¡La caza más bonita y dura!

Hoy la caza que más me apasiona es el rececho y decidí en esta ocasión centrarme en el rebeco porque había leído y visto mucho sobre esta especie y su caza. He de decir que mis inicios, como extremeño que soy, fueron en la caza menor como morralero de mi padre, de quien aprendí todo lo que puede en el poco tiempo que pude disfrutar de él y a quien siempre tengo presente en cada disparo que realizo.

Con el paso de los años tomé contacto con amigos cazadores que me fueron adentrando en el mundo de la caza mayor, de las monterías, de las esperas y, finalmente, en el de los recechos.

Cuando me decidí a cazar un rebeco cantábrico en Boñar, una comarca leonesa en Picos de Europa, comencé a prepararlo con tiempo, ya que en la caza de montaña me gusta tener todo planificado al detalle.

Me puse en contacto con el guarda de la zona y me comentaron que la mejor época para cazar era en el celo, que suele ser de finales de octubre o principios de noviembre, ya que los machos suelen ser solitarios durante el resto del año y en esa época cuando buscan a los rebaños de hembras y crías y van formando harenes que defienden frente a otros machos rivales.

El rebeco se suele cazar del 1 de mayo al 15 de julio y desde el 1 de septiembre hasta el 15 de noviembre, y yo decidí cazar los dos últimos días de la temporada, ya que me dieron permiso para los días 14 y 15 de noviembre.

Una dura jornada cinegética

Llegó el día. Con todo preparado y el coche cargado pusimos el viaje en marcha: seis horas de viaje me separaban de mi destino. Llegamos el domingo a Boñar, sobre las ocho de la tarde, para conocer a los guardas y las estrategias que tenían para llevar a cabo la cacería y descansar.

Me acompañaban los chicos de Young Wild Hunters para grabar un documental del rececho y les comenté que no iba a dormir, porque la noche de antes de una cacería siempre me desvelo… Es lo bonito de la caza, los nervios que te impiden conciliar el sueño, la adrenalina antes de disparar, la emoción de ver al animal soñado…

Nos encontramos con el guarda sobre las siete y media de la mañana y pusimos rumbo hasta el lugar que nos indicó, pues nadie mejor que ellos conocen el terreno y debes tener total confianza en sus indicaciones.

Empezamos a subir y pronto me di cuenta de la dureza extrema que realmente entraña un rececho de montaña… Nos esperaba una dura, pero dura, jornada cinegética; pero, en cuanto coronamos la primera montaña y vimos los primeros grupos de rebecos encelados corriendo unos detrás de otros, ¡qué alegría! Nos saltaba el corazón al verlos y nos olvidamos del esfuerzo que supone alcanzar las montañas leonesas.

Aunque vimos varios grupos, en ninguno había ejemplar como el que buscábamos y decidimos seguir, subir más y apretar dientes, como suelo decir.

Coronamos la segunda montaña y allí sí localizamos un rebaño bastante grande, con una veintena de rebecos entre hembras y machos. Aun no tenía claro a qué disparar porque teníamos permiso para ambos sexos, pero vimos una hembra bastante adulta y decidimos hacerle la entrada, que fue complicada ya que los teníamos encima y debíamos situarnos muy bien, ya que estos animales te ven a kilómetros y, además, necesitábamos un buen sitio desde donde poder disparar.

Hicimos la entrada y después de tener todo, incluidas cámaras, colocado, me dispuse a tirar, con tan mala suerte que la rebeca se movió y tuve que hacer un disparo rápido y sin éxito.

Palabras de ánimo por parte de guardería y cámara, y decidimos seguir… La montaña y la caza son así, no siempre a la primera se acierta.

Seguimos avanzando, pero sólo veíamos ejemplares jóvenes por lo que decidimos regresar, ya que teníamos varias horas de vuelta hasta el coche, e ir a otra zona, pero tampoco tuvimos suerte.

Como resumen, primer día sin éxito, pero sí con mucha caza, pues vimos unos cincuenta rebecos, pero ninguno era lo que buscábamos.

¡Tiempo de descuento!

