Un día 12 de julio te vi por primera vez entrando, sin hacer ruido, al cebadero. Te vi grande, con el morro corto y pensé: “¡Menudo bicho!”. Me eché el rifle a la cara y el ruido de un coche te hizo huir como un rayo. Desde ese momento pensé que algún día nos veríamos cara a cara, que me costaría algunos kilos de maíz y más de una espera.
Pasaron los días y entrabas a comer cuando querías, a deshoras, y una marrana con sus rayones te quitaban la comida. Dejé de hacer esperas, pero cada tres días ponía comida, miraba las pisadas, las fotografías y sabía que aún venías a comer.
Llegaron las vacaciones de verano: piscina, río, campo, espera en los almendros, en los trigos, pero de ti no me había olvidado. Te seguí echando comida. El día 24 de agosto fui de espera a buscarte.

A las diez de la noche oí un ruido en el cebadero de repente, cogí el monocular nocturno y muy nervioso miré: era la hembra, carrera para arriba, carrera para abajo… y yo, disfrutando, mirando. Estuvieron hasta que se hincharon a comer. Aguanté hasta las dos de la madrugada y no apareciste.
Al día siguiente volví a esperarte y regresó la hembra con las crías. Hicieron lo mismo y a las once y media se fueron; pero, a los diez minutos, oí una ramita romperse y estuve muy nervioso y atento, pensando: “¡Ya estás aquí!”. Te oí comer, cogí el monocular y me quedé de piedra. “¡Ostia, un tejón!”. Me llevé un chasco. Lo tuve comiendo dos horas, me cansé de observarlo comer y me fui a casa.
Al día siguiente, con el recelo de ver si habías entrado, cogí cinco kilos de almendras.
Al llegar cebadero, ¡bingo!, allí estaban tus huellas. Te puse las almendras porque sé que es un caramelo para ti. Dejé de ir al cebadero durante dos días y, al tercero pensé: “Esta noche va a ser muy especial para mí y mi amigo Héctor”.
Tiene solo 16 años, ya tiene su permiso de armas y es un fanático de la caza. Le mandé un WhatsApp diciéndole que las siete y media le recogía, que hoy iba a matar su primer jabalí.
Con los nervios, a las seis le recojo y nos vamos hacia el monte. Por el camino le dije que entraba una hembra con crías y un tejón, y un macho bueno con buenos colmillos.

Llegamos al puesto muy nerviosos. Nos sentamos y cenamos. Llegó la noche. Todo fue bien. Oímos un mirlo y algún conejo corriendo, hasta que el monte se quedó en silencio. A las once, se escucha en el cebadero un animal comiendo y, con señales, le indico a Héctor que pille el monocular y mire, y me responde que hay uno comiendo.
Yo, nervioso, cojo el monocular y le digo que es el tejón, que ha llegado hoy el primero a comer. Le devuelvo el monocular a Héctor para que lo vea y disfrute de este animal bonito y fuerte.
A los diez minutos de estar mirando, me dice: “Toñin, hay un jabalí muy grande enfrente del tejón”. Cogí el monocular rápido, le di el rifle y le dije a Héctor: “Es él, no falles. Si lo matas será el primer macho de tu vida y este lance lo recordarás para siempre”. Héctor se preparó, yo le miraba con el monocular, le decía bajito que no fallara. Le notaba nervioso. De repente, disparó y vi como cayó. Me dijo: “¡Lo he matado!” y le respondí: “¡Claro que sí!”.
Héctor, con los ojos brillantes por la emoción, me dijo: “Vamos a ver, Toñin”. Bajamos al cebadero: estaba tumbado con un tiro certero en el corazón, sin hacerlo sufrir.
Empezamos a darnos abrazos, los dos, con los ojos brillantes, nos hicimos unas fotos para el recuerdo. Fue muy bonito.
Espero que mi amigo Héctor me acompañe a muchas esperas y que nunca pierda las ganas de cazar que tiene. ¡Hay pocos jóvenes a quienes les guste tanto la caza!
Autores: Antonio Villaescusa López y Héctor Martínez Garrido

