El impacto económico de la caza del elefante en África

Alberto Núñez de Seoane continúa analizando el papel de la caza mayor africana en esta ocasión desde el punto de vista económico

Las autoridades de Botsuana, ONG’s y algunos grupos conservacionistas, no cegados por la supina ignorancia y el odio indiscriminado, constataron, sobre el terreno, no desde europeos o gringos despachos enmoquetados de Bruselas o Nueva York, que la prohibición de la caza de elefantes durante cinco años en el país no tuvo éxito alguno en el incremento ni en la conservación, de acuerdo con los parámetros internacionalmente aceptados, de la población de estos paquidermos, por lo que la ley que impedía cazarlos fue, de común acuerdo, revocada en el año 2019 y la moratoria para cazarlos suspendida.

Y es que los burócratas ecoflautas y los animalistas «aneuronales» no piensan, bien porque no saben lo que eso implica, bien porque no les interesa aplicar la lógica, acompañada de la sensatez a la que el sentido común obliga. Hay un principio, incontestable, válido para todos los humanos, con independencia de ideología, cultura o religión: «no nos queremos morir».

El instinto de supervivencia es el primordial entre nosotros: todos intentamos conservar la vida y lograr que dure lo más que podamos conseguir. No lo digo sólo yo, lo escribió, entre otros muchos, Thomas Hobbes, un gran pensador, humanista y científico inglés del siglo XVII: «Todo hombre está siempre deseoso de lograr lo que es bueno para él, y rechazar lo que es malo; y quiere principalmente evitar el más grave de todos los males naturales, que es la muerte». No se asusten, no nos hemos pasado a ningún tratado filosófico, es sólo invitar a ejercer la olvidada facultad de razonar.

La miseria empuja a todo el que tenga restos de esperanza, algo de sangre que corra por sus venas y una pizca de determinación, a escapar de ella. Por encima de cuestiones que atañen a la biología, la ecología y la etología -ciencia que estudia el comportamiento de los animales-, las tres relevantes, pero, si queremos, como deberíamos, ser realistas, hemos de colocarlas en un segundo término, hay una realidad incuestionable: no se puede luchar, de modo permanente, contra la corriente, si lo que pretendemos, claro, es no ahogarnos. ¿Qué a qué viene todo esto?, ahora lo explico.

La caza mayor en África supone una inyección económica irreemplazable, genera riqueza, da empleo y aumenta, hasta niveles insospechados para los que allí malviven, su calidad de vida; además, ayuda a controlar, preservar y sostener la biodiversidad.

Si no hay caza, no hay ni trabajo ni dinero para muchísimos nativos y sus familias. Los que antes mataban para comerciar con marfil, huesos o pieles -los furtivos-, no tienen ahora quien les controle -olvídense de las autoridades locales: ni voluntad ni información ni tiempo ni dinero-, actuarán con total impunidad; los que antes trabajaban honestamente, ahora no pueden, pero han de seguir viviendo, hay que sobrevivir, y los animales siguen, por el momento, allí. Así, no les queda otra que dedicarse al furtivismo. (Continuará….)

Texto: Alberto Núñez de Seoane

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