La montería de la Hoya de las Temederas es de las más sonadas de la zona. Es un monte apretao, casi todo umbría, donde acuden los guarros ya a final de temporada cuando empieza a calentar y el sol, y los encames debajo de charrabascas y lentiscos lo mismo sirven para dar cobijo caliente de noche que sombra y fresco durante el día.
Es una montería bonita de lo menos cincuenta puestos que suele dar treinta o cuarenta guarros cada año, donde casi siempre se festejan trofeos medallables. No es montería de corbata y alfiler de oro en el sombrero. Y mucho menos de monteritos de El Corte Inglés que acuden a las manchas con zapato castellano y calcetín de cuadros hasta la rodilla. Es una montería de pueblo, exigente en cuanto a la llegada a las posturas, con mucha verea y poco camino. Donde, menos dos puestos de la propiedad, que están cerca del cortijo, hay que ponerla toda a pie. Las vereas son las que hace la propia fauna, porque ganado hace años que no entra. Las ovejas no la quieren y las cabras, que son las que mantenían a raya el monte, ya nadie las cría por aquí, porque, como dice Manolín, el de la Anita, sale más caro el collar que el perro. Según él, las cabras paren los chotos con el recibo de hacienda grapao en la oreja.
Manolín ya pasó de los cincuenta, pero sigue siendo Manolín, porque si fuera Manolo lo confundirían con cualquier otro y, ya Manuel, ni te cuento. Aquí se llamó Manuel un abuelo del que fuera el señorito de la finca. Por eso hay tantos Manolos por la zona, porque el señorito de entonces le daba un duro al padre de la criatura si le llamaban como a él. Y hasta cuentan que cuando iban al registro al cabo de un año o dos para dar de alta al chiquillo, si le pillaba por el pueblo invitaba a unos chinchones y llamaba al cura para cristianar al crío por su cuenta.
Entonces la finca tenía más venaos porque estaba más limpia de forraje y don Manuel invitaba a sus amigos a cazar ‘de gratis’ en Las Temederas. Cada uno arrimaba unas botellas y don Jacinto, el de Córdoba, se traía un ama para hacer las migas, que era manchega y las guisaba como nadie. Ese día, en el cortijo, era como el día del Pilar para los Civiles, fiesta grande. Se repartían migas para todo el mundo: un huevo frito, dos pimientos, un par de rábanos, una sardina arenque y un plataco de migas, en esos platos decoraos de la Cartuja que tenía la señora y que cabían migas para tres.
Ahora siempre salta algún venadete, refugiado de fincas colindantes con más dehesa, pero en el plantel final son testimoniales.

Aquí, en Las Temederas, empezó María a rozarse con las reses y los perros en el monte.
Don Rafael, el segundo de don Manuel, conoció a Bartolo en una montería de postín donde siempre lo llamaban por la fama de sus perros y porque Bernardo, el mayoral –que fue su suegro–, apretaba por donde podía para que nunca le faltara una mancha que cazar donde cobrar buenos duros entre sueldos y propinas.
Cuando se iba a cazar la finca, doña Cayetana le decía a su hijo que no se olvidara de decirle a Bartolo que se subiera a la niña a pasar el día en el cortijo. La señora sólo había tenido varones y le encantaba pasar unas horas con aquella chiquilla morena de ojos claros, naricilla respingona y cuerpo como un látigo, que desde que llegaba al cortijo no paraba de preguntar cosas y de contar ‘hazañas’ que a la dueña de la casa le hacían reír a carcajadas.
A María le gustaban todos los animales, pero especialmente el Careto, un mastín extremeño que tenía todo el pelo blanco excepto la mitad de la cara que era de color naranja. El perro tenía fama de ser arisco y poco amigo de desconocidos, pero con María tenía devoción. Cuando la dueña de la casa paseaba con la chiquilla de la mano no se separaba de ellas como si se sintiera con la obligación de cuidarlas. La niña lo abrazaba y hasta se quedaba dormida usando su lomo como almohada en el porche de la casa principal, cuando ya estaba harta de jugar y de reír con las cosquillas y las bromas de doña Cayetana, mientras escuchaban los disparos lejanos y esperaban que volvieran los cazadores.
Fue pasando el tiempo y un año, el día de la montería, María se presentó con unos zahones nuevos que Cayetana (el doña se perdió con los años y el roce), le había mandado con su hijo. Se abrazaron en el porche de la casa grande y la chiquilla, que apenas contaba doce años, le dijo después de dejarse comer a besos: «Cayetana, hoy los estreno y me voy con los perros… ¡¡¡Te quieroooo!!!!». Apenas se había retirado veinte metros y se volvió gritando: «¡¡¡Me llevo al Careto!!!». Y los dos trotaron a reunirse con Bartolo, que los esperaba en la suelta a cien metros del cortijo.
Autor: Carlos Enrique López Martínez

