El arruí y la cabra montés: historia, comportamiento y situación actual en España

Dos especies emparentadas que representan la dualidad entre conservación y caza en la fauna ibérica.

 

A pesar de ello van a permitirme los lectores, por lo que les estaré muy agradecido, que incida en el tema redactando unas páginas con el único fin de recordar los conocimientos que muchos tenemos sobre ciertos aspectos de estos animales como pueden ser los relacionados con su origen, comportamiento y caza. Dicho esto, comencemos con el arruí (Ammotragus lervia**) y la cabra montés (Capra pyrenaica***) especies muy emparentadas entre sí desde el punto de vista filogenético, esto es, desde el punto de vista evolutivo, puesto que ambas pertenecen a la tribu Caprini de la subfamilia Bovinae y familia Bovidae.

El arruí –también conocido como oled, oveja de Berbería, carnero de Berbería, oveja bereber, muflón del Atlas– tiene como origen los terrenos rocosos y abruptos de montañas y desfiladeros del Sahara africano. En España se introdujo entre 1970 y 1972 un total de once machos y veintiuna hembras en el macizo montañoso de Sierra Espuña (Murcia-Almería) y, posteriormente, algunos ejemplares en otras zonas como Canarias, Sierra Morena y Montes de Toledo. Su evolución fue del todo positiva convirtiéndose en una especie venatoria bastante apreciada.

Pero, pasado el tiempo, su comportamiento alimentario, poniendo en peligro de extinción a vegetales endémicos insulares y compitiendo por el alimento con otros animales como lo puede ser la singular cabra montés, pasó a ser considerado especie exótica invasora y como tal condenado a desaparecer.

 

Situación actual del arruí

Este hecho y su aplicación práctica es por todos conocidos. Recordémoslo brevemente: un Real Decreto de 2013 incluía al arruí en el catálogo español de especies exóticas invasoras aplicando una excepción a la región de Murcia; en el 2016 la sala tercera del Tribunal Supremo dictaba una sentencia por la que venía a declarar la nulidad de la exclusión de la población murciana del arruí, debiendo quedar dicha especie incluida en todo el territorio nacional sin excepciones (sentencia derivada de un recurso contencioso-administrativo interpuesto por CODA-Ecologistas en Acción, SEO (Sociedad Española de Ornitología) y AEMS-Ríos con Vida (Asociación para el Estudio y Mejora de los Salmónidos); y, por último, la Ley 7/2018 de 20 de julio precisaba encontrar una solución que compatibilizara la protección del medio ambiente, conforme a la sentencia del Tribunal Supremo, con la actividad y empleo del sector cinegético, por lo que el arruí podía ser objeto de caza en aquellas áreas que, al estar ocupadas desde antiguo, su presencia no supusiera un problema ambiental.

Así, este ungulado tan original, con sus melenas recorriendo el pecho desde la parte baja de la garganta y prolongándose por la porción frontal de las patas delanteras, puede hacer tranquilamente su vida en ciertas regiones españolas sin el temor a ser erradicado, solamente controlado mediante caza regulada por la administración correspondiente.

 

Rasgos interesantes de su comportamiento es que vive en agrupaciones familiares constituidas por un macho adulto junto a algunas hembras con sus crías; que con frecuencia se aíslan los machos viejos y las hembras preñadas; que en época calurosa se refrigera buscando lugares frescos arrodillándose y escarbando el suelo húmedo con los cuernos, los cuales actúan como radiadores de su temperatura interna; y que si no tiene agua disponible a su alcance está facultado para pasar largos periodos sin beber, a veces varios meses seguidos.

Personalmente, nunca tuve la ocasión de cazarlo, no puse interés en ello, no es un animal que atraiga poderosamente mi atención. Sin embargo, sí acompañé a cazadores que iban tras él, teniendo entonces la oportunidad de observarlo en su propia salsa. Y lo cierto es que queda un magnífico recuerdo el descubrirlo después de una penosa ascensión por el monte buscándole las vueltas para ponerlo a tiro de rifle.

 

La montés

Pasemos ahora a la cabra montés (cabra saltvage, basahuntz pirinear, hirco). A diferencia del primero esta extraordinaria especie es exclusiva de la Península ibérica con dos subespecies****, victoriae, distribuida por Sierra de Gredos, Las Batuecas, La Pedriza y Riaño, e hispánica, que ocupa todo el arco montañoso perimediterráneo desde la desembocadura del río Ebro hasta el Peñón de Gibraltar y Sierra Morena.

Su historia ha estado salpicada de varios acontecimientos importantes. En las postrimerías del siglo XIX los famosos cazadores ingleses Abel Chapman y Walter J. Buck escribían en una de sus célebres obras que la cabra hispánica estaba sufriendo una grave crisis que, de no remediarla, la llevaría a la extinción. Y añadían que, por fortuna, cuando la cabra «estaba dando las últimas boqueadas» entrado ya el siglo XX, justo en el año 1905, los propietarios del Núcleo Central de Gredos cedieron al rey Alfonso XIII los derechos de caza.

