Cuando aún estaba el retrógrado comunismo como dueño y señor de Europa oriental hice, a lo largo del tiempo, cinco expediciones cinegéticas en Polonia para cazar el bisonte europeo Bison bonanus, tan diferente de su primo hermano el bisonte americano. Hoy ya puede cazarse este animal en diversos países europeos, originalmente importados de Polonia, donde «en aquellos tiempos» sólo se podía cazar allí gracias a que se concedía una cuota anual para ser abatidos sólo por cazadores turistas, previo pago de una buena cantidad de dólares, según la categoría del trofeo conseguido (medalla de oro, plata, bronce, sin medalla o hembra).
En aquellos lejanos y amargos días reinaba la pobreza y desesperación entre el pueblo polaco que, en general, era una gente buenísima, excepto entre los capitostes del putrefacto Partido Comunista, que vivían como dioses del Olimpo, como de costumbre, machacando a las sufridas y forzosamente resignadas personas, que formaban el 99 % de la población, las cuales tuvieron que crear un submundo se sobrevivencia en el que todo se compraba y se vendía, en el que destacaba muy especialmente el mercado negro de divisas el cual, naturalmente, el gobierno trataba de combatirlo por todos los medios.

Para ello, al pasar el control de entrada en Varsovia había otro de la policía que hacían declarar todo el dinero que uno tuviera, reseñándolo en un documento con la obligación de que, cuando se tuviera que cambiar algo, tuviese que hacerse forzosamente en un banco oficial registrándose toda la operación, para comprobarlo a la salida del país, pues entonces Polonia estaba muy necesitada de divisas fuertes, ya que su moneda estaba muy desacreditada.
Si no recuerdo mal, el cambio oficial del zloty era ocho por un dólar USA, pero en el mercado negro se conseguían entre 80 y 90, lo que era entre diez y once veces más. Como para mí, y muchos millones más, uno de los grandes placeres de la vida fue engañar, timar y defraudar a los bordes de los comunistas, no hará falta decir que me lancé de cabeza al beneficioso mercado negro, convirtiéndome en algo así como el rey Midas que todo lo que tocaba lo convertía en oro…

Para evitar que aquellos inútiles de la policía del «proletariado» –que tenían unas pintas que parecían los malos de las películas– te pudieran registrar como hacían algunas veces, para ver si lo declarado coincidía con lo que llevabas en el bolsillo, me escondía billetes grandes de 50 y 100 dólares, donde a aquellos cretinos nunca se les ocurriría mirar, que era, sencillamente, dentro de los gruesos calcetines de lana, imprescindibles en enero y febrero siempre con muchos grados bajo cero, que era la época de cazar a los bisontes, realizando los referidos calcetines una doble labor, que era evitar que uno se quedara congelado por los pies y otra ayudar en el «honrado contrabando monetario» a la vista de lo visto…
De esa manera dejaba en dinero «blanco» lo calculado para pagar las tasas correspondientes por los posibles trofeos cazados, que tenía que ser así ineludiblemente, y el resto se transformaba en algo más negro que el carbón con sus beneficiosas posibilidades, que me permitían sentirme como un jeque árabe, al menos por unos días, lo que era una sensación muy agradable a la que, lamentablemente, no estaba acostumbrado, ¡ni mucho menos!

Familia de bisontes europeos en los bosques de Borki, al norte de Polonia
Bisontes al rastro en la nieve
He de confesar que si cacé una porción de bisontes europeos lo fue para conseguir unos ejemplares con destino a museos y colecciones particulares, además de romper un poco, de vez en cuando, el clima africano y sentir por unos días verdadero frío, pues su caza en sí no era muy excitante para mí, ya que, como no se les había cazado ni acosado hasta entonces, los pobres animales tenían muy buen carácter y nunca plantaban cara, lo que era muy desagradable para mí, que siempre me centré en la caza peligrosa africana, especialmente en la del elefante y el león, y en la que, como te descuidaras un poco, podías pasar de cazador a cazado…
Lo que era para mí lo más interesante es cómo se cazaba al bisonte al rastro en la nieve, como hacía en África con el elefante, pero allí pisando tierra y arena, además de sudar a chorros… El hábitat del bisonte europeo era un lugar increíble, pateando y hundiéndome en la referida nieve, a través de unos bosques fantasmagóricos blanqueados por el hielo y nieblas misteriosas. Al final el cazar un bisonte era lo de menos y ojalá les pudiera haber devuelto la vida luego, pues yo donde disfrutaba al máximo era con todo lo que había que recorrer, hacer y vivir antes de apretar el gatillo, lo que me hizo volver a Polonia una y otra vez, además de poder participar en sus tradiciones cinegéticas, como era hacer sonar la corneta a los cuatro puntos cardinales para honrar el alma del bisonte abatido, al tiempo que te colocaban una ramita de abeto en el sombrero como certificado de haber abatido el bisonte de forma noble y que su espíritu quedara tranquilo, todo lo cual, yo que soy de la vieja escuela, me encantaba.

