Irán, la caza antes de los ayatolás (II): Tras los carneros de Persia

Tras el carnero rojo, el viaje continúa por una Persia que aún conservaba intacto el espíritu de las grandes expediciones.

 

Segunda parte del artículo, ver la primera parte aquí

Entre carreteras imposibles, campamentos remotos y montañas infinitas, Tony Sánchez Ariño se adentra en la búsqueda del carnero de Armenia y del esquivo urial afgano, testigos de una época dorada de la caza en Irán que hoy ya forma parte de la historia.

Montañas de Irán en Trofeo caza y conservacion

 

En esta vida todo tiene un principio y un final y, una vez conseguido el carnero rojo, despedirnos de las pulgas –que ya eran casi como de la familia–, decirle adiós al aireado y popular toilette –que se había convertido en una de las mayores y populares atracciones locales–, salimos en dirección oeste en busca del carnero de Armenia, jugándonos la vida cada cinco minutos al cruzarnos en la carretera con unos gigantescos camiones que venían desde Europa con toda clase de productos, poco menos que casi tocándonos unos con otros, pues en aquellos momentos Irán estaba en la cumbre económica mundial… No como ahora, que sus habitantes no pueden ni comer gracias a la política muy errónea de sus dirigentes fanáticos, barbudos e ignorantes…

De milagro llegamos a la tierra de los carneros de Armenia después de santiguarnos cada cinco minutos, pues con enormes camiones por todas partes, intentando adelantarse unos a otros, aquello parecía el desembarco de Normandía, pero en seco…

El carnero de Armenia, abundancia inesperada

Como dijo Julio César, veni, vidi, vinci. Así fue la caza del carnero de Armenia, aunque no por méritos cinegéticos, sino porque había tantos, y tan tranquilos, que un niño de ocho años podría cazarlos a pedrada limpia, pues aquello parecía el corral de un matadero. Luego me enteré de que el príncipe Abdorezza Pahlavi, hermano del sha, con quien yo tenía buena amistad, había dado orden de que nos llevaran a la Reserva Real, donde, además, había un magnífico pabellón de caza con todas las comodidades habidas y por haber, pero ya casi echando de menos a las pulgas y a la toilette a los cuatro vientos.

Urial, el carnero de Armenia en Trofeo caza y conservacion

 

Dadas las condiciones cinegéticas la cacería del carnero de Armenia se podría haber realizado entre diez y quince minutos, pero a vista del panorama, decidimos quedarnos dos días más, disfrutando de camas superlimpias sin «habitantes», duchas calientes y caviar iraní poco menos que en cantidades industriales.

Como allí fuimos a cazar y no para darnos la gran vida de la realeza iraní, con el corazón encogido tuvimos que marcharnos en busca de otro trofeo que necesitábamos, el urial afgano, que se encontraba exactamente al otro extremo geográfico, en el este del país, en el mismo límite con Afganistán, un gran recorrido que teníamos que realizar en dos etapas, durmiendo una noche en Teherán, para llegar a la otra zona al día siguiente, tranquilos y sin los temibles camiones.

El desayuno iraní

Sin ningún problema llegamos a la capital, casi para el arrastre, dicho sea de paso. Quedamos con el guía para la mañana siguiente, pero él, muy servicial y amable, se empeñó en invitarnos por la mañana un típico desayuno iraní antes de partir. Isabel, muy diplomática, pudo denegar la invitación diciendo que tenía que prepararlo todo para la próxima y última cacería de urial, pero yo, viendo con el afecto que nos ofrecía aquel supuesto manjar local, acepté su generoso ofrecimiento, pensando en qué consistiría el famoso desayuno local, pues seguro que no sería a base de chocolate y churros, que me encantan, o fruta, que es mi gran debilidad junto con sus zumos. Mientras hacía mis más que erróneos cálculos al respecto, con el coche nos fuimos metiendo por el viejo y cochambroso Teherán, que aquello parecía una película de miedo.

Carnero de Irán en Trofeo caza y conservacion

 

Por fin llegamos frente a un lugar con mesitas, etc., donde nos sentamos en espera de ser atendidos, pues había comensales también y me pareció que un solo camarero, con una pinta que parecía el diablo Caronte, con un pelo y una barba que solo permitía verle los ojos, el resto era una masa peluda donde se le podía identificar la cabeza por la protuberancia de la nariz.

Al final nos llegó el turno, el guía le explicó algo, de lo que yo no entendí ni media palabra y, cabo de un rato, apareció con dos grandes platos en los que había en cada uno, ante mis peores temores, una cabeza de cordero debidamente guisada con sus correspondientes ojos que, por lo visto, allí se consideraba un suculento bocatto di cardinale, pero a mí casi me da un ataque, especialmente por culpa de aquellos ojos saltones que parecían mirarme fijamente… Naturalmente, tuve que inventarme toda clase de excusas, a cada cual más absurda, para no degustar aquel magnífico desayuno iraní, dejándolo para una próxima ocasión, mientras que el guía se comía con verdadera satisfacción los ojos de mi cordero, como si fuese algo así como un dulce de tocino de cielo, cosa que, dicho sea de paso, me encanta a rabiar.

