La esencia de la caza en África

Un viaje al corazón de África, donde la caza, la historia y los orígenes del ser humano se entrelazan.

Ubacazana es una palabra de un dialecto antiguo y olvidado, también el título de mi próximo libro de caza. Me topé con ella en las intimidades del apasionante Continente Negro, Sancta Santorum del cazador, templo de la magia que hace posible tornar en realidad cualquier cinegética fantasía.

África es intensidad de sentimiento, inaccesible para quien no la haya cazado, disculpen que así declare esta exclusividad en la que a pies juntillas creo.

Diría, y digo, que no hay otra mejor manera de entrar en el espíritu de estas tierras ancianas, curtidas por el sol que abrasa la sabana; empapadas por la lluvia, constante y densa, que chorrea en las selvas abrazadas a la imaginaria línea ecuatorial, que sin dudar separa el hemisferio norte del sureño que aquí impera; marcada por la misma Historia, que debió nacer en algún oculto lugar a la sombra de una acacia olvidada, al amparo del rugido que alerta y congela las vidas de los seres que lo temen, pues nada menos que del rey de estos lares se trata: ¡simba!, el león.

Se puede, África, visitar, caminar, conocer y hasta en ella vivir, pero si la pretendemos habitar, si lo que deseamos es formar parte, aunque pequeña sea, de lo que África en su inescrutable intimidad es… entonces, estimado lector, ¡entonces la hay que cazar!

leon en revista trofeo caza

Y me podrán preguntar, ¿por qué no?, quien cazador no sea, por qué razón ha de ser, esto que escribo, tal y como un servidor ha escrito que es. Y yo, con respeto, pero convencido, le respondo que no hay más causa ni otra razón que la que África es: ¡caza!

Allí, al sur de los dioses y las colosales tumbas del Egipto eterno; al sur de la cultura, sabia e insuperable, de la inmortal Grecia; de la mar mediterránea que llevó a Aquiles a las murallas de Troya y dejó por diez años perderse a Odiseo antes de regresar a su Ítaca natal; allí, al sur de la filosofía de Heráclito, Sócrates y Platón, de Aristóteles y del Séneca cordobés; al sur del más que poderoso Alejandro, que el mundo conquistara y hasta Persia puso a sus pies; al meridión de las invencibles legiones del primero y más grande de los César todos que Roma ha dado: ¡Julio!, quien sin dudar cruzó el Rubicón para cambiar luego y para siempre la Historia; allí… en algún lugar primigenio escondido del Universo y del Tiempo, bajó, el que llegaría con la evolución a ser humano, del árbol en el que vivía a la tierra que lo recibió.

Y fue así, a partir de entonces, que el homínido a otros como él se unió, y empezó a vivir mejor y para mejor vivir, empezó a cazar. Sin lo que la caza le proporcionó, el hombre, el Homo sapiens que hoy somos, jamás hubiese llegado a ser. (Continúa)

Autor: Alberto Núñez Seoane

Alma estriada.