Su hábitat predilecto son las cuerdas rocosas de Gredos, entre los 1.800 y los 2.300 metros de altitud, donde se mueve con una facilidad que deja sin aliento al más entrenado de los cazadores. Pero es durante el celo, entre finales de noviembre y diciembre, cuando la montaña cobra vida con un espectáculo único.

El celo en las alturas
El celo del macho montés es un momento vibrante y salvaje. A diferencia de otras especies, aquí son las hembras las que marcan el lugar y el ritmo. Suben a las zonas más elevadas y expuestas, buscando la protección de las alturas para mantener a salvo a sus chivos del lobo. Este comportamiento obliga a los machos a ascender también, desafiando pendientes extremas y condiciones meteorológicas adversas para llegar hasta ellas.
La escena es sobrecogedora: grupos de hembras en equilibrio sobre crestas imposibles, y los machos, en pleno celo, compitiendo con dureza por cubrirlas. Las luchas entre ellos no son escaramuzas simbólicas: son verdaderos combates de fuerza bruta, donde los cuernos chocan provocando en ocasiones daños en los tan cotizados trofeos.

El estruendo del celo
Uno de los aspectos más impactantes del celo del macho montés de Gredos es el sonido. Desde más de un kilómetro de distancia puede oírse el eco de los choques entre los cuernos de dos machos adultos. El sonido metálico y profundo reverbera en las paredes de granito, y es en sí mismo un reclamo, una declaración de poder.
Presenciar una pelea entre dos machos grandes es un privilegio. A menudo, las luchas duran varios minutos y pueden terminar con uno de los ejemplares despeñado o herido. La montaña no perdona a los débiles.

Consejos para la caza del macho montés durante el celo
Cazar un macho montés de Gredos en esta época es una experiencia tan exigente como gratificante. Aquí van algunos consejos prácticos, y diferentes, que pueden marcar la diferencia:
1. Entrenamiento específico de piernas y equilibrio: no basta con andar. Hay que saber andar en roca, moverse con seguridad en pendientes inestables y tener fuerza para ascensos y descensos bruscos. Un cazador sin preparación física sufre más y comete errores que pueden echar a perder el rececho.
2. Usa el oído, no sólo los prismáticos: en el celo, los combates son audibles a grandes distancias. Si el día está tranquilo y sin viento, detente a escuchar antes de continuar. Ese «¡clac!» profundo de los cuernos te puede ahorrar una subida innecesaria.
3. Ten paciencia y acepta el fracaso: el macho montés puede estar en movimiento constante durante el celo. Te acercas y se ha ido. Otra vez. Lo importante es no precipitarse. Muchas cacerías fracasan por impaciencia. Aquí manda el tiempo, no el reloj.
4. Elige bien tu óptica y calibra tu equipo para la altura: las diferencias de presión y temperatura afectan al comportamiento del proyectil. Si usas un visor con torretas balísticas, calibra para altura real.

Una historia de tres flechas
No todas las cacerías que se recuerdan son las que salen bien a la primera. Algunas se graban en la memoria, precisamente, por lo contrario. El pasado diciembre acompañamos a un arquero europeo apasionado de la caza de montaña, cuyo sueño era cazar un macho montés de Gredos durante el celo, con arco de poleas.
Sabíamos que no iba a ser fácil. La climatología era dura, con mucho viento y el terreno exigente. Desde el amanecer hasta media mañana no vimos más que hembras y algún joven inquieto. Seguimos ascendiendo, ganando visibilidad, cuando al fin localizamos un macho solitario, majestuoso, cortejando a un grupo de cabras en una cresta elevada.
La distancia inicial era de 600 metros, imposible para el arco. Iniciamos una entrada larga, silenciosa, bordeando un canchal y usando una lengua de piornos para ocultarnos. Tras casi dos horas de avance lento, conseguimos reducir la distancia a 40 metros, el límite efectivo para nuestro cazador.

La tensión era máxima. El cazador tensó, apuntó… y la flecha pasó alta. El macho, desconcertado, pero sin identificar el peligro, se movió unos metros. Aprovechamos un giro del viento para rodearlo desde el lado opuesto. Segunda oportunidad. Otra flecha, otro fallo. Esta vez por la izquierda.
La moral estaba baja, pero sabíamos que el macho no nos había detectado con claridad. Tuvimos que esperar. Durante más de dos horas observamos sus movimientos y los del rebaño. Finalmente, cuando el sol empezaba a esconderse y el viento amainó, conseguimos una tercera posición, esta vez más baja, con algo de cobertura.
El cazador respiró hondo, tensó su arco por tercera vez, y soltó. La flecha voló tensa y certera. Impactó con fuerza, limpia, justo detrás del hombro. El macho montés cayó tras recorrer apenas 30 metros.

La emoción fue indescriptible. No sólo por el animal, un macho de 15 años con una cuerna abierta y bien formada, sino por lo que significaba. Tres intentos, todo el día en la montaña, y una flecha final que resumía meses de preparación y años de deseo.
Texto y fotos: Alfonso Prieto

