Tiene la cola blanca, lo vi este invierno. Muchas veces he descubierto marranos canos, claros de costillas, viejos y marcados por derrotes. Pero éste tiene el rabo albino como si fuera un mechón de pelo decolorado. Íbamos Talibán y yo batiendo perdices por la umbría de Tordalobos cerca del Majanóny allí, junto a un pino seco, se desencamó mientras le corrimos una caña al grito de «ahí va el marrano». Era un gran cochino. Buscaba lo sucio de enebros y espinos, pero el repecho era duro y las patas de Talibán más largas. Tras acosarle y darle un buen apretado le perdimos por entre la maleza. Paré a analizar lo acaecido.
Tenía el rabo blanco. Quizá fuera barro reseco de estos lodos claros. Pero no. Algo me decía que ese marrano tenía una peculiaridad. Quién sabe si nos volveríamos a ver.
Sigo monteando por aquellos lares a lomos de mi castaño morcillo. Hace un frío del demonio. Pero hoy no pega el aire, así que avanzamos con la mano de los perros por unas rañas salpicadas de carrascas. Por un lejano pedazo, veo que un cochino zorreado va galopón metiéndose en la mancha. Meto espuelas y salgo como un azor para tratar de meterlo en los puestos y que su suerte y la mía se crucen. Voy muy veloz. Talibán va fijo en él. Por el contrario, el marrano viene de largo careo, con la boca abierta, cansado, pero al vernos aprieta la marcha, quiebra y se mete en lo sucio.
Tenía el rabo claro. Era el mismo cochino que me encontré semanas antes. Acabó la montería. Revisé uno por uno los grandes marranos abatidos. No estaba. Era una seña de identidad muy clara. Y por viejo, por listo, por suerte o por malvado, no le metieron un balazo o los perros no fueron capaces de echarle las uñas. Dónde estará ahora…

Enero se deja comer por febrero. Voy dando un paseo por las siembras menudas y ocres que tratan de hacerse fuertes ante la promesa de la primavera. Es atardecer y, pese al frío, me gusta dar un paseo a marcha de legión para no perder la forma y estirar las piernas que ya tienen el arco de las costillas de Talibán. Voy a dar la vuelta en mi paseo cuando una piara de marranos corretea a lo lejos buscando las últimas bellotas de esta temporada. El último del grupo es un gran cochino, con bulto. Va prudente zaguero de la piara. Es un macho. Lo vi en sus hechuras. Me calzo los prismáticos y lo veo; era el cochino de tiempo atrás.
Tiene la cola larga y clara, le cuelga por debajo del corvejón. Tiene pelo de invierno y abulta el doble, pero sin duda es él. Ha sobrevivido a las monterías, a las esperas, a los perdigoneros que llevan postas loberas por si sale un raposo, a los raposeros que tiran a la cabeza cuando sale un marrano. A todo. En silencio, quitándome del aire, me escabullí para no ser visto. En febrero las cochinas paren y suelen quedarse tranquilas donde no las molestan. Es probable que el cochino haga lo mismo, prudente vigía de la piara, más que para protegerlas, para sentirse alertado por los peligros.
Las cochinas oyen bien, son prudentes y a la mínima salen en desbandada. No está demás estar cerca si la cosa se pone fea y, como además hay varias primalas, alguna de ellas bien comida con la luna llena puede entrar en celo y así saciar los instintos primarios.
Salí de nuevo, esta vez tras él. Llevé la cámara de fotos. Quería cazarlo con el objetivo. En lugar de la espingarda llevaba el instrumento que me daría cobertura para poder disfrutar de su presencia. Entré con el aire de cara a donde las siembras estaban creciendo. En estas zonas donde se ha tirado semilla la hormiga trabaja mucho y con las lluvias los hormigueros revientan. Los marranos buscan tanto el grano como el insecto y allí se plantan a causar estragos en las besanas bien preparadas por el agricultor para deleite de los hocicos de los dañinos marranos.
Lo vi y no lo dudé. Le eché mano a la cámara logrando fotografiarlo y ver con detalle cada rasgo que le hacía potente. Era un gran cochino. Estaba pendiente de unos gamos que ya enramados en grupos barruntaban el desmogue. El campo marcea y la primavera llama a la puerta. Con calma lobuna y avidez depredadora, me juré un encuentro próximo de poder a poder, para no perder el instinto que ya creo perdido.

