Durante el último máximo glaciar (21.000-15.000 años) el corzo se retiró a unos pocos refugios deshelados de la región mediterránea y del sureste europeo, iniciando al cabo de 9.000 años la recolonización en Europa occidental, central y septentrional hasta alcanzar con toda probabilidad como refugio una región glaciar oriental. Debido a su homogeneidad morfológica entre individuos de distintos lugares, las autoridades científicas lo consideran como especie monotípica, esto es, sin ninguna subespecie (antiguamente pygargus se consideraba como subespecie, siendo hoy en día especie: corzo siberiano).

Actualmente se distribuye por la mayor parte de Europa exceptuando Islandia, Irlanda, islas mediterráneas, Cáucaso y Oriente Próximo, región geográfica esta última ubicada en el suroeste de Asia y noreste de África. Los ejemplares de más peso se localizan en Dinamarca y los de menos en los hábitats mediterráneos italianos junto con los valles fríos alpinos.
Se trata de un cérvido pequeño (entre 15 y 25 kilos) y elegante con cuello largo, tronco corto, grupa más elevada que la cruz y patas posteriores más largas que las anteriores provocando un desplazamiento a base de saltos sucesivos. El macho, de 2 o 3 kilos más pesado que la hembra, tiene cuernos durante nueve meses al año en diferentes estados de desarrollo perdiéndolos en el otoño haciendo complicada la diferenciación de sexos, si bien es verdad que la formas de su cabeza y cuerpo son diferentes a la de la hembra, en el sentido de que la primera presenta un perfil más rectangular y el segundo forma un trapecio acentuado en su parte delantera.
El celo lo inicia en la segunda quincena del mes de julio finalizando, aproximadamente, a mediados de agosto, quedando interrumpida la gravidez de la hembra desde la fecundación hasta diciembre, mes a partir del cual el embrión comienza su desarrollo. El número de crías varía de 1 a 2, siendo frecuentes los partos gemelares.

Su densidad poblacional se ha visto reforzada durante los últimos años, de forma que en la actualidad es posible señalar que el número de ejemplares repartido por España supera los 200.000. También señalar que a principios del siglo XXI una enfermedad causada por un insecto de nombre científico Cephenemyia stimulator ha originado importantes bajas en determinadas comunidades autónomas. Conocido este insecto con el nombre vulgar de gusano de la garganta fue citado por vez primera por el Doctor Ingeniero Agrónomo Luis Castresana Estrada y por mí mismo en el año 2001 a partir de especímenes que recolectamos de un corzo procedente de Francia en una finca de Ciudad Real.
Es un animal que aprecio sobremanera por su hermosa estampa y comportamiento. Lo he cazado en tres ocasiones practicando la modalidad de rececho, la más utilizada entre los impenitentes aficionados corceros: las dos primeras en campos segovianos con un solo éxito y la tercera en Eslovaquia con el cobro de un bonito ejemplar.

Las especies representativas de esta familia existen desde hace mucho tiempo, datándose las primeras en el Eoceno superior, hace unos 35 millones de años, en lo que hoy es el norte de Tailandia. Se separaron de los rumiantes en las primeras etapas de la evolución del grupo, reflejándose este hecho en una buena variedad de caracteres primitivos forma de los dientes, ausencia de cuernos, estómago simple– que los diferenciaron de la mayoría del resto de los artiodáctilos, cérvidos (ciervo y corzo) y bóvidos (cabra montés, rebeco, muflón y arruí).
Subespecies de jabalí
De entre las ocho especies reconocidas actualmente, Sus scofra** es la que se encuentra más extensamente distribuida por todo el mundo con 19 subespecies, de las cuales en España habitan scofra en el norte y baeticus en el sur, esta última descrita originalmente para el coto de Doñana y más tarde fusionada con meridionalis ubicada también en el sur de Portugal, Córcega y Cerdeña.
Animal que se puede considerar como el perfecto omnívoro como lo acredita su dentadura formada por dientes cuyas cúspides son romas o tuberculares adaptadas para aplastar y triturar: estudios llevados a cabo hace años en el Coto de Doñana a partir de numerosos estómagos concluyeron que el 80 % del volumen total del alimento analizado era de origen vegetal destacando los bulbos de castañuela, criadillas, gramíneas y rizomas de helechos; que en verano eran características las aves; en otoño, los micromamíferos; en invierno, los hongos y larvas de coleópteros; y en todas las épocas de año, los anfibios gallipatos y distinta carroña.

