Época de vedas, tiempo de recuerdos

Ha llegado la época de vedas en el ámbito de la caza, una pausa en la cara más visible de la actividad cinegética, porque en la otra, la conservación, no caben pausas, su ejercicio debe ser permanente, tener continuidad y realizarse en todo momento con el mayor rigor posible, siempre ojo avizor. Es el periodo de vedas en la caza el más álgido de la conservación de las especies salvajes, el que mejor garantiza de manera directa y en mayor medida la reproducción de aquellas especies, su necesidad para la continuidad de la cinegética en sus diversas modalidades es incuestionable; y ello requiere de un plus de entrega para su buena gestión.

Caza y conservación son dos términos que, en principio, a bote pronto, parecen antagónicos y hasta hostiles entre sí, pero nada más lejos de la realidad; precisamente, como se acaba de decir, la pausa en la caza es una acción de conservación de especial relevancia. Caza y conservación son las dos caras inseparables de la actividad cinegética, de ahí que sus respectivos cometidos deban converger en todo momento para lograr resultados eficaces y, a la vez, eficientes.

Todos los que en situaciones de ocio hemos disfrutado de felices momentos practicando la caza, sabemos que la época de vedas produce en nuestro ánimo apagones de mayor o menor duración, pero también sabemos que es un periodo transitorio imprescindible para garantizar su ejercicio y, por ende, el entusiasmo que proporciona. De ahí que debamos contemplar tal época sin alarmismo, más bien como fuente generadora de nuevas e ilusionantes expectativas, que, sin duda, compensarán las momentáneas carencias y fugaces desánimos que de aquella pudieran derivarse. Y si esta contrariedad se produce, tenemos a nuestro alcance recursos variopintos e idóneos para eliminar con eficacia tales efectos y, entre ellos, los recuerdos de felices vivencias de pasadas campañas ocupan lugar destacado. No olvidemos que alguien urdió esta acertada frase: «Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces».

Por fortuna, en nuestra mente permanecen alojados muchos recuerdos de inolvidables momentos de la actividad cinegética. Son recuerdos que constituyen auténticos posos de la vida y siguen latiendo con la esperanza de que llegue la ocasión de volver a la luz, de volver a ser vida, y qué mejor ocasión que la pausa de las vedas. A todos nos consta que, con el auxilio de la memoria, unas veces de forma sobrevenida y otras de manera voluntaria, pueden aflorar aquellos recuerdos.

Yo, a tal fin, acabo de bucear en mi mente y he logrado capturar una experiencia singular de un antaño entrañable, un recuerdo que me hace feliz. Podría transmitirlo en prosa, pero mi sentimiento aconseja hacerlo en verso, es mucha cosa. Polka es su protagonista:

La ilusión es un sueño, una esperanza
y también un engaño, una ficción,
un delirio y una alucinación;
y, a veces, la fuente de una añoranza.

Polka fue ilusión con nombre de danza,
hoy grato recuerdo de una afición
que sigue viva en la imaginación.
¡Qué buena lebrel, qué gozo su crianza!

Polka corría, saltaba, danzaba,
era un musical lleno de alegría;
y con las liebres jugaba, bailaba.

Poco tiempo duró aquella alegría,
una noche sin luna nos dejaba.
¡Qué noche de verano tan sombría!

 

 

Daniel Vicente Rico.

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