Era tarde o, quizás, pronto. La luna de junio vigila la mies lechosa de los trigos que madurarán en cuanto el calor apriete a las mesetas palentinas. Ahora es momento de paces y glorias. Abundante comida y bebida.
Mucho abrigo y defensa, ya que el año ha sido suculento de aguas y las cosechas prometen ser copiosas. Los corzos comen a boca llena. Las corzas apenas tienen que apartarse de sus crías porque pueden comer sin esfuerzo mientras los gemelos maman agarrados cada uno a una teta. Está el campo preñado de vida. Me lo repito mientras camino con el aire de cara en este atardecer donde el campo se mueve y fluye pese a que la mayoría de sus seres habiten protegidos por lo alto de los trigos y las cebadas. Voy despacio, tengo claro por dónde suele ir. Lo sé porque vi su huella en la baña del camino y tras revolcarse se agarra a los trigos de saliente que no tienen raspa, ya que los que tienen barbas les gustan menos. Va con una piara que lleva seis marranas, dos de ellas grandes con una prole escandalosa que revoluciona todo a su paso.
Él sale zaguero, cuando las marranas han entrado al cereal. Se coloca a prudente distancia sin alejarse ni acercarse. No quiere que le molesten en exceso, pero cualquier peligro puede acechar entre las siembras. El lobo abunda y corta su rastro cada día. Aunque no es menos cierto que éste prefiere al bermejo que al duro macareno.
Los oigo, están ya en los trigos que quieren amarillear. Aún hay luz suficiente para ver la estrategia. La piara masca cereales de manera escandalosa. Los tostones corretean tirando todo al suelo. Lo busco con los prismáticos, lo veo. Lleva la cabeza gacha, pero la sube para cosechar con sus fauces los trigos más maduros. Masca tres veces, se calla. Quiere que nadie le pueda sorprender mientras llena el estómago.
Lo estoy observando. Me meto en la siembra directo a él con el aire a mi favor y los trigos como protección. La piara monta escándalo a mi derecha. Tengo una chaparra desde la que puedo tomar referencia y desde allí meterme a menos de cuarenta pasos. Avanzo despacio al compás de los ruidos del entorno, para camuflarme. Voy a llegar al chaparrito desde el que poder sacudirle. El cochino abulta sobre los trigos. Veo su lomo grueso y su cola blanca. No hay mucho más que averiguar. Sujeto el metal para asegurarme de tenerlo todo listo, voy a llegar al chaparrito donde todo acabará. El pulso me llega a la garganta, recuperando la afición que creía perdida…

Voy camino de la casa, ligero, disfrutando de encontrarme cómodo en una noche fresca. Fue hermoso que la corza aquella saltara de su encame echando todo a perder. Reconozco que el marrano se espantó unos metros y me dio oportunidad un par de segundos para echarlo a rodar. Pero sería una forma muy ruin de terminar con una historia tan larga. Creo que en julio iré con Talibán lanza en mano a meterlo en cintura.
Mi caballo se habría molestado de no haber contado con él, ya que juntos le descubrimos. Y el marrano de la cola blanca cortó mi rastro de nuevo para saber que además del lobo anda un extremeño por ahí buscándole las vueltas. «Habrá que aumentar las precauciones, se dice. Y yo le digo que se ponga en forma que en breve mi castaño y un servidor iremos a poner punto y final, de poder a poder, la historia del marrano de la cola blanca, que vigila con celo los entornos del cerrato palentino, con bravura de albar y la cátedra que sólo da la experiencia.
Autor: Manuel de Juan

