Antes de nada, quisiera dejar bien patente que no soy un prestigioso doctor en Biología, Zoología ni nada que acabe en «ogía», pues solo soy un simple cazador quien, en el momento de escribir estas notas, ya cumplió 95 años de edad, pero que todavía le funciona muy bien la cordura, la memoria y el sentido común, lo que no es poco.
Naturalmente, no soy quien para negar la «posible» existencia de 130.000 elefantes acantonados en 215.000 kilómetros cuadrados en el norte de Botsuana, o los que quieran, da igual, pero hay ciertos datos irrefutables, que luego se expondrán, que hacen dudar de la pretendida cantidad, simplemente utilizando unos modestos conocimientos de agronomía y el referido sentido común.
Personalmente, cacé elefantes en este país desde hace muchos años, cuando aún se llamaba Bechuanaland y después de su independencia el 30 de septiembre de 1966, cuando se le cambió el nombre por el de Botsuana. Está claro que vi muchos elefantes, antes y después, pero no en esas fantásticas cantidades pretendidas, ni mucho menos.
Como soy persona que no le gusta discutir, y menos con los exaltados que se creen que lo saben todo, siempre dejé las cosas al gusto de cada cual, pero conservando mis opiniones respaldadas por los 62 años ininterrumpidos que fui cazador profesional en África, especialmente centrado en la del elefante, que realicé en 23 países diferentes de acuerdo con las posibilidades existentes, cobrando 1.318 de ellos, sumando todos los que conseguí con mis licencias, ciertos permisos especiales, en batidas para conseguir reducir su número excesivo en determinadas zonas y países o eliminar aquellos que se habían convertido en un serio peligro para vidas y haciendas, además de los que tuve que perseguir en safaris deportivos por culpa de un mal disparo del cliente, a pesar de su buena voluntad, pues no todo el mundo es algo así como Buffalo Bill, si es que la leyenda se aproxima a la realidad en algo.
Para hacer el recuento de la población de elefantes en Botsuana, desde hace tiempo se utilizan principalmente avionetas, supongo que ahora también los drones que se meten por todas partes. Para ello se dividen las zonas en blocs, para llegar al final a la suma total de todos los elefantes.
Hablando con uno de esos pilotos «científico-contabilizadores» pretendía que las cifras conseguidas eran exactas, y que yo era un ignorante por ponerlas en duda, si bien admitía que «algunas veces» se recontabilizaban los mismos elefantes, pues no se podían controlar los desplazamientos de estos arriba y abajo, día y noche, pero siempre insistiendo en la gran cantidad de ellos en la zona de los pantanos del Okavango, situado en el noroeste del país.
Este referido pantano lo forma el río Cubango, que nace en Angola, continuando su corriente hasta entrar y desembocar en Botsuana, lo que hace por el puesto de Shakawa después de atravesar el Caprivi Strip de Namibia, convirtiéndose luego en una amplia zona pantanosa sin continuidad en su curso, excepto una pequeña corriente que alimenta el lago Ngami y una minizona pantanosa en Sahitua, al oeste del referido lago.
Naturalmente no puedo competir con esos señores, con amplios conocimientos, sus avionetas y sus pretensiones, después de haberme incluido, muy amablemente, en la categoría de ignorante total, cosa que me afectó muy poco, pues yo también sobrevolé varias veces, por puro placer, sin «recuentos», los referidos pantanos en helicóptero, además de recorrer por tierra la llamada Morami Wildlife Reserve, Chobe National Park, etc., y claro que vi muchos elefantes, pero no esas docenas de miles por todas partes como muchos alucinados pretendían, que yo también sé contar y no me salían las cuentas.
Los pretendidos 130.000 elefantes, a la fuerza tienen que estar acantonados dentro de 215.000 kilómetros cuadrados en el norte del país, pues el resto de los 581.730 que tiene Botsuana, o sea 366.730 km2, pertenecen al desierto del Kalahari, donde la vida es imposible para los elefantes al no existir el necesario pasto ni agua.

Los elefantes comen y beben todos los días y el africano, denominado browsers, se alimenta de hojas, tallos tiernos, bulbos, cortezas verdes aún con savia y, ocasionalmente, frutas silvestres de temporada y lo que pueden saquear en las plantaciones de los humanos, si se presenta la ocasión, pero no de hierba, que es la base del sustento de sus primos hermanos asiáticos, denominados como grazings.
Ahora es cuando quiero o «quisiera», expresar mis quizá erróneos cálculos sobre el número de elefantes en Botsuana, dejando a un lado las famosas contabilidades por tierra, mar y aire que no concuerdan ni con el más mínimo sentido común.