Además, era también tradicional hacer una comida in situ traída en una especie de carro tirado por unos caballos gigantescos a través del bosque, en la que cada uno se asaba la llamada «salchicha del cazador» clavada en una rama y acercándola al fuego para cocinarla cada uno a su gusto. Para mí, lo único malo de este minifestival gastronómico es que todo iba acompañado de grandes cantidades de vodka y lo pasaba fatal para simular que también bebía, aprovechando cualquier momento propicio para tirar mi ración entre la maleza, pues soy abstemio integral que nunca tomé una gota de alcohol ni fumé un cigarrillo, lo que pienso que en Escocia debo de ser una especie de enemigo público, pues dicen allí que no se puede fiar nadie de una persona que ni bebe ni fuma.
Esto que he referido tan alegremente suponía en realidad un trabajo infernal, andando horas por la nieve, siguiendo el rastro localizado, en la que se quedaba uno clavado continuamente y con temperaturas normalmente entre diez y doce bajo cero a medio día, durante los meses de enero y febrero, que eran los idóneos para encontrar a los bisontes en su plenitud en todos los sentidos, pero sin un lugar donde descansar, excepto en el tronco de algún abeto caído.

A la derecha, de espaldas, el autor observando cómo sacaban la piel de la cabeza y el cuello
Mis calibres para el bisonte
La verdad es que esta era toda la dificultad en la caza del bisonte pues, una vez alcanzado el trofeo deseado, lo único que había que hacer era la aproximación a contra el viento –pues el olor del ser humano sí les inquietaba, como a todos los animales salvajes– colocarse en posición de tiro y hacerle el disparo en el sitio correcto. Aunque te vieran, si no te olfatearan, no se escapaban, quedándose mirando con más curiosidad que otra cosa, lo que era su perdición.
Para su caza, utilicé en plan experimentación, tres calibres diferentes a lo largo de estas cacerías, en sistema de repetición con acción Mauser: el 9,3×64 Brenneke y el .375 Magnum y en rifle express el 9,3×74. Este último no me dio muy buen resultado teniendo que repetir los disparos, pues quizá le faltaba algo de energía ante un animal tan grande y pesado. Los otros dos tumbaron al bisonte con el primer tiro, por lo que si algún lector de estas notas está pensando en cazar el bisonte europeo les recomiendo el .375 Magnum con proyectil de 300 grains (19,5 gramos) y de toda supergarantía, con el que he cobrado numerosas veces los cinco grandes de África (elefante, búfalo, rinoceronte negro, león y leopardo) sin problema, pero sin olvidar que todo dependerá, al final, del tirador que impacte en el sitio preciso o no, pues el arma, como ser inanimado, no puede hacer nada por sí sola…

Gran bisonte cazado en Borki
Áreas de caza
En mis viejos tiempos había dos zonas principales para cazar al bisonte, si bien pienso que ahora habrá muchas más. La primera estaba en el extremo sur del país, llamada Lutowiska, zona fronteriza con Ucrania y la entonces Checoslovaquia donde, para maldición del cazador, estos animales cruzaban y recruzaban los límites fronterizos y lo mismo estaban en un país que en otro y después de una larga persecución por la nieve, con un frío más que pelón, te encontrabas con que el dichoso bisonte se había pasado al país vecino sin poderlo seguir más…, pues la policía de fronteras comunista te podía dar un disgusto con carácter «definitivo».
En el punto donde coincidían las tres fronteras había como una pirámide de tres caras, algo menos de dos metros de alta y en cada una de las referidas caras ponía en letras grandes «Polonia», «Rusia» y «Checoslovaquia», enfocando cada leyenda a su país correspondiente. Con permiso del posible lector diré que, al llegar a este punto, que fueron más veces de las deseadas, aprovechaba para hacer un «pipí internacional», pues dando suelta a mis necesidades fisiológica hacía un círculo alrededor de la pirámide, con lo cual dejaba mi rastro en tres países de una sola «tacada»…
La otra zona de caza estaba en el extremo norte del país, cubierta de grandes bosques llamada Borki, que en polaco quiere decir «bosque», con el teórico honor de ser el lugar más frío del país, denominándola la Siberia Polaca, donde se registraban temperaturas de 30 grados bajo cero y, algunas veces más, como tuve la exclusiva de disfrutar en un par de ocasiones, ¡echando de menos con toda el alma los 40 o 50 °C de Sudán!
En Borki estaba, al menos entonces, la mayor densidad de bisontes y, con frío o sin él, era el lugar ideal para cazarlos en su hábitat puro, sin cercados, granjas ni otras condiciones vergonzantes, donde se tenían que imponer forzosamente las tres condiciones ineludibles para que la caza sea de verdad caza: dificultad, inseguridad y esfuerzo y, todo lo que no sea así es «plástico miserable»…

