La caza del pavo salvaje, una pasión norteamericana

Son varias las modalidades que se practican en este país para dar caza al “barón de bronce”, como se le conoce vulgarmente en Estados Unidos. Y todas ellas tienen su encanto: al salto, a la espera en dormideros, con cimbeles… Eso sí, le adelantamos que este desafío venatorio es tan fascinante como frustrante. Quizás sea parte de su magia.

Llevo cuatro años persiguiendo a esta enorme y astuta ave tan simbólica de la colonización y del nacimiento de este país, ahora, en definitiva, me incluyo entre los 2,5 millones de cazadores que se lanzan al monte cada año en pos de las varias subespecies de este pájaro. Y si se agrega a esta cifra el hecho de que cada escopeta desembolse un promedio de 600 dólares con la esperanza de cobrar un pavo, el lector español puede hacerse una idea no sólo de la afición que originan las múltiples maneras y oportunidades de cazarlos, sino de su importancia económica para los muchos estados de la Unión en cuyos bosques y campos se ha afincado. En lo que sigue intentaré sintetizar cómo un ave que estaba en peligro de extinción ha llegado a apasionar al venador norteamericano.

HISTORIA, CONSERVACIÓN Y EXPANSIÓN

Se cree que Hernán Cortés llevó el pavo mejicano (Meleagris gallopavo gallopavo) a España, donde se domesticó, para luego ir extendiéndose por todo el viejo continente. Y cuando, como es sabido, llegaron los primeros colonos europeos a la costa noratlántica del Nuevo Mundo a principios del siglo XVII, se hallaron en un auténtico paraíso cinegético.

El pavo salvaje autoctóno de la región (Meleagris gallopavo silvestre) se convirtió rápidamente en una de las presas predilectas de aquellos intrépidos y hambrientos emigrantes. Los cronistas de la época mencionan bandos de hasta 5.000 individuos. Tan abundante e importante fue esta fuente de proteína aviar en el establecimiento de las primeras colonias, que el pavo preparado al horno se transformaría en el plato principal de una de las fiestas más tradicionales de la joven nación, la de Thanksgiving (Día de Acción de Gracias), festividad que se celebra el último jueves de noviembre a fin de reconocer la abundancia de la cosecha y otros bienes recibidos.

Mas, irónica y terriblemente, los cazadores de entonces causaron estragos en la población pavera y esta masacre, junto con la tala de los bosques primitivos y la destrucción general del medio ambiente, precipitaron un rápido declive. A principios del siglo XX, el ave prácticamente había desaparecido  de los 18 estados donde orginalmente había vivido. De entre las varias subespecies, sólo sobrevivieron unos 30.000 pavos dispersos en las zonas forestales más inaccesibles.

Sin embargo, en los años 40 del siglo pasado, los Departamentos de Recursos Naturales y algunos grupos conservacionistas de varios estados del este de los EEUU empezaron a atrapar pequeños números de pavos que volvieron a situar en sus hábitats tradicionales, y con gran éxito. En los años 50 y 60, otros estados iniciaron programas de restauración de sus pavos autóctonos, o de su introducción en zonas donde nunca los había.

Para 1975, sólo 12 de los 50 estados no tenían una temporada para su caza. En el estado de Oregón (al norte de California), donde vivo y donde no había pavos, se introdujo el pavo Merriam (Meleagris gallopavo merriami) en 1960, cuya población aumentó rápidamente para luego estabilizarse en números reducidos. En 1975 se introdujo otro pavo, el Río Grande (Meleagris gallopavo intermedia), subespecie oriunda del sudoeste del país que prosperó.

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En la actualidad hay más de siete millones de pavos salvajes en Estados Unidos

Hoy, el cazador de Oregón puede cobrar hasta tres machos en la temporada de primavera y otro pavo de cualquier sexo en la de otoño. En mi estado natal de Minnesota tampoco había pavos salvajes cuando yo era joven, pero ahora, como veremos, se ha aclimatado incluso a los inviernos siberianos de mi patria chica.

En la actualidad se estima que hay más de siete millones de las cinco subespecies de pavos salvajes merodeando por los bosques y campos estadounidenses. En suma, el tamaño (los machos pueden pesar más de 12 kilos), el instinto de conservación y el don de adaptación de un ave omnívora (comen pequeños reptiles, insectos, bellotas, chufas, etc.), junto con una buena administración conservacionista y los programas de (re)introducción han generado oportunidades cinegéticas de primer orden.

