Mañana vamos de montería. Hemos cenado copiosamente en el hostal, una decimonónica casona solariega que atesora y esconde un bonito patio interior y frondoso jardín con altos cipreses; y luego, ya solo, me dirijo al salón.
En este, hay una gran chimenea de piedra con unos morillos de hierro en el hogar que sostienen unos leños. Tiene un buen tiro, con una lumbre que irradia un agradable calor y da una luz indirecta a toda la habitación. Sobre la repisa, formada por una gran viga de madera, sostenida por ménsulas de piedra talladas en forma de hojas de acanto, hay algunas tablillas de trofeos y viejas fotografías y, a cada lado, en las estanterías, algo desordenados, se amontonan antiguos libros, revistas y folletos turísticos de Sierra Morena y Despeñaperros.
Me siento cómodamente hundiéndome en un sillón y a mi lado, un grupo de monteros ya mayores, a los que no conozco, están tranquilamente conversando. Me llega un agradable aroma del humo del cigarro habano que pausadamente está fumando uno de ellos, mientras otro, en sus manos, mantiene y mueve una copa balón intentando calentar el brandy que contiene. El tercero está atizando la lumbre. El aroma a tabaco de «Vuelta Abajo» produce en mí —que soy exfumador— evocadores recuerdos y pese al tiempo transcurrido, es como si en mi cerebro, en mi memoria, se abriese un cajón largo tiempo cerrado. Nos saludamos e inevitablemente y por la proximidad, no puedo dejar de oír su conversación.
¿Cómo os lo diría, queridos amigos? —dice el que mantiene la copa dirigiéndose a los tertulianos—, si ni siquiera yo sé cómo me pasa. Pero os aseguro que cada vez que me ocurre, es algo difícil de explicar con simples palabras. Es una sensación al mismo tiempo sutil e impactante. Un conjunto de sentimientos que forma un haz indisoluble. Una corriente de adrenalina fluye por mis venas y me despierta, me aviva y estimula, pero a la vez, me relaja; o quizás sea simplemente el resurgir atávico de esos, mis demonios internos. Pero os diré que todo a mi alrededor se transforma, que mis sentidos se agudizan y mi oído, vista y olfato oyen, huelen y ven mejor; todos mis músculos se tensan y un sudor frío recorre la totalidad de mi cuerpo.
Ya no hay atisbo ni lugar para el ruido, el frío ni el calor. Es una concentración plena, una tensión contenida, que cuesta sostener y no precipitarse en el tiro para huir de ella. Un equilibrio de fuerzas, que la mayoría de las veces termina y necesita del disparo liberador. Y no es que siempre sea así, pero cuando ocurre, deja en mí una huella indeleble. Un lance así no se olvida —sentencia el narrador— que calla y sin dejar de mirar el hogar del fuego, ensimismado, lentamente agita la copa con sus manos, la huele, respira profundamente su perfume y da un pequeño sorbo degustando el destilado.
Seguidamente, continúa su relato. Algo así me ocurrió aquel día en aquella montería. El nombre de la finca no importa, el puesto y la armada tampoco; ni el año ni el tiempo, pues, cada vez que lo he recordado, lo vivo de tal manera y se renueva en mí la sensación de tal modo, que os podría decir que fue ayer cuando ocurrió y en cualquier lugar, en cualquiera de nuestras sierras.
Sí recuerdo que hacía frío, mucho frío. A lo lejos, manchas de nieve, como algodones blancos, adornaban los ruedos de los pinos y alguna que otra piedra. Tenía un gran tiradero. Lejos, entre la vegetación y los matorrales, grandes claros me permitían ver e intuir las querencias, los pasos y posibles huidas de las reses. Con cierto nerviosismo ajusté el visor y cargué el rifle; había puesto el zurrón en una piedra que me servía de apoyo y oteado el pecho de enfrente, calculando las distancias.
Aún no habían soltado los perros y a lo lejos, zorreando entre los pinos, ya se veían fugaces, sigilosas y oscuras manchas marrones moverse cautelosamente. Había movimiento de cochinos. Y luego silencio. Tras la suelta, vocerío de rehaleros y ladra y después una tenue calma que de nuevo lo envuelve todo, solo rota por el sonido cadencioso de lejanos disparos.
De pronto, oigo unas ladras, un chasquido de reses trotando, crujidos al romper monte; el alboroto es constante y lo que al principio era un ruido tenue, ahora cada vez lo oigo más y más cercano. El corazón me palpita, sus latidos crecen y mis manos aprietan el rifle como queriendo aguantar la creciente tensión. Me encaro el arma y bajo los aumentos, intuyendo por dónde saldrá lo que sea que se aproxima. Todavía no veo nada, pero cada vez el sonido es más desordenado y fuerte. El alboroto de gruñidos, ladras y ramas rotas consume mi impaciencia.
Por fin, como una escena a cámara lenta, por debajo del pino frondoso que está a mi derecha, a unos cien metros veo un cochino a galope tendido; viene azuzado por otro más grande que va detrás con el negro lomo erizado y el rabo hacia arriba; el primero debe ser el escudero—pensé— y después le sigue otro y otro, aún más… así cuento hasta seis. Es una piara que, levantada de su encame, huye azuzada por cuatro perros que no dejan de ladrar; los tres primeros son blancos y el último berrendo, blanquecino y moteado con manchas marrones de color terroso…Mis retinas intentan captar el momento, atrapar la imagen: la musculatura estirada y esbelta de los canes al galope y por segundos suspendidos en el aire, su desenfreno por capturar las presas, la huida de los vigorosos animales acosados…Me recreo en el instante, en el lance, y casi me olvido de todo… Los dejo cumplir y acercarse.
Debí ser yo quien, de modo automático — en parte ausente— encarase el rifle, metiera en la cruz del visor al cochino y adelantase el tiro en un cálculo ya intuitivo, repetitivo… pero que lo hiciese de modo consciente no os lo podría asegurar…Un estruendo suena, un disparo liberador rompe la tensión y el ruido del casquillo al caer sobre la piedra me devuelve a la realidad. A lo lejos, el cochino, tras una voltereta, ha caído. Y los perros siguen su loca carrera…
El cazador ha terminado su narración. Los tertulianos guardan silencio como si, tras el relato, cada uno de ellos evocara lances vividos y ahora en el salón, solo se oye el crepitar de la chimenea. En la habitación de al lado crece el bullicio, el bar está lleno.
De modo tenue me llega la melodía «Europa» y el punteo de la inconfundible guitarra de Carlos Santana. Me acomodo aún más en el sillón, doy un sorbo a la malta y con un trozo de cacao maya disolviéndose lentamente en mi boca, me dejo llevar, seducir… y evoco mis viejos lances. Es el preludio de un buen sueño en vísperas de una montería.
Texto y fotos: José Manuel López Carrasco

