¿Quién dijo que cazar es matar? por Ramón Menéndez Pidal

Entre el monte y el alma del cazador

 

Ya amarillean los taludes, las praderas, los rabanillos lo visten todo de oro, la hierba despunta verde y los almendros vuelven a florecer de blanco y miel… Huele a primavera, la temporada toca a su fin. 

El cazador siente nostalgia por la temporada que concluye, pero siente esperanza por lo que imparablemente vendrá, por un nuevo amanecer primaveral para ir tras el pequeño cérvido que tantos desvelos genera, por la espera en una noche bañada por la luna y cantada por grillos y ruiseñores… tonadilleros del dulce ensueño que es vivir.

Ahora caza con la vista, con el oído, con el olfato y con el gusto de saberse formar parte de un espacio en que todos los sentidos transmiten una felicidad que jamás podrá olvidar. Todo eso no pasa desapercibido a los ojos del cazador que lleva lustros aprendiendo en la escuela del monte que se rige por leyes justas, leyes imperturbables, repletas de sentido común.

Mientras camina con el cayado en la mano levanta la vista agradeciendo al supremo arquitecto por la brillante gesta de la creación. Un mar de nubes que lo envuelven todo en un halo misteriosamente silencioso, entonces oye por vez primera a la abubilla que ha retornado de sus pagos africanos. Hermoso gallo que engalana al monte de primavera.

El atardecer se va abriendo camino para alcanzar la noche, escucha el inconfundible canto del autillo, cazador de noches y de sueños, y no le envidia, sólo goza con imaginarle cayendo silencioso sobre su presa…

¿Quién dijo que cazar es matar?

 

Texto de Ramón Menéndez Pidal