Caza de arruís con arco: un desafío al límite en la montaña

Una exigente jornada de caza con arco, marcada por recechos imposibles, oportunidades perdidas y una tormenta que convierte el lance en una auténtica prueba de resistencia.

Con las primeras luces empezamos el ascenso. El cazadero se insinúa ¡espectacular! «¡Cazaremos como en tu casa!», dice José. Remontaremos por la arista para tener visibilidad a ambas caras de la montaña y sorprenderlos por arriba; Jon se quedará en la ladera de enfrente para guiarnos en los puntos ciegos, ¡el plan me encanta!

José tiene muy claro dónde están los arruís y poco tardamos en localizar el primer rebaño que, visto ahí, desde aquí arriba, les hacemos una entrada, pero en los cien metros finales nos pillan.

Jon, por la emisora, nos canta que tenemos otro grupo a unos doscientos metros por debajo, así que reculamos y, con el aire de cara, les recortamos distancia. Mientras les entramos, los animales también remontan y nos encontramos con ellos a cuarenta metros. Nos quedamos pegados a un matojo con el aire de cara y sólo queda esperar a que el animal dé la cara, pero algo no les cuadra y se tiran pedriza abajo, cruzando muy lentamente el barranco.

arruis en revista trofeo caza

Aceleramos el ritmo para cortarles el paso, pero, cuando llegamos, los arruís se están perdiendo en el viso. Mido ochenta y siete metros, abro, pero no puedo tirar…, toca correr para intentar cortarles el paso una vez más… Cuando llego asomo por un peñón, los tengo a ochenta metros debajo de mí, fijo un objetivo, reculo un poco, abro, asomo de nuevo, ¡pero antes de poder consolidar el anclaje los animales huyen otra vez!

De reojo, a mi derecha, veo una hembra vieja, cruzada, ¡está perfecta! Cierro, mido, 107 metros de tiro, 132 metros reales, un tiro muy largo, pero es la oportunidad más clara de la mañana. Corrijo el visor, abro de nuevo, colimo, me tomo mi tiempo y la suelta se produce… Cuando la flecha llega, el animal ha dado dos pasos y la saeta se desintegra contra las rocas cuarenta centímetros por detrás del arruí. Es mediodía y después de correr toda la mañana tras los arruís, creemos que lo más sensato es controlarlos desde la distancia, dejar que se calmen y replantear la estrategia.

¡Montaña rusa de sentimientos!

 

Pasadas un par de horas el grupo se calma, los animales se empiezan a tumbar pegados a una pared vertical con mucha pedriza y unas canales con bastante sombra: el sitio es ideal para entrarles por arriba. Los rodeamos, trepamos por una pared, descendemos por la canal opuesta donde están los animales, todo perfecto.

caza con arco de arruis en revista trofeo

Cuando estamos a escasos metros de dar vista a los arruís, justo por donde tenemos que pasar, cuatro ovejas domésticas están tumbadas, ¡no me lo puedo creer!, ¿y ahora qué narices hacemos?

Si nos ven su huida natural será hacia los arruís, así que les tiro una piedra para que huyan en dirección opuesta, pero deciden tirar hacia los arruís.

Aprovechando esa extraña situación, corro pegado a la peña, sirviéndome del ruido que hacen las ovejas al huir. Me asomo, no veo a los arruís, no están; me giro buscando a José y su rostro me dice que hay algo que él ve y yo no…

Me giro de nuevo y veo una arruí, medio de pecho, plantada a sesenta y cinco metros; corrijo, abro, le pongo el punto entre la base del cuello y la escápula, secuencia de tiro y ¡pocc!, la flecha impacta en el sitio y el grupo arranca a correr ladera arriba, trepando por la canal.

Jon, por la emisora, nos canta que un animal no puede seguir al grupo, que se tumbó a escasos metros. ¡Bien!, ya es nuestra. Decidimos darle tiempo y, cuarenta minutos más tarde, empieza a llover.

Por la emisora, Jon comenta: «El animal se ha levantado y se mueve muy lentamente, pero se mueve…», ¿cómo es posible?

La lluvia arrecia y Jon nos avisa de que no ve a la hembra. Vamos al tiro, pero no somos capaces de encontrar sangre.

La tormenta descarga su furia sobre nosotros y nos ponemos a cubierto debajo un matorral, estando en ese punto donde ningún arquero quiere estar: con un animal, a priori bien pegado, pero que no lo está, que no deja sangre, que nadie ve, y colgado en un terreno escarpado y lloviendo…

cazadores con arco en revist atrofeo

De repente, José grita: «¡Sangre!, allí, en esa piedra». Decido coger el arco e ir en solitario para valorarla y, cuando llego, observo sangre claramente pulmonar; asomo un poco y, en el otro lado de la pedriza, a escasos setenta metros, veo a la arruí tumbada. La lluvia se convierte en granizo, eso cubrirá mis pasos, mejoro la posición y tras recorrer cuarenta y pocos metros, la arruí se levanta, empieza a huir, ¡medio a la carrera le tiro otra flecha que la hace roda por la pedriza!

¡Sobredosis de emoción!, ¡Cuánto respeto y admiración siento por este animal! Qué duros son: la primera flecha le tocó sólo un pulmón y, casi una hora más tarde, aún tenía fuerzas para huir.

Voy a por José, que está acurrucado dentro de su poncho, le cuento lo sucedido y, con la tormenta azotando, aviamos su carne.

Nos llovió, nos granizó, la tormenta descargó su furia sobre nosotros, pero allí, en esa sierra, con mi arco y la mochila llena de carne, recordando con perspectiva el lance vivido, ¡soy el hombre más feliz del planeta!

Ahora, con mucha cautela para no dar un traspiés, toca salir de la montaña…

Autor: Joan España