Teníamos que cazar hoy sí o sí y amaneció un día fatal para la caza, con niebla y lluvia, lo que me bajó un poco los ánimos. Pero tuve la suerte de estar acompañado de la guardería y el cámara que me sacaban una sonrisa siempre, algo que en la montaña y en este tipo de cacería no viene mal.

Hasta la hora del almuerzo la niebla y la lluvia no nos permitieron subir a la montaña y, cuando coronamos la primera, eran ya las dos de la tarde y las horas del reloj se nos echaban encima. Pero tuvimos suerte y, al ascender, dimos con un grupo de rebecos en el que el guarda divisó una hembra adulta, indicándome que era «mi animal» para disparar.

Decidimos hacer la entrada rápida –ya que se encontraban a unos 400 metros y para mí y mi equipo era muy lejos– y nos pusimos a 320 metros, donde ya me puse cómodo para efectuar el disparo. Sonó el primer tiro y se quedó un pelín bajo… Yo ya pensando en lo peor… Disparé de nuevo y tampoco tuve la suerte de alcanzar a la rebeca… Un tercero, tampoco… No sabía qué me pasaba, ¡era imposible que ninguno de los tres disparos le hubiera dado!

Decidí comprobar rifle y visor y vi que se me había movido el segundo, ¡qué mala suerte!, cuando me caí mientras hacía la entrada al animal… Ya pensé que no daría tiempo a otra entrada porque apenas teníamos horas: eran las cuatro de la tarde y a las seis ya era de noche.

Hablé con el guarda y decidimos ir a otra zona, aunque con mi arma no podía disparar, por lo que me ofreció la suya.

Llegaba el tiempo de descuento y ¡corriendo a otra zona! Un grupo estaba algo lejos y debíamos andar bastante para ponerlo a tiro y valorar algún ejemplar… Ya pensaba que no iba a llegar el día de poder tener un rebeco en mis manos…

Pero nos pusimos a andar sigilosamente y entramos a unos 200 metros de ellos, ¡qué bien! El guarda examinó al grupo con rapidez y, entre los machos, pequeños, destacaba una hembra adulta y decidí colocarme y efectuar el disparo, ¡esta vez con éxito!

¡No me lo creí en ese momento! No paré de preguntar si era verdad o mentira, ¡me temblaba todo el cuerpo de la emoción!

Finalmente, cobramos la hembra adulta, una rebeca cantábrica muy bonita que puede verse en las fotos. Un paisaje espléndido y todo el desarrollo, de diez. Una cacería que animo a todo cazador a realizar alguna vez en su vida. ¡Caza dura y exigente, pero, a la vez, muy satisfactoria.

El equipo

Hay que preparar con tiempo todo el equipo, ya que la caza de montaña no es nada fácil y debes ir con el material, la ropa y los accesorios adecuados para esta modalidad y terreno, además de ser cuidadosos a la hora de poner el rifle/visor correctamente a tiro.

La caza en montaña exige ropa adecuada, ya que nunca sabes lo que te puedes encontrar durante el rececho. Lo recomendable es llevar una chaqueta que nos proteja y dé calor a temperaturas bajo cero, así como pantalones y guantes fabricados con tecnologías textiles que los hagan transpirables y cómodos, manteniéndonos calientes y secos. Tampoco está de más llevar una prenda que, a su vez, nos proteja de la lluvia, la nieve o el viento.

En cuanto al calzado, también son necesarias unas botas adecuadas, que nos sujeten bien el pie, con una suela que amortigüe y tenga un firme agarre, así como unas buenas polainas.

De igual forma, debemos contar con una mochila de calidad para transportar lo que vayamos a necesitar, porque a la montaña se sale temprano, pero no se sabe la hora de regreso. En ésta no pueden faltar unos buenos guantes, frontal para la cabeza por si hiciera falta para la noche, cuchillos para el desuelle del animal abatido, bolsa para transporte de la carne, linternas, un mini botiquín, chubasquero, cuerdas, metro para medir animal, chaqueta de intercambio, balas, cámara, etcétera. Tengamos así mismo muy presente el peso final de la mochila, pues vamos a tener que cargarla durante toda la jornada.

Víctor Manuel Corrales.

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