Alces en Bielorrusia

Equipo técnico

Rifle: Blaser R8 Professional cal .300
Visor: Blaser 2.8 -20×50
Prismáticos: Blaser 8×30
Muncición: Norma Oryx 200 grains

Objetivo: Alce europeo.
Trofeo: 9 kg, pendiente de homologación.

Si bien es cierto que el nombre de Bielorrusia deriva del eslavo Rutenia Blanca, Rusia Blanca: Biely = Blanco + Rus (nombre de los Rus la población histórica del Jaganato de Rus), también lo es que bien podría derivar de Bellarusia, pues lo cierto es que nos encontramos ante un escenario de una diversidad, antigüedad y riqueza que nos dejará con la boca abierta, al menos en cuanto a lo cinegético se refiere.

Limitando al norte con Lituania y Letonia, al este con la Rusia, al sur con Ucrania y al oeste con Polonia, su capital es Minsk, y allí habríamos volado directamente sino fuera por el conflicto internacional político que mantiene inoperativo este aeropuerto para los vuelos procedentes o con destino UE. Por tanto, en el último momento tuvimos que optar por entrar a Bielorrusia a través de la frontera letona, aterrizando para ello en la fría y húmeda Riga. El cambio de aeropuerto no nos venía tan mal, ya que nuestro cazadero se encontraba casi en la frontera entrambos países, al norte de Bielorrusia, en los límites del Parque Nacional de los Lagos de Braslaw.

Siendo un país completamente llano, no supera los 300 metros sobre el nivel del mar, está dividido en tres zonas geográficas bien diferenciadas: la del norte, abundante en lagos, donde nos encontrábamos; la meseta boscosa central y la parte sur, muy pantanosa y deshabitada, llamada Marismas de Pinsk, y que fue la que sufrió la mayor parte de las consecuencias del accidente de Chernobil (Ucrania).

Con respecto a la fauna y flora nos sorprendió muchísimo su gran diversidad, con el agua como factor desencadenante de la explosión de vida allá donde dirijas tu mirada, y siendo un auténtico paraíso tanto para la mayor (corzos, venados, alces, bisontes, lobos y una población de jabalí que comienza ya a recuperarse de pasados epidémicos) como para la menor…es llamativo el altísimo número de acuáticas y de grullas, con algunos bandos de hasta medio millar de pájaros.

Los bosques de Bielorrusia ocupan más del 40 % de la superficie del país y pertenecen al Estado. Por lo general, están bastante limpios y correctamente administrados, estando la tala muy regulada para mantener una cubierta forestal estable y muchas zonas están protegidas permitiendo ello una gran biodiversidad como consecuencia directa. Ello, unido a la decadencia del llamado colectivismo agrario, ha dejado un escenario perfecto para que todo tipo de animales salvajes encuentren en Bielorrusia un auténtico paraíso para su desarrollo.

Mi primer alce

Algunas veces, solo algunas y muy pocas, la suerte se alía con el saber hacer y los proyectos que uno afronta, por difíciles que parezcan en su acometida, tienen el éxito como resultado. Este es el caso de la última expedición de la serie Blaser World Challenge de la que he tenido la fortuna de formar parte. Un viaje difícil en el que de la mano de los profesionales que lo organizaban ha salido todo a pedir de boca, incluso parecía seguir toda una escaleta cinematográfica en la que cada hito de la aventura se iba superando justo en el momento y condiciones límites e idóneas…

Pocos instantes después de bajar del avión de vuelta de mi esperadísima luna de miel, recibí una llamada de Luis de la Torriente, entonces de IberaliaGo, confirmándome lo que llevaba dos años soñando y es que, ¡habían seleccionado mi solicitud para la Blaser World Challenge de Alces en Bielorrusia!

“Uno de esos sorteos que no tocan nunca” dijo mi mujer, como es lógico, algo recelosa de la noticia. Sin embargo, no pasaron ni 24 horas cuando ella misma me dio ese empujón necesario para aceptar la invitación superando así mis miedos a lo internacional.

