Acostumbrado a las cumbres duras, al viento y a la roca, su figura poderosa domina la cresta de las montañas durante buena parte del año. Sin embargo, hay un momento menos conocido y profundamente especial para rececharlo: la primavera.
Con el final del invierno, la montaña cambia de ritmo. Las nieves empiezan a retirarse de las laderas medias y bajas, y aparecen las primeras briznas de hierba fresca. Tras meses castigados por el frío, los machos comienzan a descender hacia el valle buscando ese alimento nuevo, tierno y cargado de nutrientes. Con él, se abre una de las épocas más bonitas para recechar al macho montés.

A diferencia de lo que muchos cazadores piensan, en primavera los grandes machos no bajan al amanecer. El riesgo en las zonas bajas de praderas es mayor, ya que están más alejados de las peñas donde para ellos es más sencillo defenderse del lobo y, por eso, adaptan su comportamiento y es habitual encontrarlos en las horas centrales del día.
Lo habitual es que los machos suban a dormir a las peñas y permanezcan hasta bien entrada la mañana. Es hacia el mediodía cuando empiezan a moverse lentamente hacia las partes bajas para alimentarse. Allí aprovechan durante unas horas el pasto nuevo, siempre atentos. Antes de que caiga la tarde y la luz empiece a desaparecer, regresan de nuevo hacia las alturas.

Cazar en esta época tiene su encanto, pero también sus particularidades. Aquí van algunos consejos prácticos que pueden ayudar a afrontar mejor un rececho primaveral:

Recuerdo especialmente este día de primavera a principios de marzo que resumió a la perfección lo que es cazar en esta época. La previsión hablaba de lluvias débiles, pero en la montaña ya sabemos que el tiempo tiene sus propias reglas.
El día amaneció lloviendo con fuerza en la parte baja de la montaña y, a medida que levantábamos la vista hacia las cumbres, esa lluvia se convertía en nieve. Era uno de esos días de primavera engañosos, más propios del invierno que de una temporada en la que el campo ya empieza a reverdecer.
La meteorología no invitaba precisamente a pasar horas caminando sin rumbo, así que decidimos tomarnos la primera media hora con calma, prismáticos y telescopio en mano, tratando de localizar algún animal desde una zona resguardada. La lluvia era constante, intensa, y sabíamos que lo más sensato era encontrar primero un macho antes de plantear un rececho largo.

Tras varios minutos peinando las laderas, entre la cortina de agua y las manchas de nieve más arriba, dimos con él. Un macho viejo, grande, además claramente cojo, que comía despacio cerca de unas peñas, ajeno al temporal. Era el tipo de animal que uno busca en primavera: hecho, solitario y confiado en su terreno.
Estudiamos bien la situación. La entrada no era sencilla. Para llegar hasta él había que cruzar una garganta que bajaba cargada de agua por la lluvia y el deshielo de la nieve de las cotas altas. Calculamos que solo el acercamiento nos llevaría más de una hora. Decidimos que uno de nosotros se quedaría vigilando al macho con el telescopio, mientras los demás iniciábamos la entrada con cuidado.
El rececho fue lento y bonito, de los que se disfrutan a pesar del agua. Bajamos hasta la garganta, la cruzamos con precaución y comenzamos a remontar por la otra ladera, siempre pendientes de no dejarnos ver. El terreno estaba pesado y resbaladizo, pero el macho seguía en su sitio, comiendo tranquilo.
Poco a poco fuimos ganando metros hasta colocarnos a unos 300 metros. Era una distancia cómoda y segura. El cazador se acomodó, buscó apoyo y esperó el momento justo. Cuando el macho se cruzó ligeramente, ofreció el costado y el disparo sonó seco en medio de la lluvia.

El tiro fue perfecto. El macho apenas avanzó unos metros antes de quedar tendido en la ladera. Al llegar junto a él confirmamos lo que ya intuíamos desde lejos: un animal viejo, con carácter, de los que han vivido muchas temporadas en la montaña.
Bajo la lluvia, con las cumbres nevadas sobre nosotros, hicimos las fotos de rigor y después nos pusimos manos a la obra. Sacamos la carne con cuidado, preparamos la piel y organizamos el descenso, sabiendo que aún quedaba una buena jornada por delante.
Son momentos de trabajo duro, de silencio y de respeto, que también forman parte de la caza de montaña. Al final del día, cansados, mojados y satisfechos, regresamos con un precioso macho medalla de plata y la sensación de haber vivido una jornada auténtica, de esas que resumen perfectamente lo que significa recechar en Gredos en plena primavera.
Texto y fotos: Alfonso Prieto
Top Spanish Hunting / @alfonsoprietocaza

