Cómo elegir una escopeta de caza que encaje contigo

Joaquín de Lapatza reflexiona sobre la relación entre tirador y escopeta, la importancia del encare y el valor de encontrar un arma que permita disparar con intuición y confianza.

 

Soy un apasionado de las armas de caza y tiro, lo confieso. Muchas veces me he planteado mi preferencia entre rifle o escopeta, sin tener en cuenta el uso final de la misma. Y mi conclusión es que tengo una ligera preferencia sobre la escopeta.

No es una cuestión de belleza o de uso, necesariamente. Algo tiene la escopeta que me atrae y, probablemente, es por el proceso que conlleva «hacerse con ella», la unión casi irracional que se produce entre hombre y máquina, y que pasa con unas y no con otras.

Si lo miramos románticamente, pero con un trasfondo de «ciencia», la realidad es que la arquitectura de una escopeta, por muy estandarizada que sea su fabricación, se basa en una cierta variabilidad a la hora de «encajarse» con el tirador, ya que no se trata de un tipo de disparo de precisión milimétrica.

Todo lo contrario, se trata de una fusión entre tirador y escopeta para permitir a este último un disparo intuitivo. Y, a la vez, las armas fabricadas industrialmente están pensadas para valer para todos desde la caja: altos, bajos, fuertes, escuchimizados, de cuello largo y de cuello corto, etc., casi un imposible.

Optimizar las posibilidades de acierto

 

De hecho, el origen de la escopeta se basa en permitir disparos a objetivos en movimiento buscando, no sólo el aprovechamiento del animal abatido, sino maximizar las posibilidades de acierto ante un lance complicado, rápido y casi siempre sorpresivo. Pero, para maximizar dichas posibilidades de acierto, es necesario una consistencia entre punto de apunte y acierto en el disparo.

Quizás mejor tratar de explicarlo con un ejemplo: ante un objetivo de la dimensión aproximada a la de una lata de refresco, a una distancia de 25 metros, yo definiría la precisión en una serie de 5 disparos de escopeta a que la nube de perdigones tuviera en su zona central el objetivo del disparo.

Y, para verificar esta consistencia, nada mejor que probar muchas veces, pero no «apuntando» durante largos segundos como haríamos con un rifle, no, sino encarando y disparando en una secuencia rápida, lo más parecida a un lance de caza menor.

Y es por esto que podemos buscar la escopeta en internet o revistas que más nos atraiga estéticamente, que, al encararla, inmediatamente sabremos si es la adecuada o si solamente «nos va bien». Y es que, probando muchas, uno se da cuenta que hay algunas que sí y otras que no, pero hay una, solo una, que es un encaje perfecto.

Escoger ‘tu’ escopeta

Recuerdo perfectamente el día que fui a comprar mi primera escopeta. Me enseñaron muchas, algunas bonitas y otras preciosas. Desde modernas semiautomáticas a preciosas paralelas pasando por alguna superpuesta imponente. Y tuve la suerte de dar con un buen armero que valoraba el inicio de una larga relación por encima de la venta de ese día y no me quiso empujar una por otra.

Y es que, cuando lo recuerdo, me viene a la mente esa secuencia de la película de Indiana Jones y la última cruzada a la hora de elegir entre centenares de cálices lujosos para, finalmente, elegir como Santo Grial a la copa de un humilde carpintero que se escondía tímidamente entre el relumbrón de otras. Pues igual fue mi encuentro con ella, con mi primera escopeta.

Y resultó ser una humilde, pero honrada, Laurona de manufactura eibarresa, de maderas bonitas y pavón inmaculado. Equilibrada, ligera, compacta. Con un cierre preciso, pero nada solemne. Tras dudarlo mucho entre otras mucho más «lustrosas», mi Laurona y yo emprendimos el camino juntos. Y hoy, décadas después, sigue en mi posesión y nunca me desharé de ella. No es una cuestión de amores, es una cuestión de encajes. Y es que, cuando me la llevo a la cara, da igual lo que esté tirando, sé que las posibilidades de acierto son altas.

He ayudado a muchos amigos a elegir su primera escopeta o he tirado con otros tantos con sus armas regaladas o heredadas de sus padres, abuelos, etc. Y muchas veces no hay ese encaje entre tirador y escopeta, por mucho sentimiento que la rodee.

 

 

Y no es una buena noticia que darle a un amigo, pero, por ser amigo, hay que ser sincero. Yo mismo tengo dos escopetas con gran sentimiento, una de mi abuelo y otra de mi padre, y tampoco me desharé de ellas. Por más que quiera el encaje no es perfecto a pesar de que algún armero me haya ayudado a que nos encontremos mejor el uno con el otro.

El tirador puede tratar de acostumbrarse y adaptarse a la escopeta o puede «tocar culatas» y conseguir buenos resultados, pero el encaje perfecto, aunque raro, existe. Para encontrar el encaje perfecto existen dos caminos: gastarse una herencia e ir a una marca o armero especialista y que nos fabriquen la escopeta a medida, o armarse de paciencia e ir de armería en armería encarando una tras otra hasta que demos con ella. La suerte es que, a diferencia de otras cosas en la vida, no sólo hay una perfecta para cada tirador.

En mi caso, la Laurona fue la primera, pero no la única.

Texto: Joaquín de Lapatza