Quién no recuerda aquellos inicios venatorios en plena niñez, sin poder conciliar el sueño la noche anterior, deseando que el despertador sonara cuanto antes, o en el coche y durante el viaje hacia la finca, haciendo mil preguntas propias de la curiosidad de un niño lleno de ilusión y mezcladas con alguna cabezada fruto del madrugón. Unas horas después, llegando a la junta en la que, junto a amigos monteros, disfrutarían de una nueva montería.
Todos o casi todos los que nos consideramos cazadores hemos podido disfrutar de esas vivencias y enseñanzas junto a nuestros padres, que forjaron con sus sabios consejos el que, hoy en día, practiquemos la caza como mandan las tradiciones y el buen hacer cinegético.
Y para poder describir estas enseñanzas de una manera fidedigna, me permito la licencia de contar una historia que, seguramente, muchos de los que lean este artículo se sentirán muy identificados.
Y la historia comienza así: «Recuerdos de la primera montería. Aprendiendo a montear. Capítulo 1»
El día anterior, el joven futuro montero era un manojo de nervios. Era la primera vez que iba a montear después de mucho tiempo insistiendo a su padre para que le dejara asistir a su primera montería.
Su padre, con el buen criterio de un montero bregado en mil batallas esperó a que tuviera unos pocos años más, no muchos, para nombrarle su secretario.
Los preparativos fueron intensos y el primer consejo que recibió fue el ser organizado y no dejar para el último momento la preparación de todos los archiperres monteros.
El joven aprendiz había avasallado con un sinfín de preguntas a su paciente e ilusionado padre durante toda la semana. Le fue dando algunas pistas con las que lo único que consiguió fue aumentar el nerviosismo del aprendiz de montero. «Hijo, tenemos por delante unos 350 kilómetros, toca madrugar bastante, vamos a montear una preciosa mancha cordobesa y tengo la certeza que, con tu compañía, va a ser un día muy especial».
Llegó el día marcado en el calendario. De madrugada, sin que hubiera sonado el despertador, ya se había despertado varias veces y cuando, por fin, el agudo sonido del reloj anunciaba que había que levantarse, el pijama voló y en unos pocos minutos ya estaba vestido con sus mejores galas de montero.
Cargar el coche, salida hacia la finca y siempre, como decía el maestro, con un margen de tiempo por si aparecía algún no deseado contratiempo. Cuántas veces en los años que compartió con él, monteando por toda la geografía española, había escuchado la misma frase: «Siempre hay que ser puntual demostrando respeto hacia el organizador de la montería, el resto de monteros y las personas participantes».
Ya en la junta, el joven montero, siempre al regazo de su padre, como una sombra, muy pendiente de sus movimientos y conversaciones. Veía como saludaba al organizador, facilitaba sus datos personales y, posteriormente, con tiempo de sobra, podía compartir esos momentos tan especiales degustando unas buenas migas y esperando con un camuflado nerviosismo el comienzo del sorteo.
Durante el sorteo, el joven aprendiz, bien atento, escuchaba cada detalle de las instrucciones que iba dando el organizador intentando no perder ningún detalle relevante.
De repente, escuchó el nombre de su padre, sintió un leve empujón en la espalda y, con una mirada cómplice entre ambos, supo que la suerte estaba en sus manos. Cogió la tarjeta del puesto y, con los ojos bien abiertos, leyó en voz alta a su padre el nombre de la armada y el número del puesto. Un cachete cariñoso en la mejilla y unas palabras que escuchó lleno de orgullo: «¡Muy bien hijo, una traviesa de las buenas!».
Camino hacia el puesto, el joven aprendiz era un manojo de nervios. De vez en cuando se le escapaba una voz un poco más alta y su padre, con templanza, le hacía un gesto con el dedo sobre sus labios indicándole que guardara silencio.
Ya en el puesto, escuchaba a su padre hablar entre susurros con el postor; hablaban del tiradero, de la ubicación de los puestos colindantes, de cómo iban a batir el monte las rehalas y, por último, una premisa fundamental y de obligado cumplimiento: no moverse del puesto hasta que no viniera a recogernos el postor.
Con el corazón acelerado, ayudó a su padre a preparar todo el equipo. Le iba dando las balas, de una en una, que, con destreza, iba introduciendo en el cargador. Colocó la silla bien asegurada en el suelo y el resto de archiperres al lado de una jara para que no estorbaran.
Entonces su padre le dijo: «Siéntate en la silla y espera a que vuelva».
El joven monterillo se preguntaba a dónde iba su padre y por qué le dejaba solo. Fueron unos pocos minutos que se hicieron eternos, en los que su padre recorrió un tramo de camino andado y, posteriormente, al lado opuesto realizando la misma acción. Al verle llegar y con la inexperiencia que da la juventud, le preguntó, con una expresión en su cara dubitativa, dónde había ido y éste le respondió: «A marcarme con los puestos colindantes». Le explicó que una de las normas prioritarias es saber dónde están tus puestos vecinos, nunca disparar en línea y, de esta forma, se evitan muchos accidentes. Y, para terminar, con mucha solemnidad y seriedad le dijo: «El mejor trofeo del mundo no merece ningún comportamiento que pueda provocar situaciones de peligro para cualquier persona que participe en la montería».
Los portones fueron abiertos por los perreros y la sierra se llenó de ladras y carreras entre los jarales. El joven aprendiz observaba a su padre y vio su mirada llena de emoción escuchando las roncas voces de los perreros animando a los valientes.
En pleno fragor de la montería y, en el testero a pecho enfrente que tenían, vio un tarameo en el monte y escuchó el inconfundible sonido de las jaras tronchadas. Inmediatamente, con un susurro casi imperceptible, avisó a su padre que, guiñándole un ojo, agradeció su aviso. Lo que no sabía es que el maestro, con la experiencia que dan los años, ya había avistado y escuchado antes el movimiento del monte y que, posiblemente, era un cochino zorreado escapando del lejano eco de las ladras de las rehalas.
Su padre, con los nervios templados, sujetando con firmeza el rifle, sin quitar aún el seguro y muy atento a la dirección que tomaba el tarameo hacia un clarete por el que intuía que iba a cruzar. Escuchó el clic del seguro y, de repente, ¡pum!, la detonación retumbó por todos los rincones del monte. Su padre esbozó una sonrisa de satisfacción, sabedor de que había cumplido con éxito el lance.
El primer impulso del joven aprendiz fue poner pies en polvorosa y dirigirse hacia donde el cochino, previsiblemente había caído. Una mano fuerte agarró su brazo y con sobrias palabras le dijo que nunca se debe entrar al monte hasta que la montería haya finalizado, a no ser que haya un agarre, el perrero esté lejos y tengamos que ir a rematar –siempre con el cuchillo– y avisando a los puestos colindantes con una voz.
Y todavía queda lo mejor de esta historia montera…
Continuará….
Texto y fotos: Carlos Muñoz
@miradasmonteras