Tony, con un bisonte cobrado en Lutowiska, en el extremo sur de Polonia
Europeo vs. americano
Si uno pone juntas las fotografías del bisonte americano y europeo verá la gran diferencia que hay entre ellos. El europeo es más esbelto, porque su hábitat le obliga a un continuo deambular por tener que vivir entre densos bosques con grandes árboles, que le obligan a un continuo ejercicio con la cabeza levantada, porque su alimentación así lo requiere al tener que ir mordisqueando ramitas tiernas, brotes y cortezas, con una joroba más reducida.
Como el americano sólo se alimenta de hierba, la naturaleza le adaptó para tomar regularmente su comida con la cabeza muy baja para ir segando la necesaria hierba, con unos hombros muy fuertes, extremadamente desarrollados, junto con una gran joroba, todo lo cual hace que pese bastante más que el bisonte europeo.

‘Historias’ sobre el bisonte
Como anécdota final daré la siguiente: cuando fui por primera vez a Polonia, para cazar a la zona de Lutowiska, me amenizaron los residentes locales con historias truculentas, como si el bisonte fuese una especie de Hidra de Lerna, pero peluda, contándome el «espeluznante» caso de un motorista que, de milagro, salvó la vida al ser atacado por un bisonte... Pero más tarde pude averiguar la verdad que era bien simple: el motorista, en un despiste o como fuera, chocó con un bisonte y, al caer, se rompió una pierna, mientras que el pobre animal aún no terminó de correr por el mayor susto de su vida, ya que el percance fue culpa del humano y no del animal.
Desde la «limpieza» comunista de Polonia ya no he vuelto allí, lo que echo de menos, pues es un país precioso, con una gran fauna cinegética aparte de los bisontes. También pienso que «echaría de menos» el no tener que esconder ya los dólares entre los gruesos calcetines y tomarles el pelo a aquellos bordes de comunistas, ladrones y asesinos, recordando perfectamente cuando se descubrieron las horribles matanzas en los bosques de Katin, donde en fosas comunes se descubrieron los restos de diez mil pobres personas asesinadas a sangre fría por los comunistas rusos, integrando la oficialidad del Ejército polaco, intelectuales, etc., y que aquellos malditos quisieron hacer creer que habían sido los alemanes.

Un bisonte medalla de oro abatido por Sánchez Ariño
Pero al final todo se supo, si bien las hienas humanas de los nazis también «se lucieron» destruyendo Varsovia de forma inmisericorde con los planos aportados por la Luftwaffe para reprimir un intento de resistencia de aquellas pobres personas enfermas, hambrientas y desarmadas… Para mal de aquellos desalmados, al final de la guerra capturaron la película que habían filmado los nazis, con todo detalle mostrando con unos mapas la voladura de los edificios, uno detrás de otro, arrasando zonas enteras de Varsovia. Esta película se mostraba, continuamente, en un cine de entrada libre en el centro de Varsovia para que todo el mundo conociera la verdad de aquellos horrores, donde yo la vi un par de veces con el corazón en un puño…

Tony en una pista en Borki, a más de 20 grados bajo cero
En fin, gracias a Dios, todo aquello es ya un lejano y triste recuerdo, Polonia resucitó de sus cenizas como el Ave Fénix y sus buenas gentes son parte ya de la Comunidad Europea, con los bisontes aumentando en número continuamente, disfrutando de una existencia libre y tranquila en su propio hábitat, ¡lo que es una magnífica noticia!
Texto y fotos: Tony Sánchez Ariño

