Veamos si ha cambiado la caza con el paso de los años

La caza de antaño, los recuerdos de infancia y las emociones que permanecen con el paso de los años.


No sé por dónde empezar. Porque para mí, hablar de caza y de emociones es lo mismo.

Desde muy jóven he vivido la caza en mis primeros inicios por edad, como morralero y acompañante de mi padre y con el transcurso del tiempo, muchos años de cazador.

Nunca he olvidado aquellas noches, que después de la cena, comenzaba el ritual de preparar los bártulos imprescindibles y necesarios para ir de caza el día siguiente.

Sobre la mesa de la cocina convertida en banco de operaciones, se abrían los paquetes que contenían; pólvora, perdigones, tacos, fulminantes y vainas de cartuchos en cartón con culatín corto calibre 16. Todos productos nuevos, que mi padre había comprado a granel en la ferretería del pueblo y como detalle de atención al cliente, se los entregaban envueltos en papel de periódico.

La situación económica era tan apretada, que no siempre daba para disponer de cartuchos embalados en cajas por el fabricante.  A veces era necesario recurrir como medio de ahorro, a recargar las vainas que se podían recuperar, de los cartuchos disparados en otros días anteriores cazando o a recargar las vainas nuevas, por el procedimiento artesanal.

No pasaban desapercibidos para los perros de la caza, los preparativos de escopetas y cartuchos en el interior de la vivienda. Estos que durante el día lo pasaban merodeando por el amplio patio de la casa o corral, como se decía en el pueblo. Llegada la noche, dormían en cualquier rincón de los amplios portalones, enroscados sobre sí mismos como forma de protegerse del frio.

      cazador en revista trofeo

Sus instintos innatos para la caza, llevaba a los perros en la madrugada y con la llegada de la luz del amanecer. Actuar como despertadores, pasando las uñas de sus patas rozando la puerta de acceso a la vivienda o aporreándola a base de golpes con el rabo.

Señal inequívoca de que la jornada de caza en el monte les esperaba y prueba de ello, las ladras y saltos de alegría con la que recibían al primero que abría la puerta de la vivienda.

En esa época, la falta de medios de transporte mecánicos para desplazarse a las zonas a cazar, a veces distanciadas del lugar de residencia, suponían largas caminatas andando hasta llegar al cazadero. La distancia y no disponer de los medios apropiados a las necesidades, era un condicionante para que las jornadas de caza se prolongasen durante todo el día.

Esta circunstancia requería equiparse de un amplio morral, donde se pudiese llevar la comida, previsión de agua y la bota llena de vino que nunca faltaba como herramienta auxiliar, en un día de caza y como es de suponer los cartuchos y la escopeta.

Las viandas para un día de campo en aquellos tiempos estaban limitadas, a las que se obtenían de la matanza de los propios cerdos criados en la casa. Los torreznos de tocino, los chorizos y el jamón con cierta moderación, curados ambos en su estado natural y algún trozo de queso elaborado con leche de las propias ovejas.

cartuchos en revista trofeo caza

Deduzco que el reducido espacio disponible en el morral y para aligerar peso o quizá más bien, la manera de aprovechar al máximo los jugos o grasas desprendidos de las viandas. Fuese a veces, la causa de sustituir la fiambrera de aluminio, por media hogaza de pan, a la que se la extraía gran parte de la miga, quedando un hueco en el que se alojaban los torreznos, los chorizos y a veces los huevos fritos, una lámina de la miga de la extraída hacía de tapadera.

Por la experiencia vivida entonces, me lleva a pensar, que la práctica de la caza estaba soportada en la mayoría de los casos, en la afición y en el divertimento de los que la practicaban y en otros, los menos. En la necesidad que conseguir recursos alimenticios a través de los animales cazados.

Esto es un razonamiento extraído de algunos comentarios de cazadores, que dentro de las posibilidades de espontaneidad que daba la caza. Seleccionaban por tamaños las piezas a batir antes de disparar, tales como los conejos o liebres. Las especies de pluma, como la perdiz, la paloma o similares en tamaño, quedaban descartadas por principio al no cumplir con la aportación de carne necesaria, para compensar el gasto previsible de los cartuchos disparados en su captura.

También he tenido la ocasión de vivir la caza, cuando aún no tenía los suficientes años para poseer armas y ejercer de cazador con plenos derechos. Como un día especial pasado en el monte junto a mi padre y amigos, donde las bromas y las anécdotas, era parte integrante de la distracción. Mientras qué a la hora de la comida y alrededor de una hoguera, hacíamos tiempo para asar los chorizos.

Nunca he entendido por qué la práctica de la caza siempre ha sido considerada como un valor en alza. Quizá sería y más entonces, porque dotarse de escopeta, cartuchos y permisos, no siempre ha estado al alcance de todas las economías y con gran diferencia en aquella época.

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Si avanzamos años en la práctica de la caza, hasta situarla bajo el amparo de leyes y reglamentos actuales de obligado cumplimiento. Su aplicación práctica, parece insuficiente o es incompleta como medio de preservar la fauna silvestre y de proteger a los cazadores.

Se puede comprobar que las estrictas normativas en la actualidad, con sus deficiencias o lagunas, están siendo herramientas aprovechadas para el engaño y enriquecimiento de algunos propietarios o gestores de terrenos acotados. Por lo que cobran importantes cantidades de dinero por cazar, donde no hay caza y que suplen la escasez de población silvestre, con la suelta de animales o aves creados en cautividad procedentes de granjas.

Con gran nostalgia para los que lo hemos vivido, hay que decir. Que en nada se parece la caza que se practica hoy en la mayoría de los cotos caza menor, con aquella que se practicaba en otra época. Donde en el campo no se ponían límites o rayas, entre municipios o provincias, ni había tablillas que limitasen espacios.

Había una cosa aún más importante que hoy casi se ha perdido, la espontaneidad y la sorpresa que aportaba la abundancia de especies de la fauna silvestre, componente fundamental de las emociones en un día de caza.

Autor: Demetrio Gordo