrir condiciones de vida inhumanas. (Continuará…)

Texto: Alberto Núñez de Seoane