Cabezas de cordero guisadas en Trofeo caza y conservacion

 

Finalmente, me conformé con un tazón de café en el que cabía un pato nadando por su descomunal tamaño, pero sin leche, que era de cabra y sin pasteurizar, casi garantizando salir de allí con una fiebre de Malta en su última fase mortal… Felizmente todo salió bien y con una escasísima resistencia por parte del guía y el mostoso camarero, yo pagué todos los gastos y poco faltó que me llevasen al hotel a hombros, donde me esperaba Isabel llena de curiosidad por saber qué era el «desayuno iraní» y, al contárselo, se rió diciendo que menos mal que ella no quiso ir porque se olía algo contra natura para un europeo, sin despreciar las costumbres locales, que son muy respetables, pues cada cual está habituado desde que nació a los gustos y tradiciones de su tierra y, a lo mejor, un iraní encontraría horrible un plato de paella valenciana, desconocida en su tierra.

El urial afgano, entre dos mundos

Con todo cargado en los coches salimos en dirección este hacia el límite con Afganistán, paraíso de los locos y fanáticos talibanes, que no pudieron con ellos ni rusos ni americanos por más que lo intentaron, y donde las pobres mujeres tienen menos libertad y derechos que el ganado vacuno… ¡una vida de verdadera esclavitud!

Sin problemas llegamos, aún con luz del día, al campamento en tierra de nadie, pues al no haber población alguna en ningún lado de la teórica frontera ni señales ni nada, la verdad es que al final no sabíamos en qué lado de la frontera estábamos lo cual, he de confesar, no nos importaba lo más mínimo: aquella zona era de meseta, entre dos mil y tres mil metros de altura, donde los uriales les gustaba pastar.

Tony Sánchez Ariño con un carnero de Irán en Trofeo caza y conservacion

En las altas cumbres el viento helado era casi inaguantable, aunque te cubrieras con mucha ropa.

Este campamento era distinto de los otros, recordando los míos de África, a base de amplias tiendas de campaña, etc., con un personal fijo procedente del poblado más próximo, que estaba a 57 kilómetros, según el control de los coches que, por rara casualidad, marcaron lo mismo. Había un cocinero bastante bueno y no como los habituales «criminales de guerra» como los llamaba yo, que más que hacer la comida parecía que había que putrefactarla.

Afortunadamente, era la época de los melones, que eran buenísimos, gracias a ellos pudimos sobrevivir al grito de «melón por varaba y caiga el que caiga…».

Paisaje entre dos montañas en Irán con Trofeo caza y conservacion

El campamento estaba situado entre dos montañas, en unaespecie de hondonada resguardado del constante y frio viento, que era como una maldición. Al fondo de la referida hondonada estaban los caballos que se utilizaban para subirnos hasta la meseta por ciertos senderos que habían abierto los animales, que resultaron de gran ayuda para los caballos y sus jinetes. Estos caballos eran de tamaño mediano y huesudos por la falta de la alimentación apropiada comiéndose las pieles de los melones, que yo les reservaba ¡cómo si aquello fuera digno de los dioses del Olimpo!

Caballos para el transpoete entre montañas en Irán en Trofeo caza y conservacion

 

Al día siguiente hicimos la primera subida a las mesetas, con los caballos resoplando, pues se veía que habían estado bastante tiempo sin moverse y estaban en crisis profunda de vagancia, pero cuando los guías les enseñaban un palo apretaban la marcha como por encanto, pues se ve que habían recibido más de una «bendición» con ellos..

Durante unos días siempre vimos uriales, pero ellos a nosotros también, sin dar tiempo a nada, pues se esfumaban como si tuvieran alas, de forma increíble, pero acompañados de una buena selección de maldiciones en seis idiomas…

Una oportunidad entre las mesetas altas

Una tarde, cuando comenzaba la caída del sol, vimos un grupo de uriales, por lo que rápidamente hicimos un nuevo plan: para no cansar más a Isabel, se volvería al campamento, pues ya había pasado muchas horas a caballo, con la ayuda de uno de los guías locales, mientras que yo intentaría alcanzar a los carneros con los otros dos guías. Pero antes de separarnos, con la ayuda del guía principal que sí hablaba inglés, le dije que no perdiera de vista a Isabel y que pusiera los caballos cerca el uno del otro hasta que llegaran al campamento, pues si le pasaba algo le machacaría, junto con dos o tres estúpidas amenazas más. Decían que por allí había leopardos y osos, pero la verdad es que yo no vi el menor rastro de ellos.