Como mencioné, suele haber dos temporadas para la caza del pavo: primavera y otoño. Pero la verdad es que pocos los cazan en otoño porque el cazador norteamericano opta por dedicarse a las especies (aves acuáticas, faisanes, ciervo colablanca, etc.) más tradicionales. En otoño este celoso pájaro resulta incluso más difícil de cobrar porque se congrega en grandes bandos y no responde ni a las llamadas de cazador ni le atraen los cimbeles.

Si hace medio siglo la idea de perseguir a un ave que estaba en celo durante la primavera se percibía como una curiosa posibilidad de dar gusto al dedo, hoy el reto de rivalizar con los pavos constituye una fecha clave en el calendario de muchísimos cazadores. Por todo ello, la temporada “clásica” de cazarlos (y la en que un servidor ha participado) es la de primavera. Entonces y debido a sus pulsiones procreativas (sobre todo las de los viejos y resabiados machos, los llamados “barones de bronce”), se vuelven algo más vulnerables. Es una modalidad de caza que se asemeja a la de la perdiz roja con reclamo, si bien “en grande”, junto con otras diferencias notables.

ESTRATEGIAS Y EXPERIENCIAS 

La faceta clave de la caza del pavo salvaje no es, como decía Ortega, “levantar la pieza”, sino localizarla. Es algo tan esencial como relativamente fácil, ya que en primavera los machos empiezan a gluglutear al amanecer y antes de descender de los árboles donde han pernoctado. Por tanto, para encontrar la querencia de un bando, es menester madrugar. Los cazadores avezados realizan esta labor de reconocimiento antes de levantarse la veda porque saben que en cuanto suenen los primeros disparos, los “barones” se ponen aun más cautelosos.

Asimismo, aprovechan estas avanzadillas matinales a fin de observar los movimientos del bando localizado y buscar un árbol donde recostarse o un lugar donde fabricarse un tollo con los materiales a mano y colocar los cimbeles. Esta caza no es para los dormilones, puesto que a lo largo de la temporada el cazador ha de estar en el bosque sobre las cuatro de la madrugada y atento al ¡Gluglú! ¡Gluglú! ¡Gluglú! de los machos. Pero debe evitar acercarse demasiado a los árboles en que posan a fin de no espantar el campo.

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Tras el pavo es esencial una máscara o velo que tapa nuestra cara para que el animal no detecte nuestra presencia.

Es a esta querencia adónde ha de dirigirse en la oscuridad y situarse, esperando que salga el sol y tocando madera para que en el ínterin el bando en cuestión no se haya desplazado a otro lugar. Asimismo, debe estar camuflado a tope, sentado sin moverse y haciendo buen uso de los varios dispositivos que imitan los sonidos (los gluglús, gañidos, cacareos y clucleos, etc.) que emiten, según el sexo, los pavos; todo ello a fin de atraer a un macho a tiro de escopeta.

A los cazadores menos pacientes les gusta localizar un bando, averiguar en qué dirección va, adelantárselo sigilosamente y tenderle una emboscada confiándose en su habilidad de ocultarse y engañar a los pavos con sus llamadas, en particular, las de una hembra solitaria. Afortunadamente, existen vídeos, DVDs y páginas web que enseñan al venador a utilizar debidamente estos instrumentos.

Adiestrarse en su uso es otro reto a que necesita afrontarse el cazador de pavos. Muchos utilizan cimbeles para llamar la atención de los pavos, engaño que puede aumentar las probabilidades de que un macho entre a tiro. De no tener suerte al amanecer, el cazador debe volver a la misma querencia antes del atardecer esperando que regresen a su(s) árbol(es). Cazar pavos exige más persistencia que esfuerzo físico, y de ahí una creciente popularidad entre cazadores discapacitados y de la tercera edad.

UNA CAZA CON ENCANTO 

En EEUU se han vertido ríos de tinta sobre la caza del pavo salvaje, pero como reza el refrán: “Quien quiere truchas, que se moje el culo”. Es preceptivo, pues, que relate –como buen cazador– otras experiencias “paveras” que demuestran el hechizo que puede estimular el Meleagris gallopavo.

