Irán, la caza antes de los ayatolás (I)

Crónica de una expedición de caza en el Irán previo a la revolución: montaña, precariedad y jornadas tan duras como inolvidables.

 

Hay un viejo refrán que dice «Irán pero no volverán», el cual parece que me lo dedicaran a mí, pues estuve allí un poco antes de la caída del sha gracias a los engaños de Francia y los Estados Unidos para evitar que el país se convirtiera en la potencia que se estaba creando por el petróleo que, también, se querían trincar, así, por las buenas…

Iran la caza antes de los ayatolás en Trofeo caza y conservacion

Pero todo salió fallido, con el resultado de que Irán, antigua Persia, les salió rana en sus planes, convirtiéndose en un caos al mando de un viejo fanático religioso, pero de los malos, desconociendo esas santas palabras de amar al prójimo, por las de achicharrar al que no piense como yo… Con el extra de que, con el tiempo, el antes feliz Irán se convirtiese en la mayor incubadora de terroristas del mundo.

El ir a Irán fue debido a intentar conseguir unos trofeos exclusivos de aquel país para la colección privada de un amigo que estaba haciendo un museo de las especies de caza mayor de todo el mundo, para lo cual se contrataron los servicios de una compañía local que organizaba cacerías allí o, al menos, eso decían, pues no vi nunca nada tan desorganizado, que mis safaris y campamentos de caza, al lado de aquello, parecía el hotel Hilton.

Caza del muflon en Irán en Trofeo caza y conservacion

En esta expedición venía también mi mujer, Isabel, compañera de muchos safaris africanos, que tenía mucho interés en conocer este país, lo mismo que yo. Llegamos por fin a Teherán vía Suiza, donde ya nos estaban esperando para llevarnos al hotel –que, por cierto, era magnífico–, ultimar todo lo que hiciera falta, pagar el saldo que se debía aparte del depósito, dejar la ropa de los «señoritos» en las maletas custodiadas por el hotel para el regreso y meter en unos sacos impermeables, más a prueba del polvo que del agua, los equipos de caza y aseo personal que al final de la cacería nuestras pertenencias parecerían despojos de piojosos, pues, por lo visto, lavar nuestras ropas debía de ser pecado mortal y, al final, al quitarnos la camisa y los pantalones se quedaban «plantados» como si fueran espantapájaros.

Al día siguiente, muy temprano, vinieron a buscarnos al hotel con dos vehículos todoterreno cargados hasta los topes con equipos, entre ellos tiendas de campaña, sillas plegables, comida no perecedera, como conservas y un largo etcétera, además de incontables melones, pues se ve que era la temporada de ellos y estaban buenísimos. Además de dos chóferes-mecánicos venía el guía oficial y el supuesto cocinero, una persona que ya tendría unos sesenta años, de corta estatura, sonriente y diciendo very good, que era lo único que sabía en inglés, siempre amabilísimo. El resto de los rastreadores necesarios los irían contratando en las diversas zonas que visitaríamos, que eran los que conocían perfectamente su terreno, hábitos y la distribución de los terrenos, como es lógico.

Después de cargar nuestras pertenencias entre melones, menos mal que con sacos impermeables «antimeloneros», pero quedándonos a mano con unos gruesos chaquetones, pues hacía un frío que pelaba y, en las montañas donde cazaríamos, se podría ¡helar el hielo!

El campamento

Para el comienzo de la expedición fuimos a un pequeño poblado en medio de las montañas, llamado Ayán, y desde allí, con los guías locales, recorrimos valles y montañas, volviendo al pueblo para «el arrastre», a la casa de madera que era nuestro hogar temporal, que al principio nos pareció «infecta», pero, según pasaban los días, con las caminatas mortales, al final nos parecía algo así como el Palace de Madrid, pues, como dice el refrán, «a buen hambre, no hay pan duro».

Poblado de Ayán en Trofeo caza y conservacion

Por cierto, la primera noche que dormimos allí, en unos camastros que parecían martirios chinos, de las novelas de Emilio Salga comenzó a picarme el cuerpo sin poder dormir. Isabel estaba en otro camastro a un metro de mí, pero no decía nada ni se quejaba. Por fin, no pude aguantar más, la desperté y le pedí me diera la linterna para ver qué me ocurría, pensando que me había dado un ataque de urticaria al haber comido alguna porquería sin darme cuenta, cosa bastante habitual por aquellas latitudes, pero cuando encendí la luz lo que encontré dentro del camastro fueron incontables pulgas por todas partes que, si me descuido, se me habrían comido vivo

