El gran oso de Kamchatka

Rusia siempre supone un desafío

La nación más extensa de la Tierra, con una superficie de más de diecisiete millones cien mil de kilómetros cuadrados, la novena parte de la tierra firme que hay en nuestro Planeta, treinta y cuatro veces la superficie de España… es otro mundo, son dimensiones que nos superan.

Osos de Kamchatka en Trofeo Caza y conservación

Seguro que habrá muchas más, pero para mí hay dos Rusias: la de las ciudades y la rural. En un país con las dimensiones de las que hablamos, la mezcla de culturas, condiciones, historia y latitudes, determina una inabarcable variedad de posibilidades. A mí, Rusia me gusta y me gustan los rusos… que no viven en las ciudades.

Las «diferencias» rusas no tiene nada que ver con las que, por ejemplo, podamos tener en España. Si de Cádiz a Asturias hay un mundo, de Moscú a Petropavlovsk lo que hay es un universo.

Alberto Núñez Seoane con el gran oso de Kamchatka.

Con el oso conseguido, un ejemplar espectacular.

He cazado muchas veces en Rusia y espero poder hacerlo muchas más, si los políticos y sus guerras me dejan. Cada una de mis cacerías allí ha sido tan sugerente, lejana –una de otra– y diferente a las otras, que las ganas de vivir y cazar las Rusias que no conozco, cada vez me pueden más.

Llegada con ‘sorpresa’

El vuelo de Madrid a Moscú se hace corto; la escala en el inmenso, desconcertante y caótico Moscú, larga; la conexión entre los dos aeropuertos y la muy excesiva burocracia, interminables. El trayecto desde Moscú a la capital de Kamchatka, Petropavlovsk, tarda nueve horas, lo mismo que desde Madrid a Johannesburgo, en Sudáfrica; pero la diferencia de huso horario del primero hace que la llegada desconcierte y la aclimatación sea más larga y complicada.

En una carpa, habilitada como «módulo de recepción» del aeropuerto de destino, pasamos el control de armas y demás. Cuando salimos no nos esperaba nadie, sería el primero de una serie de interminables y desastrosos capítulos por cuenta de una «organización» más que caótica, diría que hasta temeraria.

Dos horas, largas, después, apareció una señorita, siempre amable y responsable, acompañada de un señor: se identificaron, venían «de parte del que debía haber venido…»; nos llevaron al hotelito en el que nos íbamos a alojar; llegaría entonces el «segundo capítulo»: tenía, en efecto, reservada la estrecha habitación para dos, pero antes de permitirnos subir a instalarnos y descansar, en recepción me dijeron que debía pagar…

El cazadero en Kamchatka en Trofeo Caza y conservación

El cazadero en Kamchatka.

Ojiplático, expliqué el motivo de la estancia, enseñé el contrato con el «organizador», dije que debiera ser él quien pagase la factura, así estaba acordado, puesto que sería allí donde dormiría durante la cacería: que lo entendían, pero que nadie había pagado nada, que si yo no lo hacía no nos dejarían alojarnos. Tiré de tarjeta de crédito, ¡qué iba a hacer!, subimos, nos duchamos y bajamos a cenar: para poder hacerlo y antes de entrar cada día al comedor –salvo para desayunar–, tenía que volver a pasar la tarjeta por «el cobrador», ¡es lo que había!, y no podía elegir, ¿o me vuelvo cabreado a casa, a 14.000 kilómetros de distancia, y mando a donde dijimos y sin preservativo, al impresentable «organizador»?

Era octubre, pero ya hacía mucho frío. Tenía contratada la caza del oso, del alce y del carnero de las nieves. El primer día no pudimos salir a cazar, una fuerte borrasca lo impidió. Las montañas en las que habita el carnero eran inaccesibles, el territorio del alce estaba lejos –por lo que lo había dejado para el final–, hasta donde vivía el oso no podíamos llegar: la zona norte de la bahía en la que se encuentra Petropavlovsk. Esperamos, qué remedio, a qué mejorase el tiempo, no tardó demasiado.