Poco después, el equipo de Venare Hunting dirigido por Juan Salvador, pasó a darme los detalles de un viaje a un país en cuya capital se haya un monumental cuartel general de la KGB en la Plaza de la Independencia. “¿De verdad el viaje es a Bielorrusia?”, pues sí, le respondía a mi familia, mientras tragaba un poco de saliva y es que, como muchísimos de vosotros, soy cazador de menor y mayor, y lo máximo que tengo es la famosa licencia interautonómica, en cuanto a menesteres administrativos se refiere.

Dicho y hecho. La BWC daba comienzo en Bielorrusia, con un equipo capitaneado por Luis y con Antonio Adán por Excopesa. Allí estaba yo, entre cazadores experimentadísimos, viendo de refilón a dos sospechosos cámaras que intentarían plasmar en un documental lo mejor de un viaje, cuanto menos, peculiar.

Ya en el campo, tras superar la tediosa frontera, empezaba a sentirme algo más cómodo, no sin dejar de mirar, un poco estupefacto, a aquellos guías vestidos de militar que nos acompañarían. “¿Había un traductor?” Sí, claro que lo había, pero éramos tres equipos diferentes en la zona de Priyatsky de 80.000 hectáreas y Román no podía estar en todos lados, así que era misión de cada cazador, hacerse entender con Sasha, Yuri o Dimitry, en mi caso.

Poco después de las presentaciones y ya acompañado por mi ahora amigo Pepe, uno de esos sospechosos cámaras de IberaliaGO!, comenzó la aventura en aquella vasta extensión llena de altibajos pantanosos, adornados con plantas aromáticas que hacían del rececho, una oportunidad única e irrepetible.

Hasta aquí todo iba sobre ruedas, concretamente, sobre unas camionetas marca UAZ que recordaban a tiempos pasados y cuyo interior mostraba signos de haber pasado bastantes infortunios. El guía que se me había asignado, Dimitry, a pesar de ser un experto en la caza del alce en Europa, se apoyaba en guías locales para buscar la oportunidad que justificaba este viaje.

El tiempo no acompañaba ya que el fuerte aire dificultaba la localización de los alces y la lluvia lastraba nuestros pasos por aquellos humedales. Aun así, Dimitry, vestido de camuflaje y térmico al cuello, muy confiado en sus habilidades, sacaba de cada entrada lo mejor de los valles.

En ese primer día, tuve la fortuna de ver varias hembras y algún joven macho que me previno del tamaño de estos enormes cérvidos, pero no fue hasta el segundo día cuando tuve mi oportunidad.

Después de pasar una mañana difícil en lo físico y complicada en lo meteorológico, comenzamos la tarde con el objetivo de cambiar de estrategia, buscando un gran valle que estuviese protegido del viento, donde poder emular los sonidos de la hembra de alce sin que el viento se llevase nuestras débiles voces. Una vez encontrado el sitio y atestiguando con nuestras caras el frío que hacía, Dimitry recibió una llamada de Yuri, el guía local, en la que aseguraba haber visto un gran macho a muy poca distancia de allí.

Eran ya las siete de la tarde y la luz empezaba poco a poco a atenuarse, mientras Pepe y yo hacíamos lo posible por correr sin perder ninguno de los archiperres que habíamos preparado para la espera.

Por fin llegamos a la zona en cuestión, empapados hasta la cintura y con la respiración aceleradísima. Fue en aquel momento en el que Pepe me recordó que llevaba mi linterna en la mochila y que sería interesante ponerla en el rifle. A pesar de que parecía una buena idea, no pude detenerme ya que el rececho no nos daba respiro alguno y no dejábamos de caminar aceleradamente. Es cierto que quedaba algo de luz, aunque el sol ya no nos acompañaba.

“¿Y el alce?” el alce no estaba en el valle, pero sí había una hembra en el pecho de enfrente. Dimitry, buscaba incesantemente con la ayuda de su térmico, aunque de poco servía puesto que la zona boscosa que nos separaba de la hembra era muy cerrada. Fue ahí cuando Dimitry empezó a llamar al posible macho que pudiera estar por la zona ‘Oahhh, oahhh’. Tras tres intentos, algo se movió en el denso bosque. Las ramas crujían fuertemente dándonos a entender que allí había alguien cabreado y, finalmente, ¡el alce respondió a Dimitry!

