Cruzo los Ancares leoneses y lucenses con dirección a Lugo en mi vehículo bajo un diluvio universal, con fortísimas rachas de viento. Las autoridades han desaconsejado los desplazamientos en este fin de semana de esta revueltísima primavera.
Los embalses están llenos, todos soltando, los ríos se salen de sus cauces por aquí y por allá y, a pesar de toda esta barbaridad de bendita agua, algún agorero dirá (desgracias aparte) que no es el momento, que mal, que el cambio climático y que patatín patatán…, pero la verdad es que da gloria ver el monte, verde como nunca, vivo como nunca. El agua es vida y los cazadores lo sabemos más que bien.
Pienso en esto mientras guío (como decía la abuela de mi mujer cuando yo era joven: «¡Este chico guía bien!») tomando precauciones, porque realmente el horno no está para bollos, pero el buen número de kilómetros que uno lleva a sus espaldas, muchos de ellos debidos a la caza, conduciendo en circunstancias adversas, me reportan cierta tranquilidad y, al final del trayecto, llegando a Vilalba, el empeño me corrobora aquello de que «la caza se suspende en el campo», máxima a la que me ha gustado acogerme en lo que estas cuestiones se refiere y en otras circunstancias de la vida.
El destino nos recibe con nubes y claros, con fina e intermitente lluvia y con el sol colándose por los espacios que van dejando las nubes apaciguando nuestras inquietudes.
Cuando pasaba los Ancares no pude dejar de mirar las aldeas y villas que quedaban al margen del camino, y las luces de las casas que podía observar allí arriba, en la montaña, donde gentes de bien habitan todo el año, soportando estoicamente las inclemencias de una tierra bella, pero muy dura.
Y no podía dejar de pensar con qué derecho un tipo de ciudad que jamás se ha embarrado los zapatos, jamás se ha ensuciado las manos (más de lo necesario), que nunca ha tenido que cortar leña para calentarse, que nunca ha velado por una punta de ganado allí arriba, que nunca ha convivido con el lobo… podía teledirigir, desde su cómodo despacho, y sin consultar con su parecer, el destino de aquellas personas.
Qué desatino más grande el de gobernar sin conocer y sin atender los requerimientos, pareceres y consejos de aquellos que saben más que nadie del tema, porque la vida les va en ello.
Me gustaría ver en una tormenta como esa a un director general, de lo que sea, pongamos de medio ambiente o bienestar animal, reuniendo a una vacada para no dejarla a su suerte, con los lobos merodeando por la zona. ¿Podría hacerlo? ¿Se daría la vuelta? ¿Ni siquiera lo intentaría…? Preguntas todas ellas de, probablemente, fácil respuesta.
En nuestra vida como cazadores hemos tenido la fortuna de conocer a muchos de esos que se baten el cobre a diario en nuestras sierras y montes para que otros comamos y/o disfrutemos de lo lindo los fines de semana, de las más variadas formas para, finalmente, volvernos a nuestros cómodos hogares cargados de fotos y recuerdos.
Por ello, no podemos olvidarnos de esas magníficas personas y de su esfuerzo, y debemos intentar que muchos otros, que ni siquiera irán nunca a tales zonas, no los ninguneen o, en el mejor de los casos, los rehúyan.
Son muchos, guardas, pastores, labriegos, guías de caza, gente de campo, los que trabajan duro para que otros, simplemente, disfrutemos cuando nos desplacemos a los lugares que habitan con el motivo que sea.
Se merecen toda nuestra consideración, respeto y admiración Los cazadores más que ningún otro colectivo debemos ensalzar su condición y creo que vamos por el buen camino.
En los últimos documentales que he podido ver en canales de caza, la gran mayoría de los cazadores, satisfechos con su jornada, aunque no hayan conseguido el objetivo prefijado, alaban la labor de sus guías y guardas, agradeciéndoles su trabajo y dedicación; muchos diciendo que volverían al lugar sólo por compartir jornada con la gente que los ha acompañado.
La caza indudablemente estrecha lazos y en muchos, muchos casos no podría darse sin los desvelos previos de toda esa maravillosa gente que, viviendo en los pueblos más recónditos de nuestra geografía, y de otras partes del orbe, se desviven por cuidar y mantener el orden natural de las cosas.
Ojalá los que manejan los hilos tuviesen los ojos bien abiertos para darse cuenta y los oídos prestos a escuchar sus necesidades y consejos.
El factor humano, incluso en la naturaleza, pesa mucho. Demasiado como para dejarlo de lado por endebles prejuicios. Desde estas líneas, gracias a todos ellos.
Texto: Ramón Menéndez Pidal