Luego me enteré de la razón de aquella masa pulguera, porque aquellas casas de madera estaban montadas sobre unas estacas, a una altura de veinte centímetros sobre el suelo, y ese espacio lo llenaban de excrementos secos de camello, muy abundantes en la zona para múltiples destinos. Los referidos excrementos formaban una capa aislante con el frío suelo, donde las pulgas encontraban condiciones ideales para vivir, criar y multiplicarse como una maldición… Momento óptimo que parece encontraron conmigo, pues a Isabel la ignoraron absolutamente. En vista de lo visto, me metí de nuevo en el camastro, pero provisto de un gran bote de aerosol insecticida, me cerré hasta el cuello con la ropa de la cama, al tiempo que regaba con el insecticida hasta el último rincón del camastro en la que se había convertido, al menos el mío, en una trampa mortal de tanto rascarme… Vaciado el bote de insecticida, abrí el campo de batalla encontrando puñados de pulgas muertas por todos lados, las cuales, sin el menor respeto por las fallecidas pulgas, sacudí por la vetusta ventana, regresando a la cama y que fuera lo que Dios quisiera, pero se ve que la revolución roja pulgosa había fracasado, dejándome tranquilo, pero con el cuerpo como si me hubiera tatuado con tantísimo picotazo

Camello en Trofeo caza y conservacion

Otra perla de aquella casa fueron los servicios sanitarios que, según los organizadores eran magníficos, pero, como dice el refrán, «del dicho al hecho hay un trecho» –pero en este caso calculo que unos diez mil kilómetros–, y a Isabel casi le da un infarto cuando lo vio, pues aquella descrita maravilla consistía en una esquina del jardín con un agujero en la tierra, con un viejo asiento totalmente desvencijado que, a cada minimovimiento, amenazaba con lanzarle a uno de cabeza en el poco deseable agujero.

Además, esta selecta toilette estaba situada fuera de la casa, pegada a un pequeño muro de piedra que la separaba de la calle, pero con el problema de que el muro solo tenía algo más de un metro de altura, con lo cual, cuando uno se sentaba allí haciendo equilibrios para realizar sus ineludibles necesidades fisiológicas, se quedaba con medio cuerpo en el aire y a la vista de todo el mundo, y algunos se paraban para saludar o, al menos, eso creíamos, pues, desde luego, no teníamos idea de lo que nos decían, siempre muy sonrientes.

La ducha o baño allí nadie sabía lo que eso significaba, con el resultado de que entre la función «íntima-pública» de ir «al servicio sanitario» y la falta de agua caliente para lavarnos, al final se convirtió en una especie de martirio chino, especialmente para Isabel que necesitaba la correspondiente intimidad y tuvimos que improvisar mil trucos para que así fuera…

Muflon en Trofeo caza y conservacion

Primera mañana de caza

Salimos muy temprano en dirección a unas montañas que estaban a unos doce o catorce kilómetros de distancia en uno de los vehículos todoterreno, con un total de seis personas, incluido el guía local que conocía aquellos terrenos como la palma de su mano o, al menos, eso decía él. Por fin, entre saltos y baches, que resistió de forma admirable el todoterreno de fabricación rusa, llegamos a la tierra de promisión, dejando el vehículo a la sombra del único árbol medio frondoso había por allí, comenzando la escalada hacia un punto desde el cual se dominaba mucho terreno en todas las direcciones, para desde allí, con la ayuda de los prismáticos, intentar localizar algo de lo que nos interesaba, aguantando un aire frío que nos ponía los pelos como clavos tiesos.

Isabel, Tony y el personal que los acompañaba en las cacerías, comiendo `cómodamente´ en un `restaurante´ iraní en cumbre de una montaña en Trofeo caza y conservacion

Isabel, Tony y el personal que los acompañaba en las cacerías, comiendo cómodamente´ en un `restaurante´ iraní en la cumbre de una montaña.

Finalmente, el guía de la zona, indebidamente criticado a priori por creer que no estaba muy ducho en la materia, como sí lo era, de repente estiró el brazo señalando a la cumbre de otra montaña paralela, donde había un grupo bastante grande de carneros pastando, la verdad no sé qué, pues allí no se veía crecer nada excepto pedruscos por todas partes, pero, como dice el refrán, «de ilusión también se vive» y pienso que aquellos animalitos ya sabrían lo que se hacían.

Iran la caza antes de los ayatolás en Trofeo caza y conservacion

Después de mirarlos y remirarlos con los prismáticos, vimos que había un gran ejemplar entre ellos, pero totalmente fuera de tiro con posibilidades de éxito, por lo que organizamos un nuevo plan. Lo primero fue asegurarnos de la dirección constante del viento para evitar que pudieran olfatearnos y desaparecer en segundos. Una vez visto esto claro, observamos que el único medio de podernos aproximar era descender de nuevo al valle, pero por detrás de la montaña para que no pudieran vernos y, desde allí, comenzar una nueva ascensión. Dicho y hecho, comenzamos la subida resoplando y maldiciendo, pues aquel lado de la montaña estaba cubierto por una especie de grava resbaladiza, muy incómoda de pasar, que nos hacía caer constantemente de rodillas.