Alberto Núñez Seoane y Susana Borrego en las tierras del oso en Trofeo Caza y Conservación

En las tierras del oso

Las tierras del gran oso

Pasados dos días viajamos hasta las tierras del gran oso. El problema ahora era que la zona estaba atravesada por un interminable rosario de hendiduras del terreno, unas con agua, otras ya con ésta congelada, que en la práctica hacían imposible avanzar por aquellas desangeladas y gélidas latitudes. No es que fuese imposible, es que cada vez que llegábamos a una de estas «rías» teníamos que montar un verdadero tinglado para poder cruzarla, lo que impedía una marcha continuada en un tiempo razonable.

Pregunté, a quien pude, pues el «orgánico» estaba con otro cliente cazando en Magadán y la persona que supuestamente debiera acompañarme nunca apareció –estamos en el tercer capítulo ya–, por el modo de poder desplazarnos hasta el cazadero. Me sugirieron un helicóptero. Los precios que, por si hubiese necesidad, me habían dado antes de la cacería, se doblaron: ¡nadie sabía nada de presupuestos ni gaitas asturianas ni escocesas. Como pude –el piloto sólo hablaba ruso y yo no lo hablo– arreglé un transporte a precio no muy lejos de lo razonable, y allá que nos fuimos.

El viejo aparato, de tiempos de la Unión Soviética, nos dejó en un páramo a escasos kilómetros del cazadero. El acuerdo era recogernos cuando comunicásemos por radio que habíamos terminado y, en cualquier caso, si no hubiésemos terminado antes, pasados tres días, es decir: en la mañana del cuarto. Me quedé con las dudas de si funcionaría la radio…, de si el helicóptero volvería…, en fin. Decidí dejar de preocuparme, ya tendría ocasión de hacerlo cuando se presentase el problema, de lo contrario me iba a amargar la cacería.

El invierno no había llegado aún, pero para un sureño, como lo soy yo, aquello era … ¡pues eso!, ¡Kamchatka!, ¡qué frío, la madre que la parió!

Oso de Kamchatka en Trofeo Caza y conservación

Caminamos, ahora sí, por un terreno fácil, bastante llano, con algunas lomas suaves, sin mucha agua pantanosa en el suelo… bien.

Antes de desembocar en la pequeña bahía a la que nos dirigíamos, hicimos una parada para tomar un tentempié, desempacar bártulos y tiendas, y preparar el campamento en el que pasaríamos los próximos días. Habíamos salido con el alba, el vuelo fue de unas dos horas, por lo que sólo estaba mediada la mañana. Nos acercaríamos luego hasta la orilla del mar, el lugar en que acostumbraban a verse los animales que buscábamos.

Según me habían explicado, en aquel remoto lugar, lejos de cualquier población y aislado de rutas por las que transitase ningún humano, era habitual encontrar grandes osos que acudían a pescar.

Osos de Kamchatka en Trofeo Caza y conservación

El autor con el trofeo, en el impresionante entorno.

La estrategia final

Echamos a andar. El tiempo por fin acompañaba, era un día luminoso, sin viento y tranquilo. Nada más alcanzar la falda de un promontorio, con otra de sus vertientes volcada al mar, nos detuvimos para examinar a conciencia la zona. Al poco tiempo, uno de los dos guías localizó un buen ejemplar. Lo estuvimos observando con detenimiento, el animal estaba a «lo suyo» y todos coincidimos en que se trataba de un buen trofeo. Acordamos, entonces, la estrategia.