La luz no estaba de nuestro lado, si bien, acertaba a ver las ramas moverse bruscamente y a escuchar al macho acercándose. Como os imaginaréis, presenciaba atónito aquella lucha de titanes con la piel de gallina y todavía con algo de temblor en las piernas por el esfuerzo realizado.

El alce debió decir algo parecido a ‘¡Basta ya!’ cuando sacó la cabeza del bosque y nos enseñó sus impresionantes astas. “¡Wow!” dije para mis adentros. Aunque era enorme, los nervios, la luz y mi pulso no me permitían identificar un buen disparo puesto que confundía su piel oscura con el monte. “¡Shoot!” (¡Dispara!) me espetó Dimitry, “¡shoot!” volvió a decir al ver que algo sucedía y es que, a pesar de que me acordaba de aquel dicho popular que reza “la caza como la da el campo”, la oportunidad no era para mí. Me resistí a intentar abatir al rey europeo sin tener la certeza de que el tiro fuese mortal. Aquellos casi 800 kilos de animal no iban a darme más oportunidades y no sería yo el que le hiriese.

Tras unos segundos, el alce volvió sobre sus pasos y comenzó a correr río abajo. Mientras, yo sólo distinguía ramas romperse y veía en los rostros de Dimitry y del guía local signos de desconcierto. Fue ahí cuando Dimitry demostró por qué es el mejor guía de Europa empezando a cantar sin cesar, utilizando dos tonos mucho más graves y alargados consiguiendo que el alce, saliera a campo abierto y se situase a pocos metros de su hembra.

Ahora sí que conseguía diferenciar el cuerpo del animal al otro lado del valle rodeado de un pasto altísimo. Escuché a Pepe decir “¡lo tengo!” y disparé sin dudarlo. El alce corrió sin mirar hacia atrás describiendo, en su huida, una media luna que parecía propia de un animal tocado.

Fue ahí cuando Dimitry nos pidió a todos que nos pusiéramos las linternas de cabeza a la vez que se situaba delante de mí y, dibujando un alce en su mano con algo de barro, me pidió que le mostrase el lugar exacto del tiro. Su cara lo decía todo, el tiro era bueno y además me confesó que el tiro había sonado a ‘chicha’.

A partir de ahí comenzó el que para mí ha sido el pisteo más difícil de mi vida y es que la noche, aquel pasto que me llegaba por el pecho, la más absoluta desorientación y sobre todo las dudas, fueron mis peores enemigos.

Durante las tres horas siguientes pasé por diferentes fases: exaltación, duda y hasta negación. No entendía por qué nadie se había quedado en aquel lado del valle para identificar el lugar exacto del tiro, el rudo bielorruso no cesaba entre los presentes y sus gestos me hacían presagiar lo peor. Por si fuera poco, volvió a aparecer la lluvia y fue en ese momento en el que, adentrándonos en un bosque, Dimitry me dijo que a partir de ahí sólo proseguiría él. “¡Por seguridad!” me decía en su básico inglés ante mi cara de incredulidad.

En aquellos momentos di por perdido el alce, sin embargo, fue el propio Pepe quien me animó diciendo que, lloviese o tronase, a la mañana siguiente volaríamos el dron que llevaba en aquella pesada mochila para intentar dar con el animal.

Apareció en escena Sasha, el conductor de la UAZ para insistir en bielorruso en que el animal habría pasado por una trocha concreta de las muchas que había en aquel pasto, sin embargo, las órdenes eran volver a hacer cuadrículas de 10 metros para buscar sangre.

Ya de camino al coche, Sasha volvió a decir algo en bielorruso como si de un ‘cruzad por aquí que hay menos agua’ se tratase, cuando en realidad quería decir, “¡EL ALCE ESTÁ AQUÍ!

Mi sorpresa al ver el tamaño del animal, mi agradecimiento a todo el equipo local, la tradición bielorrusa al cazar un alce, mi sonrisa nerviosa, los recuerdos para mi mujer, mis padres y mis cinco hermanos cazadores, los sucesivos abrazos con todo el equipo español y alguna que otra lagrimilla, me los guardo para aquel que quiera saber más sobre la BWC.

M. Aparicio

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