A partir de entonces, establecido el Coto de Caza Real, el rey comisionó al marqués de Villaviciosa de Asturias (promotor de los dos primeros Parques Nacionales de España en 1918, el de la Montaña de Covadonga y el del Valle de Ordesa), para destacar una fuerza adecuada de guardas (fueron seis, elegidos entre los mismos cabreros que cazaban por aquellos lugares). De este modo, en 1910 el número de cabras que en 1905 se contaban con los dedos de la mano superaba las trescientas cabezas. Se puede decir que en nuestro país fue la primera medida de protección de una especie animal.

 

En lo que se refiere a su comportamiento, cuando hace buen tiempo es más bien nocturna pasando casi toda la noche en los pastos, abandonándolos cuando amanece para buscar el encame en alguna cueva o en algún lugar con sombra. Por el contrario, en invierno es más diurna, calentándose al sol durante horas acostada, por lo general, sobre una lastra. Va en grupos, desde uno hasta treinta o cuarenta ejemplares cuando son abundantes y es típico el caso del macho viejo acompañado de uno o dos machos jóvenes, siempre separados de las hembras reuniéndose con ellas en la época de celo, últimos días de noviembre, diciembre y enero. Bastante sedentaria, muy querenciosa en los lugares en los que transcurrió su crianza, cuando llega a zonas heladas o nevadas procura cruzarlas por los sitios más estrechos, atravesando los heleros perdiendo altura, sesgada hacia abajo y a buena velocidad.

Al contrario que el arruí no tiene ningún impedimento serio a ser cazada. Se estima que el número de individuos repartidos por los veintisiete núcleos poblacionales es de aproximadamente cincuenta mil y que el número de ejemplares abatidos en la temporada de caza de 2017-2018 fue de once mil quinientas.

Al contrario del arruí, esta especie siempre me llamó la atención por su magnífica estampa y por los tan bellos paisajes que frecuenta. Por estos motivos me embarqué hace años (1994 y 1996) en dos cacerías, ambas por terrenos granadinos, la primera en Las Alpujarras y la segunda en Sierra Nevada. En Las Alpujarras, luego de una larguísima y extenuante caminata, fallé el disparo a un machete, pasando la bala, según el guarda que me acompañaba, a poca distancia de la mandíbula del animal.

 

No me da reparo decir que unas pocas lágrimas afloraron a mis ojos por la gran decepción que experimenté y por la congoja de pensar en lo que me quedaba por desandar hasta llegar al coche. Pero, por fortuna, dos años después en Sierra Nevada me desquité con largueza.

Y digo con largueza porque abatí dos machos regulares en un curioso lance: resultó que dos viejos machos se habían unido a cinco machos jóvenes; cuando el guarda me dio la orden de disparar lo hice, pero, al parecer erré, por lo que me dijo que continuara disparando y otra vez, también al parecer, no acerté al blanco; entonces todos los ejemplares se fueron desplazando al trote hacia un profundo barranco y, al quedar parados por un instante, disparé la tercera vez destrozando la bala el brazuelo derecho del animal; fue entonces cuando decidieron pistear la cabra herida un amigo mío junto con el guarda, pues yo no me veía con fuerzas para afrontar el descenso y mucho menos el posterior ascenso; pasaron dos horas, oí algunos disparos y cuando con los prismáticos enfoqué a los «cobradores», observé con gran sorpresa que cada uno de ellos portaba una cabeza de cabra.

¿Qué había ocurrido?: el primer disparo dio en el blanco, la bala entró por el brazuelo hasta el intestino, de manera que, cuando llegaron al fondo del barranco, se encontraron con las dos cabras, una expirando y la otra renqueando por una pendiente. Repito, me desquité con largueza.

Aclaraciones

*Artiodáctilos (del latín artios, «completo» y daktulos, «dedo») (o ungulados de dedos pares del latín ungulus, «uña»): mamíferos cuyas extremidades terminan en un número par de dedos, de los que, al menos, dos se apoyan en el suelo.

**Ammotragus lervia (oveja de la arena) (ammotragus: del griego ammos, «arena» y tragos, “cabra”; lervia: referido a una oveja salvaje norteafricana llamada lerwee por el reverendo T. Shaw en su obra Viajes y observaciones sobre partes de Berbería y Levante).

***Capra pyrenaica (cabra de los Pirineos) (capra: del latín capra, «cabra» y pyrenaica, «perteneciente a los Pirineos»); (subespecie victoriae: de la reina Victoria Eugenia de Battenberg, esposa de Alfonso XIII); (subespecie hispanica: del latín hispanica, «perteneciente a España»); (subespecie lusitanica: del latín lusitanica, «perteneciente a Lusitania»).

****Con las subespecies victoriae e hispanica de Capra pyrenaica coexistían otras dos: lusitanica, extendida por los sistemas montañosos de Galicia y Portugal desaparecida en 1892, y la pyrenaica (bucardo) del parque nacional de Ordesa, cuyo último ejemplar, una hembra, murió en el 2000.

 

Texto y fotos: Antonio Notario Gómez

Dr. ingeniero de Montes