Me colocaría con Iván, uno de los dos guardas que nos acompañaban, en una pequeña depresión del terreno que nos serviría de escondite y cortaba la salida natural del oso, una vez volviera tierra adentro a descansar y reposar el «almuerzo». Susana se quedaría donde estábamos. El otro guía, Fiódor, bajaría por la ladera de la loma hasta la orilla y, una vez allí, caminaría hacia el oso; cuando éste lo viera, lo normal sería que el animal dejara la pesca y marchara… hacia donde nosotros lo esperábamos o, al menos, pasara a una distancia factible parar poderle disparar. En principio, Iván y un servidor debíamos alcanzar nuestra postura sin que el oso nos viese, si lo hacía y echaba a correr hacia el interior, ¡adiós que te vi! No había prisa, de modo que fuimos avanzando despacio, con toda la precaución posible. Vigilábamos al animal, aprovechando sus quehaceres pescadores para avanzar con mayor rapidez mientras estaba distraído. Llegamos al sitio que, desde lejos, habíamos elegido, pero estaba completamente encharcado, así que buscamos algún otro que no estuviese lejos, y lo encontramos sin mayor problema.

Oso de Kamchatka en Trofeo Caza y conservación

Detalle de la gran mano del oso.

Una vez instalados, hicimos la señal convenida a Fiódor, que nos estaría controlando con sus prismáticos, para que comenzase a subir y luego descender por la ladera de la colina que cerraba la pequeña bahía. Estábamos bastante seguros de que en cuanto nuestro oso se percatase de que el hombre se le estaba acercando, buscaría refugio tierra adentro: estos animales salvajes ya saben que un humano puede significar peligro de muerte, no por ser adversario para su descomunal fuerza, como es obvio, pero con un rifle en la mano la cosa cambiaba.

Reacción inesperada

Ahora éramos nosotros, Iván y yo, los que mirábamos, ora al oso, ora a Fiódor en su camino hacia el primero. Cuando nuestro compañero terminó de bajar la amable pendiente y echó a caminar por la orilla del agua, el oso tardó muy poco en escamarse: levantándose sobre sus patas traseras primero, avanzando hacia él, después; supimos que lo había visto y estaba alerta; quedaba comprobar si su reacción sería la que habíamos vaticinado y ahora, con muchos nervios de por medio, esperábamos.

Una vez el animal decidió que aquello no le gustaba, «recogió velas» y comenzó a caminar alejándose de la dirección en la que se le acercaba Fiódor. La expectación estaba al máximo: no parecía decidido a retirase al interior, más bien se alejaba de nuestro compañero; de continuar así, supondría el fracaso de la estrategia planeada.

El guarda que se le acercaba comenzó a levantar y agitar brazos y manos, tratando de armar el mayor jaleo posible, dando también algún sonoro berrido por acompañamiento. El oso pareció reaccionar: se detuvo, se volvió hacia Fiódor y después cambió de rumbo y echó a correr … ¡hacia nosotros!

El animal iba de prisa, bastante más de lo que, dada su corpulencia, se podría creer: ¡venía derechito! Momentos como este sólo los puede entender un cazador: no hay nada que se le pueda comparar: mejor o peor, seguro que sí: ¿igual …?, ¡imposible!

Oso de Kamchatka en Trofeo Caza y conservación.

Cuando pensé que estaba a una buena distancia de tiro, me levanté para disparar, no podía hacerlo desde mi posición, pues estaba muy hundido. Encaré el rifle, pero el terreno cedió bajo mis pies, resbalé y para mantener el equilibrio hice todos los aspavientos que pude. El animal me vio, de inmediato giró en ángulo recto, hacia su izquierda –a mi derecha–. Repuesto del resbalón, apunté al oso en plena carrera, corrí la mano al buen estilo montero y solté el zurriagazo del .416RM: le pegué, pero no cayó. 

Nunca espero al resultado del primer disparo, antes de eso ya tengo el rifle de nuevo cargado: mandé el segundo «pepino», que dio con el gran oso rodando por el suelo de Kamchatka: ¡seco!

Oso de Kamchatka en Trofeo Caza y conservación

Tras finalizar la cacería toca celebrarlo.

Texto: Alberto Núñez Seoane
Fotografías cacería: Susana Borrego