Mi padre me llevó por primera vez a cazar al ojeo con once años, acompañándole en el puesto hasta los 14 años que empecé a tirar, porque era la tradición familiar. Hasta ese momento no había disparado, teniéndole miedo al retroceso. Al séptimo tiro maté una perdiz, que tengo disecada en casa, y al octavo, una liebre.
En la temporada siguiente sorprendí, incluso a mi padre, de cómo ya tiraba y me comentó: «El que a los cien tiros no mata caza, o a los cien kilómetros no tiene manos para conducir, nunca cazará bien o conducirá bien». Y, también, añadió: «Si llego a saber que ya tirabas así de bien, te hubiera sacado una acción en el coto».
Desde entonces han pasado 54 años, he probado varias modalidades de caza: perdiz a mano, zorzal (principalmente, en Jaén), descaste, paloma/tórtola en verano, y 20 años consecutivos yendo a cazar a Argentina paloma, pato, ganso… Pero para mí no hay nada como el ojeo de perdiz
Al llegar al puesto, lo primero es cargar; acto seguido comprobar que la superficie del suelo donde vamos a disparar es más o menos regular, no hay piedras o cualquier cosa que te impida tener buena estabilidad. El puesto no debe ser demasiado alto, para que no te impida el tiro cruzado, ni demasiado bajo, porque te obligará a estar agachado.
Es muy importante saber dónde están tus vecinos. Hay que estar siempre preparado para oír las voces de los ojeadores o ver urracas en el horizonte, pues, tras ellas, siempre van las perdices. Hay que tener claro, juzgando la pieza, cuál es tu zona ideal para abatirla. Si me entraran varias perdices juntas (barra), a partir de cierta distancia hay que elegir una, como si viniera sola.
A continuación, analizaremos cuál es la siguiente pieza. Hay que tener en cuenta que una perdiz vuela más o menos a 20 metros por segundo, con lo cual es un factor a tener en cuenta porque, según distancia o viento de cola, aumentará la distancia a la que tienes que avanzar el tiro. Los ingleses dicen: «Más vale una yarda delante que una pulgada detrás». El juzgar distancia y velocidad (balística), te lo da la experiencia.
En el momento que los ojeadores están próximos suelen avisarlo con una corneta o silbato, que indica que ha concluido el ojeo y ya no se puede disparar. Lo primero, en cuanto suena el silbato, es descargar el arma y, acto seguido, si hay secretarios, serán ellos los que irán a recoger las piezas.
Empecé a tirar a ojeo con choque de tres estrellas, pero un orgánico con experiencia (Zandio) me recomendó tirar con cuatro o cinco estrellas, lo probé y hasta hoy.
De joven, a la per7diz autóctona –de la que ya casi no queda– solíamos tirarle en octubre con plomo del ocho; en noviembre y diciembre, del siete; y, en enero, sobre todo si era de montaña, del seis, y 30/32 g eran suficientes.
Ahora, desde que tiro con cilíndrico, uso 36 g, que son más efectivos a partir de media distancia, porque rellena mejor el espacio y, además, al tirar con cilíndrico no estropeas la pieza próxima.
Es muy importante correr bien la mano izquierda porque un perdigón en cuello o cabeza derriba la pieza, pero en la pechuga –que es un músculo fuerte– puede darle unos segundos de vida, los justos para no cobrarla.
Uno de los momentos agradables del día de caza es el taco que se hace en el campo si el tiempo lo permite y puedes confraternizar con los compañeros de caza.
Una de las ventajas de la caza es que te saca de la rutina y los problemas cotidianos, haciéndote pasar momentos de adrenalina positiva y, por otro lado, tranquilidad y confort. Yo tengo la suerte de tener un gran compañero de caza, mi hermano-amigo Pepe, de Aldea Hermosa (Jaén), con el que formo un gran equipo, que es muy importante para el éxito de la jornada.
Tengo tres hijos que me han acompañado de pequeños y los tres han disparado al ojeo (muy bien, por cierto), y hoy en día sólo me acompaña, de vez en cuando, mi hija mayor, Miriam, que tira casi mejor que yo.
Texto: Fernando Galán Puchades
Fotos: Juan José Tebar