Cuando llegamos a unos doce o quince metros de la cumbre, todo el mundo se paró quedando en el mayor silencio, mientras que el guía y yo, con el rifle preparado, seguimos subiendo hasta unas grandes rocas que nos ocultarían y, desde donde podríamos ver, sin ser vistos, el rebaño, seleccionando nuestra pieza. Como dos sombras llegamos a las rocas, quedándonos quietos unos minutos para recuperar la respiración y bajar las pulsaciones, que en aquel momento parecían una traca de mi tierra valenciana

Ya recuperado y despacio como una tortuga con reuma, muy lentamente fuimos mirando entre dos rocas, con mi rifle del .300 Magnum Holland&Holland, a ver dónde estaba aquel gran macho, pero sin ver nada, ni grande ni pequeño, estirando el cuello con el mismo resultado negativo, hasta que noté unos golpecitos en el hombro y, al volverme, el guía me señaló al fondo del valle donde estaba todo el rebaño quieto y mirando en nuestra dirección…, con lo cual estaban ya a mil años luz de nosotros. Se ve que aquel rebaño había sido víctima de algún otro intento de meterles mano y se las sabían ya de la ‘A’ a la ‘Z’ en su autodefensa de sobrevivir como fuera…

Gloriosos fracasos

Después de aquel glorioso fracaso el guía no sabía qué decir, pero me callé, pues, por experiencia propia, sé que esto es el padrenuestro de la caza, empezando por mí y el que diga que nunca tuvo uno de estos fracasos o miente como un bellaco o es un indigente mental profundo… Personalmente, perdí la cuenta de las embarcadas con que me obsequiaron durante mis interminables años en África, pero de buena fe, pues cada cual tenía su sistema de validar la categoría del trofeo que, lamentablemente, solían ser bastante dispares… Después de tantos años, estas notas me han traído a la memoria una anécdota que perduró muchos años, que puede aún se conserve en algunos rincones perdidos del antiguo Congo Belga, Sudán y el Ubangui-Chari (actual República Centroafricana), cuando cazaba los elefantes por el marfil, algo que hoy suena ya a fantasía folklórica

Yo tenía la buena o mala costumbre de soltar tacos, pero nunca jamás una blasfemia, de lo que soy enemigo mortal. Cuando seguía el rastro de un elefante y lo alcanzábamos, si era un buen ejemplar, sin casi darme cuenta, pues me salía espontáneamente, se me escapaba como frase de admiración la palabra «¡coño!», la cual se hizo popular entre mis rastreadores, hasta el punto de que al ver al elefante me preguntaban: «Señor ¿este elefante es coño?», para saber si lo cazaríamos o no y estar preparados para la acción… Pero mucho me temo que, a la vista del triste y negativo presente, que empeora por toda África para los elefantes, aquel «¡coño!» de admiración que se me escapaba sin darme cuenta, ya pasó a la historia sin esperanza de recuperación, pues por mucha inteligencia artificial que tengamos, que yo sepa todavía no se ha podido resucitar a un muerto y ¡menos un elefante!

Después de unos días entre pulgas, toilettes y sus funciones realizadas a la vista del interesado público, conseguí cobrar aquellos carneros cuando la lengua me llegaba ya a la rodilla por culpa de las subidas y bajadas a toda mecha detrás de aquellos inmortales animales, a los que terminé odiando cordialmente, con lo cual, además, descubrí la cantidad de mentiras y fantasías que me habían contado unos «supuestos» especialistas en la caza de alta montaña, con disparos a ochocientos metros en el momento dramático en que se ponía y desaparecía el sol en el horizonte y memeces por el estilo, supongo que intentado impresionarme, lo cual conseguían plenamente, pero no de la forma pretendida, más bien todo lo contrario, pues el sentido común también sirve para algo y no tengo inconveniente en confesar lo muchísimo que admiro a los verdaderos cazadores de montaña por todo lo que eso significa, pudiendo estar tranquilos de que nunca me verán competir con ellos, quizá si la caza se realizara «cuesta abajo»…

Pero esas sesiones hacia arriba, en la que al final casi se pisa uno la lengua, que cada tres pasos se descolgaba dos centímetros, mucho me temo que no son para mí, pues andar cinco o seis horas detrás de un elefante era normal en mis actividades, con la excepción que me di para cazar un antílope bongo en el monte Kenya, con un frío que se quedaba uno tieso, pero que, a fuerza de maldecir entre las cañas de bambú, pude cobrar y ahora, después de tantos años, lo tengo montado desde el pecho, en un gran trabajo que realizó mi buen y desaparecido amigo Vicente Gamarra, el sevillano que fue uno de los más grandes taxidermistas españoles de todos los tiempos.

Tony Sánchez Ariño y su equipo mostrando un magnífico carnero abatido en Trofeo caza y conservacion

Tony Sánchez Ariño y su equipo mostrando un magnífico carnero abatido.

(continúa…)

Texto y fotos: Tony Sánchez Ariño