La caza del elefante en África

Botsuana defiende la caza frente a las restricciones europeas

Los malos políticos, que son la mayoría, de la civilizada Europa deciden sobre lo que no les compete, imponen lo que se les antoja, ignoran a quienes tienen todo el derecho a opinar y olvidan las nefastas consecuencias que sus arbitrarias y caprichosas decisiones tienen sobre los millones de personas que viven con el problema y padecen las injustas secuelas de lo que se dispone, a miles de kilómetros de sus tierras, por gentes incompetentes que sólo piensan en la opinión pública de los ciudadanos de los países en los que mandan, para seguir mandando, y a los que parasitan sin preocuparse lo más mínimo por la devastación que provocan hoy ni del desastre que vendrá mañana.

Mandatarios de varios países del cono sur africano han advertido a los gobernantes occidentales que la población de elefantes ha crecido y está fuera de control –en Botsuana hay un elefante por cada quince habitantes–, defendiendo que la caza, controlada y regulada, de este hermoso animal, es la única herramienta eficiente, ética y selectiva –no causa daño colateral alguno– para restaurar la población de paquidermos a niveles que la hagan sostenible.

Si a esto sumamos la importante e insustituible repercusión económica que la caza ejerce sobre la población rural, que es la más desfavorecida y olvidada –y, de modo particular en África, al estar muy alejada de los grandes núcleos de población y carecer, por completo, de atención sanitaria, suministros básicos e infraestructuras necesarias, está condenada al hambre, la enfermedad y la más absoluta miseria–, vemos que la caza es el único instrumento válido para poner remedio a dos tragedias: la que sufren los nativos, relegados, despreciados y condenados a un destino que ni merecen ni es de recibo permitir, y el severo peligro de extinción de la fauna salvaje, acosada por la pérdida masiva e incontrolada del hábitat necesario para sobrevivir, acuciada por la falta de alimento, y masacrada sin límite ni piedad por los furtivos criminales, de los que nadie, salvo los cazadores, se encarga de perseguir, detener y encerrar.

Hace poco, en Alemania, su influyente partido ecologista instó una ley para prohibir, por completo, la importación de marfil. Mokgweetsi Masisi, presidente de Botsuana, posiblemente el país más afectado por la sobrepoblación de elefantes, montó en una cólera más que justificada:

«Es muy fácil sentarse en Berlín y dar una opinión sobre los asuntos de Botsuana. Estamos pagando por preservar estos animales para el resto del mundo; los alemanes deberían convivir con los animales salvajes del modo en el que nos dicen a nosotros que tenemos que hacerlo». Después sugirió enviar por barco 20.000 elefantes a Berlín…

El ofrecimiento tuvo repercusión mundial y dejó muy a la vista el abismo que existe entre el cinismo de los países de occidente y la realidad de la vida salvaje en África. (Continuará).

Texto: Alberto Núñez de Seoane