El alma de la montería

Eran aquellos perros los que daban sonido al campo. Era el helado viento el que coloreaba su rostro.

Era aquel cazador el que aguardaba paciente un golpe de suerte. Entonces tuvo lugar el gran momento, el ansiado macareno hizo su entrada.

En ese instante, un eco recorrió toda la mancha. Fue al afortunado cazador a quien se le apareció la magnífica pieza. Agonizaban los perros confirmando el lance de su vida. Al acabar el día había cobrado aquel anhelado jabalí. El campo sonó a silencio.

Un lance inolvidable

Fría mañana en la sierra de Guadarrama, 28 de enero de 2023. Una gran montería nos aguardaba en El Espinar, un pueblo de Segovia. El tiempo no acompañaba. Era una fría mañana de invierno. Máximas de tres grados y una sensación térmica de menos dos grados. El viento trataba de despegarnos del suelo. Mi puesto, el tres de la Horca, situado en la traviesa de la mancha, presentaba indicios de jabalí. Pasos tocados y olor a cochino.

Perros libres, eran las once y media de la mañana. Nada más situarme en el puesto, ni cinco minutos, tronaron los primeros disparos. ¡El día prometía!

A la hora ya entró el primer jabalí. Silencioso, zorreando, sordo. Grande y solitario. Pensé que era un marranazo. No podía escapar. Se asomó entre unos matorrales sin intuir a nadie, pero, al verme, se quedó quieto, sin saber muy bien qué hacer.

Dos certeros disparos y quedó abatido cerca de la charca. Me engañó, en vez de ser un gran macho, se tornó en hembra vieja de camino a la charca. No obstante, el tiempo no podrá borrar de mi mente el primer jabalí que cacé ni lo que sentí ese día…

Escrito por F.B.

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