En mayo de 2011 fui a Minnesota a cazarlos con mi hermano Andy y nuestro amigo, Verne Winge. Ya tenían localizados a los pavos y construidos los tollos en la orilla norte del río Zumbro que atraviesa la granja familiar. Por novato, me cedieron el mejor sitio, un tollo al borde del bosque con vistas a un extenso campo de soja sin sembrar y con varios cimbeles a 20-25 metros delante del mismo. Y allí me senté al día siguiente a las 4:45 horas. Yo estaba fascinado porque nunca había cazado en primavera. El campo estaba precioso: mil matices de verde, flores silvestres a mi alrededor, las aves de trineo cantándome una sinfonía y yo sentado cómodamente en un cojín y en mangas de camisa. “¿Qué clase de cacería es ésta?”, pensaba, tan habituado yo a la desnudez campestre otoñal y a los fríos invernales.

De pronto detrás de mí en el bosque: ¡Gluglú! ¡Gluglú! Si bien estaba perfectamente oculto, me agaché y giré la cabeza lentamente: divisé una hembra a menos de diez metros. Estas (está prohibido tirarlas en primavera) tienen un plumaje pardo, además de ser más pequeñas que los machos. ¡Gluglú! ¡Gluglú!, el macho también estaba muy cerca pero no lo veía por los árboles y la maleza.

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Para cazar pavos salvajes debemos levantarnos muy temprano y permanecer inmóviles en las cercanías de sus querencias.

La pava pasó entre los cimbeles y se quedó a 40-50 metros a plena vista y, al parecer, tomando el sol. Pero en realidad esperaba a su acompañante, quien salió del bosque a unos 60-70 metros. El pavo no es el pájaro más hermoso del mundo, pero sí impresiona, y el que yo tenía delante no defraudaba: plumaje bronce brillante, cabeza calva al rojo vivo y una “barba” larga. La “barba” es un curioso apéndice plumífero que sale del pecho de los pavos cuyo tamaño señala a los machos más fuertes, además de distinguirlos de las hembras, si bien el diez por ciento de éstas también la gasta (y se pueden tirar). Era un “barón”, sin duda alguna. En seguida se dirigió a la hembra y en menos tiempo que tarda uno en leer estas palabras, se la cepilló. ¡Nada de pelar la pava, sino un caliqueño puro y duro, y delante de mis narices!

Ahora, me digo: “Él vendrá a intentar realizar la misma faena carnal con uno de los cimbeles hembra y le haré pagar por sus pecados”. Quité el seguro y empecé a encarar lentamente la escopeta esperando que se acercara un pelín más… ¡Pero de repente se dio la vuelta y salió corriendo tras la hembra que acababa de fecundar! Estoy absolutamente seguro de que no me vio. Sencillamente su instinto de conservación (¿y/o sexual?) le impelió a ir tras su dama y dejarme bolo. La caza del pavo es así de imprevisible y humillante, y de ahí gran parte de su hechizo.

La temporada empezó con buen pie, ya que en el sorteo de licencias nos tocó una para el primer fin de semana. En Minnesota la temporada de primavera dura más de un mes, pero se divide en periodos hábiles de tres a cinco jornadas con varios días de descanso entre ellos a fin de disminuir la presión cinegética y permitir a los pavos calmarse. A continuación sintetizo lo que escribí en el diario en que anotamos los acontecimientos cinegéticos cada vez que cazamos en la granja familiar:

Incluso antes de llegar al tollo, los pavos habían empezado a gluglutear. Buena señal. Sobre las cinco estaba yo rodeado de “glugluteadores”; había al menos siete u ocho de ellos dando voz a su hombría. A las 6:10 horas vi a dos pavos en el campo de soja a unos 250 metros y que venían hacia mí desde el este. A las 6:15, un bando entero abandonó sus árboles y sobrevoló mi tollo ¡cual reactores!, y aterrizó a unos cien metros, para en seguida desaparecer a orillas del río.

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Mientras tanto, las otras dos aves seguían aproximándose, pero ahora se pavoneaban y abanicaban sus plumas de cola. ¡Machos! Es más, el sol se levantaba detrás de ellos y cada vez que abanicaban sus plumas de cola la luz iluminaba los puntos dorados de éstas creando así un halo encima de cada pájaro. De película. Pavoneándose, glugluteando y esponjando sus plumas se acercaban paso a paso a los cimbeles. Cuando creía que estaban a 30-35 metros (llevaba todo el año regañándome por no haber disparado al que se me fue la temporada pasada) apunté al cuello del más grande y apreté el gatillo. La carga del seis del cartucho 12-76 lo sacudió, pero seguía en pie. Accioné la corredera y le solté otra andanada que lo dejó patas arriba.

