La suerte está de mi lado y hace unos meses que logré obtener mediante subasta un precinto de corzo trofeo en el Parque Natural del Cadí-Moixeró (Lérida). Un enclave único, conocido por su famoso macizo Pedraforca, que alberga una riquísima biodiversidad donde habitan especies tan singulares como el rebeco pirenaico, el urogallo o el inconfundible pito negro.
Tras un largo viaje, con nervios, incertidumbre y, sobre todo, ilusión ante una modalidad salvaje y ancestral como es recechar un corzo de alta montaña, llego a la localidad de la Seu de Urgell donde me hospedaré por los próximos dos días.
La noche se hace larga e insomne, pensando y repensando cuál será el misterioso hayedo o denso robledal donde disfrutaría de las andanzas de los capreolus. A las 5:30 horas suena el despertador e, inmediatamente, me pongo en marcha para revisar concienzudamente todo el equipo preparado la noche anterior.
Unos pocos minutos más tarde, pongo rumbo al prepirineo leridano, en concreto al municipio de Ansovell, donde me esperaría Josep María, el guarda de caza de la zona. Una vez presentados y revisada la pertinente documentación, nos ponemos en marcha.
Los primeros kilómetros los recorremos en vehículo hasta llegar a una zona de verdes praderas donde comenzaría nuestra andadura. La belleza del paisaje es fascinante, quedando ensimismado por los peculiares y escarpados riscales que coronan lo más alto de las cumbres de las sierras del Cadí y Moixeró.
Es época de celo en el norte peninsular, los días empiezan a acortar y tras la abundancia de alimento que aportó la primavera, las corzas se encuentran en una condición corporal idónea para afrontar su período reproductivo en plenas facultades.
Por ello, y por la dominancia de bosques espesos y cerrados, se nos hace indispensable el uso del reclamo, en este caso sería el buttolo.

Nos situamos en un esquinazo desde donde se domina todo el territorio y comienza la sinfonía de llamadas. No hay suerte y proseguimos el camino, llegando a un segundo pradal. Vuelve a resonar el buttolo y, tras unos minutos de espera, aparece un macho de corzo y, tras él, una hembra.
No estamos bien mimetizados y, sin apenas darnos cuenta, ambos ejemplares encaminan la huida. El tamaño del varón no era reseñable, por lo que nuestra ilusión no desiste en la búsqueda de un individuo cumplido. Reanudamos la marcha ladera arriba, sucediéndose las praderas entre los pinares y sotobosques de boj. Son las 12:00 horas y la fortuna sigue ausente; así pues, decidimos almorzar y probar suerte por la tarde.
El sol inicia su descenso y proseguimos la caminata, ahora con la estrategia de localizar algún corzo en lo más profundo del bosque. Se suceden las paradas y asomadas a los diferentes barrancos de la zona, hasta que en uno de esos bosquetes espesos aparece caminando un macho solitario.
La frondosidad de la vegetación es abrumadora, dejando por un momento el corzo su ventana vital al descubierto. El corzo cumple con las características del permiso y, sin pensarlo, aprieto el gatillo.
Al instante el corzo sale despavorido, cesando repentinamente los cantos de carboneros, pinzones y currucas, quedando envueltos en el sobrecogedor silencio de la sierra. Todo ha sucedido muy rápido y ni siquiera el guarda ha logrado ver si el disparo ha sido efectivo.
Nos aproximamos al sitio del lance y alrededores, con el fiasco de no vislumbrar evidencias de sangre. De hecho, el corzo había salido corriendo sin muestras de flaqueza, escurriéndose rápidamente por lo más profundo de la espesura.
Con pesar, esto nos llevó a concluir que el corzo quedó intacto, pero con la satisfacción de que la caza es así y, en esta ocasión, él y su prometedora descendencia habían ganado la partida. Recogemos los bártulos e iniciamos la vuelta comentando y reflexionando sobre lo ocurrido.

Al día siguiente volvemos a intentarlo manteniendo la misma táctica: ir realizando ojeadas en las praderas, si bien esta vez sería en una zona limítrofe con la de la anterior jornada. Son las 7:30 horas y nos encontramos al borde de un regato observando una de las inmensas praderas de estas sierras ilerdenses.
Empieza el guarda con la retahíla de reclamos, cuando, a los pocos minutos, por nuestra margen izquierda, aparece una corza cruzando la pradera. Los nervios nos invaden, pues sabemos que tras ella puede aparecer su pareja de baile. Y así es: a escasos veinte metros de la hembra aparece un bonito macho.
Inmediatamente miro al guarda esperando su conformidad. Son escasos segundos, pero intensos y emocionantes. Tras el visto bueno de mi acompañante y estando el corzo completamente ladeado, suena el estruendo del .270.
El animal resiente claramente el disparo, aunque emprende la carrera, que logro cortar con un segundo disparo justo antes de poder camuflarse en la vasta arboleda. Una emoción inmensa nos asalta: la alegría de ganar la partida a estos pequeños cérvidos en un paraje tan mayúsculo y singular es inigualable.
Nos acercamos al corzo para disfrutar de su finura y elegancia, procediendo posteriormente con las fotografías y evisceración. Llega el momento de mostrar todo nuestro respeto y agradecimiento a la pieza abatida, aprovechando al máximo su carne y dejando para la fauna carroñera sus partes más vitales.
Una vez guardada la carne y el trofeo en nuestras mochilas, retornamos al coche, con una profunda satisfacción por la experiencia vivida en una de las sierras más bonitas y desconocidas de nuestra querida España. Y, como siempre, con ese sinsabor de la caza, por lo compungido de arrebatar una vida para darle vida eterna en nuestras memorias.
Texto: Rodrigo Perea García-Calvo, ingeniero agrónomo

