Cuando ojeo las revistas de caza, antes de leerlas, desde hace un tiempo observo que los anuncios publicitarios más numerosos son los de óptica y, dentro de este campo, los que nos ilustran sobre los dispositivos térmicos.
A lo largo de los ya muchos años de disfrute de esta bendita pasión por la caza, he sido testigo de diferentes polémicas en las que se conjugaba el término «ética» para definir el uso indebido de algún adminículo para sus detractores.
Desde elementos ópticos, como ocurrió a principios de los años setenta del siglo XX sobre la utilización de los visores ópticos en las armas de caza mayor, que desterraba las alzas y puntos de mira metálicos, hasta que, con posterioridad, aparecieron severas diatribas contrarias contra las cámaras espías, y luego se discutió sobre los medidores de distancia, la visión nocturna, los drones y la visión térmica.
En mi morral sigue habiendo visores ópticos y térmicos, medidores de distancia en prismáticos o sin ellos; si rebusco, algún monocular de visión nocturna, incluso adaptador a visores convencionales, y prismáticos, monoculares y visores térmicos. Los drones comerciales, por su falta de utilidad práctica cinegética, descansan en sus cajas originales.
En el Paleolítico lo de despeñar mamuts y bisontes por los acantilados debería tener su aquel, como el descabezar a pedradas a un ciervo megalítico; lo del bronce tendría sus objetores, como utilizar el fácil corte de la obsidiana; el uso indebido de las armas de hierro supongo que levantaría voces airadas de nuestros antepasados.
Tampoco las jabalinas, las ondas, los asegais, las cerbatanas, las hachas de doble filo, los arcos, las ballestas, los mosquetes, los arcabuces, las escopetas de perrillos o los express dejaron de tener sus ardientes detractores.
Yo, aparte de tontear algo con el arco, afanarme mucho lanzando el cuchillo, fracasar como cetrero y montear mucho con express, no he hecho ascos a las innovaciones técnicas, sino más bien las he apoyado y soy un apasionado consumidor de una variada electrónica, incluso la asociada a la práctica de la caza, y me declaro un comprador compulsivo de gadgets, en general.
No creo que haya habido un cambio más importante en el mundo de la caza que el producido por la fácil automoción. El dicho de que la caza natural la mató el 600 es una gran verdad con matices, porque ahora hemos visto un resurgir impresionante de las especies cinegéticas en abierto por el abandono del campo.
Los térmicos no van a acabar con la caza. Los que quizás sí acaben con ella, y con nuestra paciencia, sean los inútiles, cuasi analfabetos y legos en cualquier materia que nos legislan en todas las disciplinas, y en la caza en particular.
Dejen de una vez por todas la boba práctica de prohibir una cosa en Santander, bajo pena de prisión inmediata, y aceptarla en Burgos o en Asturias.
¡Ah!, por cierto, a ver cuándo permiten los silenciadores, chupetes o moderadores de sonido; ya sólo quedamos nosotros y los rumanos en la Unión Europea. Sólo dos, pero seguro que, en breve, Rumanía deja solo y tirado al muy progresista.
Estado al sur de los Pirineos e Islas, antes España.
Texto: José García Escorial