Su taxonomía como especie sigue y continúa siendo tema de investigación. En nuestro país el gran naturalista madrileño Ángel Cabrera (1879-1960), licenciado en Filosofía y Letras, definió dos subespecies: castillanus del norte y centro de la Península, desde los Pirineos, la cordillera Cantábrica y Galicia hasta Sierra Morena y la provincia portuguesa de Alentejo, y baeticus, de porte más pequeño que la anterior, distribuida por Andalucía, cuenca del bajo Guadalquivir hasta la costa de la provincia de Huelva.
Popularmente hubo un tiempo en el que los aficionados a su caza llamaban albares a los machos de castilianus, y arochos a los machos de baeticus. Al parecer esta diferenciación entre ejemplares de una y otra demarcación territorial no tiene sentido, aunque entiendo que tampoco lesiona el rigor científico, pues, al fin y al cabo, se trata de una adopción lingüística entre cazadores.
Se llame como se llame, desde el punto de vista erudito el jabalí está considerado hoy en día una de las piezas más codiciadas por el cazador de caza mayor, entre otros motivos porque su densidad poblacional se ha disparado por toda la geografía española debido a distintas causas, entre las que, probablemente, se encuentre el abandono del medio rural. Este aumento en el número de ejemplares, que origina perturbaciones tanto en los cultivos como incluso en las medianas y grandes urbes buscando comida, ha motivado que los permisos para su captura y muerte en cualquier época del año experimenten un incremento notable.

Modalidades de montería, espera, gancho y rececho son las más usadas para cazarlo, aparte de aquellas otras tradicionales como lo son la ronda, practicada por la noche a caballo o a pie acompañado de una rehala de perros, o la trailla, llevada a cabo principalmente en Asturias y Cantabria, en la que el montero lleva a los perros atados con cuerda que lo guían hasta la posición del jabalí.
A lo largo de la temporada de caza se celebran gran número de monterías cuyo costo, por lo general, es medianamente aceptable, por lo que muchos aficionados pueden asistir a ellas. Otra cosa es que cumplan el objetivo de cobrar alguna pieza, bien porque el jabalí es animal astuto que no da muchas facilidades para ponerse a tiro, bien porque la zona de caza haya sido bastante explotada. No ocurre lo mismo con los cercones, lugares en los que previamente a la cacería se han liberado un buen número de ejemplares, muchos o algunos de ellos buenos trofeos, pero con precios difícilmente asequibles a muchos bolsillos.
En cuanto a la modalidad de espera debo decir que desde que inició hace unos años su andadura ha ido incrementándose a pasos agigantados. Y es lógico por dos motivos: el principal, la fácil obtención del permiso para practicarla, y, el segundo, por su atractivo al presentar más de una dificultad en su feliz ejecución. El cazador debe elegir cuidadosamente el terreno en el que va a colocar el cebo alimenticio, por lo general maíz, debe esperar pacientemente al jabalí, a veces muchas horas tanto con buenas o malas situaciones climatológicas, y, finalmente, debe abatirlo. Ahora bien, los ejemplares que casi siempre busca el cazador son machos con buenos colmillos, busca el trofeo. No obstante, desde el punto de vista de evitar daños en los cultivos o incursiones por los pueblos o ciudades el lograr un buen trofeo es lo de menos, se trata de eliminar aquellos ejemplares que entren al cebadero con exclusión, si llega el caso, de las hembras con crías.

Las armas utilizadas son generalmente de fuego, escopetas o rifles, aunque hoy en día el arco de flechas está siendo un interesante protagonista debido a la dificultad que implica su buen manejo. Y en cuanto a los aparatos tanto eléctricos como electrónicos de los que el cazador se sirve para facilitar el disparo con la escopeta o rifle o tiro de flecha son francamente variados, desde la sencilla linterna hasta los sofisticados visores nocturnos y térmicos.
*Capreolus capreolus (capreolus: del latín caper, «cabra», y olus: sufijo diminutivo (pequeña cabra). **Sus scrofa (sus: del latín sus, «cerdo»; scrofa: del latín scrofa: cría de cerdo (cerdo).
Antonio Notario Gómez
Dr. Ingeniero de Montes