El norte de Botsuana está salpicado de bosquecillos con árboles de tamaño medio o pequeño, no existiendo grandes ejemplares de tupida vegetación como en la zona ecuatorial, ni muchísimo menos.
Dentro del pantano del Okavango no existe el pasto adecuado, y sólo acuden a beber, bañarse o refrescarse, pero residiendo en tierra firme que es donde encuentran su alimento cotidiano, que con ese pretendido supernúmero de visitantes y residentes, la zona, por lógica, tendría que estar arrasada hasta las raíces, pero no lo está.
¿Cómo es posible que se alimente una población de 130.000 elefantes «enjaulados» en 215.000 km2 comiendo y comiendo sin parar, día tras día y año tras año, sin dejar el territorio convertido en un paisaje lunar?
Según los técnicos «de confianza» en la materia, los elefantes machos adultos comen diariamente entre 150 y 200 kilos de pasto y las hembras algo menos, quizá sobre los 100, para poder conseguir la energía necesaria para sus grandes corpachones. De agua, normalmente superan los cien litros, más o menos, dependiendo de la temperatura según varíe en cada época del año, viéndose muy afectados por las sequías donde pueden morir animales muy jovencitos o muy viejos, ya en edad senil superando los 50 años.
Aquí es donde expongo mi quizá equivocada teoría de que es imposible físicamente que convivan tantos elefantes en tan poco espacio del territorio, sin que les falte el necesario pasto o alimentación diariamente, pues es imposible, como se puede ver con los siguientes cálculos:
Si de los 130.000 ejemplares quitamos 30.000, entre crías aún lactantes y ejemplares muy jóvenes todavía de «bajo consumo», quedando los 100.000 restantes entre machos y hembras adultos y semiadultos, olvidando de momento los supuestos 100, 150 y 200 kilos de pasto consumidos diariamente por individuo y lo bajamos a tan sólo 20 kilos por cabeza -que en realidad es muchísimo más-, nos encontramos con que se consumen diariamente 600.000 kilos que, al mes, son 18 millones de kilos y al año 216 millones.
Y esto haciendo un cálculo irreal muy por lo bajo, pues, de acuerdo con las cantidades consumidas «oficialmente», con una media tan solo de 100 kilos por cabeza, nos da tres millones diarios, noventa al mes y mil ochenta al año. ¿De dónde pueden salir esas cantidades abismales de vegetación específica para la alimentación de todos esos elefantes?
Las hojas no pesan nada y lo que se puede sacar de los arbolitos, entre cortezas, ramas tiernas y tallos no pasarán de diez o doce kilos, y eso día tras día que, por lógica, irían arrasando la vegetación hasta transformar aquellos 215.000 kilómetros cuadrados de su hábitat en un paisaje lunar.
Además, Botsuana está sujeta a una climatología un poco particular, de época de lluvias y de sequía que hacen lo que quieren invirtiendo los ciclos, con propensión a unas grandes sequías que, en absoluto, favorecen a la recuperación de la vegetación, teniendo en cuenta, además, que las hojas y demás no salen y florecen de un día para otro -pues todo requiere un ciclo y un tiempo-, sin contar la influencia, positiva o negativa, del viento procedente del desierto del Kalahari.
En este último caso se reduce mucho la alimentación de los elefantes, que tienen que realizar continuos desplazamientos para conseguirla, lo que no es fácil en competencia continua entre unos y otros, cometiendo grandes daños y destrozos, muchos irreparables, al derribar los árboles con su fuerza empujando con la frente hacia la mitad del tronco, o bien plantándose sobre las patas traseras donde comienzan las primeras ramas, lo que hará tumbar y arrancar el árbol de raíz, de forma que puedan alcanzar para comer las hojas y ramitas tiernas, matando el árbol al mismo tiempo, dicho sea de paso, y colaborando en la desertización.
La desertización cada día va en constante aumento por toda África, donde sus habitantes se multiplican como la marabunta año tras año arrasando bosques sin orden ni concierto.
En fin, volviendo al principio de estas notas, diré que, personalmente, estaría más que encantado de que en Botsuana existiesen más de 130.000 elefantes o el doble, pero con las razones «alimentarias» expuestas, la verdad es que no me cuadran los números, a no ser que los elefantes, que son animales muy inteligentes, quieran imitar a los humanos perdiendo peso a base de una estricta dieta, teniendo presente que la única cosa que no hace engordar es lo que no está en el plato y, en el caso de los elefantes, lo que no está en las ramas.
Texto: Toni Sánchez Ariño