Nos separamos los dos grupos, Isabel por el camino más directo al campamento y yo tratando de cortarles la huida a los listos uriales, pero fue una triste ilusión, pues debían estar ya cerca de Moscú pidiendo asilo político… Para no perder más tiempo volviendo al sendero decidimos bajar por la ladera llena de tierra y piedras, con la obligada condición de sacar los pies de los estribos de la silla de montar, dejando las piernas colgando para prevenir que el caballo tropezara y, al caer, arrastrara al jinete, pero aquellos animales parecían entrenados en un circo y se las sabían todas, pues, cuando tenían que bajar una pendiente muy empinada, ponían las dos patas estiradas fuertemente y las traseras lo contrario, dobladas hacia abajo, al nivel del vientre, con lo cual estaba completamente nivelado ante cualquier posible resbalón que, afortunadamente, no ocurrió ninguno.

Por fin llegué al campamento encontrando que Isabel no había llegado aún, dándome un fuerte sobresalto. Tomé los prismáticos escudriñando el camino de bajada y en aquel momento los vi en los caballos que llegaban al fondo del valle. Monté y en una corta galopada llegué donde estaban, momento que Isabel aprovechó para saltar de su caballo al tiempo que medio gritaba «¡Ay, ay, ay!» y corría para esconderse detrás de una gran roca… Finalmente, apareció, aclarando lo sucedido, y es que la pobre tuvo la necesidad urgente de hacer un pipí, como todo ser humano, pero el guía no se separaba de ella recordando mis disparatadas amenazas al pobre hombre, con el resultado de que Isabel lo pasó fatal con la natura fisiológica apretando a más y mejor, estando rodeada de gigantescas y honestas protectoras rocas por todas partes, hasta que llegué inesperadamente, solucionándose el problema… ¡menos mal!

Tony y su mujer Isabel con un urial de Irán en Trofeo caza y conservacion

Isabel y Tony con un viejo urial cazado en una amplia meseta a más de 2.000 metros de altura, donde se ven los caballos utilizados, al fondo.

 

El disparo definitivo

Dicen que el que la sigue la consigue y eso es lo que sucedió finalmente, pues, una mañana, nada más llegar a las mesetas, lo primero que vimos fue un viejo urial, plantado mirándonos, a no más de 150 metros, dando tiempo de bajar del caballo sin que se espantara y hacerle un disparo que impactó de lleno en el corazón con un proyectil de 180 grains (11,6 gramos) del .300 Magnum Holland & Holland, llamado también en el mundo de la caza como el «super 30», siendo tan efectivo, a pesar de los años, como sus competidores actuales, y poniendo la bala en su sitio, he cazado elefantes, búfalos y leones sin ningún problema con el otro proyectil de 220 grains (14,19 gramos), pero teniendo siempre en cuenta que no es la flecha la que mata al bisonte, sino el indio que la dispara…

Con el urial cobrado ocurrió lo de siempre y es que luego tuvimos muchos a tiro, pero los dejamos tranquilos, pues solo nos interesaba un buen ejemplar y el cobrado era magnífico, dejando en paz al resto, pues ya no había razón para cazar más teniendo aquel gran ejemplar, a pesar de disponer de más permisos, pues siempre estuve a favor de la protección, en contra de la extinción a base de darle gusto al gatillo… y si tuve que abatir tantos elefantes, búfalos y leones oficialmente, lo fue en operaciones de control para reducir su número y desmanes en determinados lugares, pues tan malo es que queden pocos como demasiados, siendo un peligro constante para vidas y haciendas, arrasando a cambio de nada sus pequeñas plantaciones y demás escasas propiedades.

Tony Sánchez Ariño con un carnero de Armenia en Trofeo caza y conservacion

Tony con un carnero de Armenia junto a su ayudante y el caballo que, en muchas zonas de Irán, es el vehículo todoterreno.

 

Reflexiones de un viaje irrepetible

Por fin volvimos a Teherán, sin haber tenido el más mínimo problema ni siquiera un pinchazo en los coches, lo que fue un verdadero milagro, pues lo normal es todo lo contrario con las pistas casi inexistentes por donde íbamos.

En la comodidad del hotel hice una especie de examen de conciencia sobre aquella expedición iraní, admitiendo que aquello no era para mí, pues cazar unos pobres e inofensivos animales que no tenían más medios para seguir vivos que salir corriendo, no me daba ninguna satisfacción como era parar la carga de un elefante o león a diez metros de distancia sobre la base de «él o yo», pues en la cacería iraní el peligro que había que afrontar, siempre presente, era el de despeñarse, como a más de uno le sucedió…

Aparte de cumplir con lo prometido cinegéticamente, lo más interesante para nosotros fue conocer Irán, que recorrimos de parte a parte, Isabel disfrutando viendo cómo se producían las preciosa alfombras persas, que después de muchos años casados allí me enteré que era una experta en este campo, mientras que yo me hinchaba de comer melones, ¡recordando con horror el maldito desayuno iraní!

Texto y fotos: Tony Sánchez Ariño