Las costumbres del gorrión moruno

El día avanzaba con la monotonía de tantos otros, a partir de la hora en que las chicharras organizan su particular concierto que va in crescendo a medida que el sol despide su furia agostando campos ya resecos. «Agostando», hermosa palabra que tanto emplearon nuestros antepasados y que ya hoy queda fuera de contexto, porque los campos se agostan en junio. Casi tendríamos que inventar un «junieando» para definir esa época en que los trigos se inclinan respetuosos ante el astro rey, en una imaginaria reverencia forzada por el peso del grano ya formado, y la que otrora fuera hierba lozana y fresca adquiere un color amarillo y una textura que cruje bajo nuestras botas.

En estas reflexiones andaba, después de haber puesto la moto a refrescar debajo de una higuera, cuando me sorprendió la presencia de un grupo de tres personas que resaltaban por ser enormemente ajenas al entorno. Se les veía como metidos a presión en el paisaje serrano y minero donde presto mis servicios como guarda rural. Les eché los prismáticos y comprobé que habían situado unos trípodes con cámaras que enfocaban unas piedras bajo un chopo.

La curiosidad me superó. Me acerqué al grupo con el mayor sigilo posible y, cuanto más cerca estaba, más me convencía de aquel grupo era ajeno totalmente a «mi» paisaje. Llegué a situarme a un metro de ellos sin que advirtieran mi presencia y cuando, por fin, lo hicieron se asustaron de ver a un guarda que había llegado como de la nada. Definitivamente, no estaban en su entorno, eran demasiado ¿pijos?, demasiado ¿finos?, demasiado ¿elegantes? o demasiado urbanitas, no puedo precisar exactamente cuál era el problema, pero rechinaban en el entorno como un romano de la Centuria Macarena en la Ruta del Bacalao.

Les pregunté qué hacían por allí con todo el material fotográfico que habían desplegado y me señalaron una piedra en la que habían colocado un montón de miguitas de pan y que era el fin de sus objetivos.

Uno de ellos, que parecía dirigir el grupo, me indicó que estaban haciendo un estudio sobre los hábitos del gorrión moruno. Me dejó muy claro el carácter científico de su trabajo y la importancia de conocer las pautas de comportamiento de la ya mencionada avecilla. Me aseguró que pertenecían a una universidad de la que por respeto omito el nombre y me pidió que le ayudara a extender la red de camuflaje tras la que pretendían disimular su presencia. Les ayudé cortésmente y, a continuación, desaparecí prometiendo volver en una hora más o menos.

Las doce del mediodía y el sol dejándose caer a trozos, las chicharras definitivamente locas de atar, el pasto respirando vaharadas de calor y aquellos tres detrás de la red sin perder de vista «su piedra» adornada con miguitas de pan.

Bajando la voz todo lo que me permitían las ganas de reír pregunté:

—¿Qué? ¿Ha llegado alguno?
—Nada, una pena, todo lo que hemos movido y, al final, ni una foto.
—Oiga, y digo yo, desde la más supina de las ignorancias de las costumbres del gorrión moruno, y sin que sea una irreverencia preguntar, ¿se han parado ustedes a pensar que estamos en medio de la sierra y que, si hubiera aquí un millar de gorriones de esos que andan buscando, probablemente no habrían visto nunca una miga de pan? Por otro lado, ¿alguna vez han escuchado ustedes lo que es un cebadero?

Me miró cargándose de dignidad y aseveró que los gorriones morunos comían pan y que, por eso, ellos lo habían puesto allí para hacer el reportaje fotográfico.

—Pues, mire, siento contradecirle, pero si en lugar de poner pan en lo alto de una piedra, ponen ustedes unos puñaíllos de trigo mezclados con cebada y maíz, durante varios días en el mismo sitio, en el suelo, no en una piedra, es probable que al cabo de quince días puedan hacer fotos de unos cuantos granívoros y casi seguro de ese gorrión que no es de ciudad y, en consecuencia, no conoce las miguitas de pan, pero sí los granos que les he mencionado porque los siembran por aquí cerca.
—¡No tenemos tiempo para tanto!

Recogieron sus bártulos y se fueron. Presentarían su trabajo con fotos de archivo o de algún pajarito comiendo miguitas de pan en La Castellana.

Esta es la raíz del problema que nos atenaza a todos los que amamos la naturaleza, los que la disfrutamos y los que vivimos integrados en ella ya sea como cazadores, ganaderos, agricultores o servidores públicos: la ignorancia.

La ignorancia de una administración que hace leyes desde despachos en los que nunca ha olido a romero. La ignorancia de una administración donde los «consejeros» son amiguetes o «hijos de» y cada día menos expertos en la materia sobre la que legislan.

Estaban aquellos científicos muy preocupados por la supervivencia del gorrión moruno y pretendían hacerle fotos o contabilizar su población poniéndole miguitas de pan encima de una piedra.

Pretendían el cuidado de una especie de la que iban a estudiar sus costumbres ¡atrayéndolo con miguitas de pan! ¡A un bicho nacido y criado en la sierra y que nunca había visto tal cosa!

Así es como se ha llegado a disparates administrativos como declarar al rabilargo «especie protegida»

¿Sabrán estos «científicos» lo que es un rabilargo? ¿Serán conocedores de que es una especie que representa un peligro latente para su gorrión y el resto de la fauna, infinitamente superior a otros muchos que intentan descubrir en sus despachos?

Los rabilargos son una especie que se declaró «invasora», pero enseguida salieron un grupo de ¿científicos? asegurando que había una subespecie Ibérica.

Mientras en los despachos se hacen estudios como los del gorrión moruno, en el campo especies depredadoras arrasan y hacen desaparecer a otras que siempre estuvieron en nuestro entorno rural.

El rabilargo, merced a su protección, ha crecido exponencialmente, se alimenta de huevos, pollos, gazapos y crías de todo bicho viviente. Recorre nuestros campos en bandadas de hasta cien ejemplares arrasando con los nidos y las poblaciones jóvenes de cualquier especie, mientras se prohíbe su caza desde el desconocimiento más absoluto de su realidad y se hacen estudios para salvar de la extinción al gorrión moruno poniendo miguitas de pan en una piedra.

Si no ponemos remedio rápido, si no se empieza a legislar pidiendo opinión a los que de verdad estamos cada día recorriendo el campo y observando lo que ocurre en él, si no se actúa con celeridad para regular el crecimiento de depredadores oportunistas que esquilman las poblaciones de la especies «presa», si no impedimos que sigan marcando las normas gente que lo más parecido que ha visto a una indumentaria campera son unos zapatos de charol, mañana será tarde.

Carlos Enrique López.

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