La vida del rehalero: pasión, sacrificio y el alma de la montería

Un relato desde dentro que reivindica el papel esencial de las rehalas en la montería española.

Y, obviamente, el lector que empiece a leer este párrafo sabe perfectamente que me refiero a los rehaleros.

Durante hace ya algunos años he ido abandonando los puestos para cambiar de tercio y montear con las rehalas. Seguramente, el ir dejando aparcado el rifle no está motivado porque haya dejado de apasionarme el montear desde un puesto, todo lo contrario, pero, seguramente, y con los años, la ilusión y motivación por pegarme un buen madrugón y montear ha cambiado y, a día de hoy, me siento mucho más feliz tronchando jaras y viviendo la montería desde lo más profundo de su razón de ser, que no es otra que las rehalas.

Miradas monteras en trofeo caza y conservación

Antes de amanecer…

Y quién nos mandará pegarnos estos madrugones. Bien es cierto que después de una larga semana de trabajo, cuando llega el fin de semana, lo menos que te apetece es madrugar. Pero, señores, ¡nada más lejos de la realidad! Cuando llega el viernes por la tarde y sabes que el fin de semana toca montear, es como un pinchazo de ilusión y adrenalina que te hace olvidar todos los sinsabores laborales y afrontas dos días con la mayor ilusión y dispuesto a disfrutar al máximo de la montería.

Siempre que puedo quedo con los rehaleros en su perrera, me gusta ver como se prepara todo, con esa tenue luz que alumbra la zona del patio donde los valientes elegidos pasean nerviosos antes de que el perrero les llame para subir al furgón y emprender camino hacia la finca. Uno a uno van subiendo y acoplándose en su rincón. Algún gruñido defendiendo su espacio que se va aplacando cuando sienten el sonido del motor anunciando el inicio del viaje.

Un viaje en el que se comparten con el rehalero recuerdos, vivencias, proyectos e ilusiones por su rehala y por todo lo que conlleva esta figura tan importante de la montería ibérica. Seguramente, si el viaje es largo, se hace una parada para tomar un reconfortante desayuno en uno de los tantos añejos bares que nos podemos encontrar en esas carreteras olvidadas de nuestro mundo rural y que nos espabilará para ir devorando kilómetros hasta el lugar de la junta.

Monterias en trofeo caza y conservación

En la junta y rodeados de compañeros

Momentos previos antes de empezar la montería. Todos los rehaleros reunidos en el lugar prefijado, compartiendo tertulia, alguna vianda para coger fuerzas, que nos espera un día duro. Tensa espera, los valientes nerviosos sabedores de que, en un rato, empieza la fiesta. Alguna pelea dentro del furgón a la que el rehalero acude presuroso para poner orden con una contundente voz.

Para adelantar y que no nos pille el toro, cada uno prepara sus archiperres: zahones, cuchillo, polainas, emisora, GPS y todo el material de urgencias necesario que irá en el morral. El capitán de montería llega y reúne a todos los rehaleros. Instrucciones claras y rápidas y cada uno al lugar donde soltarán en breve. Son minutos de nervios e ilusión. Un rehalero vive para y por sus valientes y estos momentos los vive con mucha intensidad junto a ellos.

Portones y a montear en trofeo caza y conservación

Abrimos portones y a montear

¡El momento clave! El corazón a mil revoluciones, los valientes cargados de adrenalina deseando saltar al monte y, a través de la emisora, se escucha la frase tan esperada y que hemos oído un sinfín de veces: ¡Señores, abrir portones y disfrutar! (Esta frase me recuerda a un buen amigo, Jesús Riquelme).

A partir de ese momento la sierra se llena de ladras, carreras, el eco de las profundas voces de los perreros y, sobre todo, de pasión montera. El día se irá consumiendo, tronchando jaras, luchando contra los impenetrables jarales, resbalando en las ásperas pedrizas, gateando por alguna trocha y acudiendo a toda velocidad, cuando escuchamos una ladra a parado.

Subidas y bajadas por profundos barrancos, alguna parada en lo alto de un portillo esperando que vuelvan los perros de esa última ladra, un trago de agua para reponer fuerzas y a seguir. Y, cuando ya llegamos al final de la mano, toca volver por el camino andado y siempre atentos a ese viejo arocho que se quedó encamado y, si hay suerte, los valientes lo levantarán de su refugio y, a pesar de tener ya las fuerzas justas, demostrarán su valía y coraje empujándolo hacia los puestos.

Perros de caza en trofeo caza y conservación

Final del día

Y ya llegamos a la suelta de nuevo. Cansados, arañados por los jarales y zarzales y con los nervios a flor de piel haciendo cábalas de cuántos valientes faltan por volver. Sacamos espuertas y las llenamos de agua para que los perros se hidraten ellos son los primeros, bebemos un trago para calmar la sed y empezamos a ir cargando en el furgón a cada perro. Es hora de sacar el listado, revisar los que faltan, controlar GPS y caracola en mano, que su sonido retumbe por cada rincón de la sierra avisando del final de la montería. Mientras, obligado es el cambio de ropa, que después del esfuerzo se agradece una camisa y un pantalón secos para evitar el odiado resfriado que en tiempos de montería suele acechar.

Estamos ya en diciembre y el frío aprieta en los atardeceres. Una buena lumbre reconforta el cuerpo y hace más llevadera la espera. Un taco bien compartido con el resto de compañeros y a rezar para que el último que falta no tarde, podamos recoger todos los bártulos para emprender camino a casa y no llegar muy tarde. Tertulias al calor de la lumbre de vez en cuando interrumpidas por la voz del perrero o por el sonido de la caracola. Son momentos que se repiten a lo largo de la temporada y que forman parte de la vida rehalera.

Rehalas en trofeo caza y conservación

Hoy, ya con el sol escondido y rodeados de oscuridad, aparece el último valiente. Alegría a raudales, recogemos todo y vamos camino a la junta, que hay que cobrar. Desde aquí me permito una recomendación a todos los organizadores de monterías: por favor, es un detalle pagar por la mañana a cada rehalero, no cuesta nada y facilita mucho la vuelta a casa. Ya con todos los valientes en el coche, descansando y dándose calor, sólo queda emprender el camino de vuelta, sin prisa, pero sin pausa y con cuidado, que lo más importante es llegar a casa todos bien.

Pero el día no ha terminado… Cuando se llega a la perrera, toca descargar, proporcionar comida a los perros, que bien se la merecen, ir preparando la lista de elegidos que, seguro, al día siguiente toca montería en otra sierra y, cuando todo esté ya listo, volver a casa, una ducha caliente, cenar y a la cama que mañana antes de amanecer estaremos de nuevo cargando valientes en el coche. Así es la vida de un rehalero durante los casi cinco meses que dura cada temporada. Una vida repleta de sacrificio, esfuerzo, alegrías y algún sinsabor, pero que siempre va acompañada de una desbordante pasión por sus perros y por esta forma de cazar tan arraigada en nuestra cultura cinegética.

Cuidemos y respetemos a los rehaleros y sus valientes… Una montería sin rehalas, no es montería.

Texto y Fotos: Carlos Muñoz

@miradasmonteras