Pero mi mañana no había terminado. Con el segundo disparo el otro pavo echó a correr, mas en seguida dio la vuelta y regresó al lado de su camarada caído. ¿Hermanos, amigos, tal vez? Entonces, apareció otro macho a unos 70 metros cuya cabeza empezó a cambiar de color (roja, purpúrea, azul grisácea) al tiempo que inició un concurso de gluglutear con su rival, el superviviente. La serenata duró 20 minutos con los dos “barones” correteando delante de mí todo el rato. Es más, hacía fresco y cada vez que estiraban el cuello para soltar un gluglú veía su aliento. Estaban hechos volcanes si bien (y desafortunadamente) no llegaron a embestirse. De todas formas, fue otro espectáculo increíble.

A las 8:30 llegaron Andy y Verne y fuimos a ver mi trofeo. Quise saber a qué distancia lo había tirado y conté 50 pasos largos. Lo que me habían parecido 30-35 metros fueron en realidad al menos 50. Así son de enormes y engañosos los pavos. Y de ahí que tuviera que disparar dos veces para abatir el mío. Obviamente, la escopeta y la cartuchería fueron decisivas. Eso sí, en mi ránking de inolvidables experiencias cinegéticas (y tras medio siglo largo de caza), la del “barón de bronce” cobrado el 4 de mayo de 2012 ha quedado en primer lugar.

El Meleagris gallopavo es un desafío venatorio tan fascinante como frustrante. Este año diluvió y el río Zumbro se desbordó, lo que impidió llegar al campo de soja/pavoneo en la orilla norte. Desde nuestros tollos en la orilla sur oíamos a los machos gluglutear, pero por mucho que llamáramos, no fuimos capaces de sacarles de su querencia. Sólo vimos unas cuantas hembras. En suma, cobrar un “barón” pone a prueba la habilidad, la paciencia y la persistencia, lo que ha convertido la caza del pavo en un reto venatorio y un rito primaveral en EEUU. Es más, al cazador le posibilita preparar al horno un pavo genuinamente norteamericano para los suyos el Día de Acción de Gracias. •

ARMAS Y EQUIPAMIENTO PARA CAZAR EL PAVO SALVAJE 

Como puede imaginar el lector, ha surgido toda una industria basada en la caza del pavo, negocios que giran en torno a los enseres necesarios para cobrar uno: escopetas camufladas, cartuchería especial, ropa, cimbeles, tollos portátiles y un larguísimo etcétera. Me limitaré aquí a hacer mención de los aperos básicos.

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La cartuchería 12-89 ha sustituido prácticamente a la de calibre 10

La escopeta debe ser del 12 (los hay que usan una del 10, o que cazan con arco) y con un choke de cuatro estrellas, o uno especial para la caza del pavo. Dado el tamaño del ave y su denso plumaje, es preciso apuntar al cuello esperando que algunos de los perdigones le alcancen ahí o en la cabeza.

Muchos cazadores optan por un perdigón del cuatro o del seis, puesto que mientras más proyectiles, más probabilidad de dar en tan pequeño blanco. Se utilizan cartuchos magnum, sobre todo del 12-76 o del 12-89, siendo éste de un retroceso considerable.

Es importante ensayar con varias marcas y clases de cartuchería para asegurarse de que el arma apunte bien y de que el “puro” de perdigones se mantenga muy cerrado, incluso a una distancia de 40-50 metros.

La ropa es sumamente importante porque el cazador se enfrenta a una presa tan perspicaz como suspicaz, un auténtico profesional de la evasión. Hay que ir tras el pavo camuflado, siendo esencial una prenda que detesto, una máscara o velo, para que la cara, las gafas o, en mi caso, la barba blanca no delaten la presencia del venador. Cualquier movimiento, color, ruido u objeto que desentone provocará una estampida. En mayo estuve en la granja familiar en Minnesota y me asomé a un claro donde divisé un pavo a unos 200 metros. Hacía calor y me había quitado la máscara y, claro, me vio y salió pitando en dirección contraria. La vista y el oído del pavo son extraordinarios y merecen todo el respeto posible.

Guy H. Wood

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