Matar un elefante

Argumentan que los elefantes tienen emociones y son empáticos, y hay que prohibir su caza por una razón ética. Probablemente, es cierto, pero es perfectamente aplicable también a las ratas, ¿las dejamos que campen a sus anchas por Europa?

Hace unos días me invitaron a participar en un debate radiofónico (grabado) sobre caza y conservación. Pensé que podía ser un debate instructivo e interesante, pero me esperaban dos señoras de unos cincuenta años que se autodenominaban “animalistas” y que consiguieron convertir aquello en una experiencia inenarrable. Cuando el moderador las presentó, desgranando su escasísimo currículum, hizo mención a que eran “naturalistas”. Nunca he comprendido muy bien cómo se puede poner en tu CV que eres “naturalista”. Que yo sepa, no existen una formación oficial para ser esa cosa. Puedes ser biólogo, ecólogo, perito, tornero fresador, ingeniero…, incluso, abogado, pero todos los que vamos al campo más que a menudo también podríamos autodenominarnos como naturalistas y quedaríamos la mar de bien. El trabajar en una ONG contra algo no te da derecho a considerarte ilustrado en la materia. Por esa regla de tres, yo podría decir que soy “experto en educación” porque colaboro todos los años con una asociación paraguaya que intenta sacar de la pobreza a chavales sin recursos.

El caso es que no llevábamos ni dos minutos de charla cuando una de ellas me espetó: «Usted escribe en una revista de caza, aunque también trabaje en conservación. Así que, si es cazador, sería capaz de matar un elefante. Hay que ser un asesino para matar un elefante. No quiero seguir manteniendo esta conversación con un asesino». Tras esa curiosa concatenación de argumentos, se levantó y se largó.

No iba preparado para aquello y, en vez de intentar de manera educada reconducir la situación, di por terminado el debate (?) y me puse a disposición del programa para participar en otra ocasión, siempre que no fueran, claro, aquellas dos individuas.

En el coche, de camino a casa, y ya un poco más relajado, me puse a pensar en lo que había ocurrido. ¿Cómo es posible que alguien a quien no conoces de nada sea capaz de ser tan agresiva y tan beligerante por pensar de una manera diferente? ¿Qué le ocurre a esta sociedad que quiere todo pintado en blanco y negro, cuando la mayoría de las cosas son grises en toda su gama? ¿Serán las redes sociales? ¿Serán los nuevos partidos políticos que basan su existencia en enfrentar a la gente?

Lo de estas señoras no venía a cuento (no cazo elefantes, ni los cazaría, he contado aquí alguna vez que trabajé con ellos en el Safari de Félix, además de con lobos y otros animales, y tengo una sensibilidad especial con estas especies). Hay que reconocer, eso sí, que hay un debate social sobre este tipo de venatoria. Yo creo que la caza es un elemento más de su gestión en África, aunque no lo practique. Hay otros muchos que opinan exactamente lo contrario. He escuchado ya varias veces que al Rey Emérito le hizo mucho más daño su cacería en Botsuana que sus amantes de todo pelaje y sus millonarios ingresos indebidos. Hay claramente un cambio de percepción social sobre la caza de grandes mamíferos y en el futuro pueden cambiar muchas cosas.

Como siempre, pretendo aquí exponer algunos datos objetivos que ofrezcan una visión más clara sin caer en sentimentalismos u opciones personales. ¿Fomenta la caza de elefantes su conservación? Veamos algunos datos.

En África hay un total de 54 países. De esos 54, un cuarenta por ciento, 22, tienen poblaciones de elefantes, y se estima que la población total de elefantes africanos está entre 400.000 y 500.000 ejemplares. Al menos se cazan unos 30.000 al año de manera furtiva para abastecer el tráfico de colmillos, aunque la caza ilegal se ha reducido tras la prohibición por el convenio CITES de la venta de marfil en todo el mundo. La decena de países que conservan una población más saludable de esta especie, exceptuando Kenia, son aquellos que gestionan con mayor o menor acierto sus poblaciones, incluyendo la caza como parte de esa gestión: Sudáfrica, Tanzania, Zambia… Algunos como Zimbabue permiten la caza, pero los beneficios de esta no llegan a las poblaciones locales y se lo quedan todo los corruptos funcionarios que prosperaron a la sombra del difunto dictador Mugabe.

Pero otros, como Botsuana, que tiene la mayor población de elefantes del mundo, consiguieron que los beneficios de la caza se repartieran entre los que “padecen” sus poblaciones, y, aunque en 2014 se prohibió su caza comercial, en 2019 se ha vuelto a permitir. Como decía uno de los diputados de su congreso, «no podemos dejar de cazarlos mientras que no existan alternativas para los pobladores humanos de esas zonas; es muy fácil para un europeo sentado en su despacho decidir si los cazamos o no, lo que tienen que hacer es venir aquí para conocer lo que pasa en realidad. Con los problemas que crean estos gigantes con trompa, mejor que pague un extranjero por controlarlos (matarlos) a que lo haga un local con un sueldo abonado con los impuestos de todos los botsuanos».

Estudiar un poquito más lo que pasa en Botsuana nos puede acercar un poco a la realidad del problema. En 2014, el presidente Khama estableció la veda total de elefantes. Había en aquellos días entre 150.000 y 250.000 loxodontas, según el interés de la fuente en que hubiese más o menos ejemplares. En 2019, su sucesor, Masisi, después de escuchar la opinión de todos los interesados, decidió que se pudieran volver a cazar de manera muy controlada, y que había que disminuir su población. «Un solo elefante puede destruir en una noche una plantación que es fruto del trabajo de una familia durante todo un año. Eso, ¿quién lo paga?».

Los contrarios a su caza argumentan que los elefantes tienen emociones y son empáticos, y hay que prohibirla por una razón ética. Probablemente, esto es cierto, pero es perfectamente aplicable también a las ratas, ¿las dejamos que campen a sus anchas por Europa? También argumentan que puede perjudicar al turismo de lujo, segunda fuente de ingresos en Botsuana después de los diamantes.

Por el contrario, los favorables a su caza esgrimen que los casi 30.000 ejemplares que vagan sin control por las áreas no protegidas del país causan grandes daños en la agricultura, la ganadería e, incluso, el propio medio ambiente, destrozando cultivos y zonas protegidas. Y, lo que es peor, matan a una media de casi 20 personas al año. ¿Se imaginan ustedes que los lobos en España se comieran a una veintena de niños anualmente?

Al final, Botsuana va a cazar elefantes para protegerlos. Y tienen razones objetivas, no sentimentales, para ello. Yo no voy a matar jamás a un elefante, pero alguien, de una u otra forma, tendrá antes o después que disparar. Mejor que lo haga un cazador que disfruta con ello y que paga (muy bien) por hacerlo.

Fernando Feás Costilla |  Abogado ambiental

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