Diciembre, aun siendo un gran mes para los aguardos, no es un periodo para el que todo el mundo esté preparado para aguantar y sacrificarse durante horas a la intemperie y, en muchas ocasiones, con temperaturas por debajo de cero. Además, estamos en los días más cortos del año y eso conlleva, en muchas ocasiones, horas interminables de espera en condiciones climatológicas muy adversas.
Por el contrario, existen en estos meses de invierno algunas ventajas con respecto a los meses estivales o de buen tiempo. Fuera mosquitos, menos presencia humana por el campo, pero, sobre todo, un detalle para mí muy importante: los sonidos del monte.
Por casi todos es sabido que el calor, las temperaturas altas, el llamado bochorno, apagan o «insonorizan» mucho los sonidos del monte, minimizándolos notablemente mientras que el frescor de la noche los aviva y parece como que los «charrasquidos» del monte resonasen más en nuestros oídos, aunque también es cierto que la humedad silencia la tierra, las hojas y las ramas. De cualquier modo, diciembre es el mes, junto a noviembre, idóneo para hacernos con un gran macho de jabalí, sin que pensemos que sólo por el hecho de estar en esos meses será fácil.

Aprovechar el celo
Vayamos, pues, a lo interesante. Como ya he comentado en alguno de mis artículos anteriores, con la caída de la bellota, la montanera, las hembras comienzan a salir en celo, más que de costumbre, por aquello de la variedad y cantidad de alimento. Esto quiere decir que fácilmente podremos «pillar» algún buen macho entre alguna piara que, de no ser por estar las guarras «altas», en muy contadas ocasiones, por no decir ninguna, veríamos junto a ellas. Esto también tiene sus contras, porque, aunque el macareno descuide «algo» su alerta e instintos (tiran más dos tetas que dos carretas), habrá muchos más ojos, oídos y, sobre todo, «trompas» que puedan delatar nuestra presencia, dando al traste con nuestro propósito.

Distinguiremos a nuestro rival a abatir entre la piara, sobre todo, por su conducta y, aunque hoy en día es muchísimo más fácil hacerlo viendo sus rasgos físicos con la tecnología de la que disponemos, recordemos siempre características típicas de un buen sus scrofa: el «pincel», la forma trasera de sus atributos o el hocico «remangado», que son detalles que lo delatarán, sin olvidar que en el guarro albar su corpulencia resaltará aún más esas peculiaridades que en ejemplares arochos.
Por otro lado, la conducta de un gran macho entre una piara es la de la desconfianza, la agresividad y, por encima de todo, el estar siempre hostigando a un mismo miembro de la manada, que será la hembra en celo, ya sea de mayor o menor tamaño, pues, en ocasiones, muchas hembras son muchísimo más voluminosas que un buen macareno. Las hembras, por el contrario, incordiaran a cualquier miembro de la piara, para que no les «roben» las mejoras bellotas.

Ganar la partida
Debemos aprovechar la «tranquilidad» que a los animales les da la comida natural, pues no es lo mismo esperarlos en cebaderos o comederos, donde saben o intuyen lo que les puede suponer dar la cara en el cebo, además de que lo estamos «obligando» a ir a alimentarse a un lugar concreto, donde, posiblemente, de no ser por esa comida, ni aparecería.

¿Y por qué digo que ni aparecería?: sencillo. Todo aguardista que se precie hace su cebadero en un lugar donde le gane la partida a ese gran jabalí, donde minimice lo agudo de sus sentidos, intentando sacarle de su zona de confort, intentando retirarle de los aires dominantes que nos puedan delatar o hasta sacarlo de la espesura del monte. Esto es lo que, en la mayoría de las ocasiones, les hace recelar y entren, como ya hemos podido comprobar tantas veces, un día sí y cuatro no, he ahí el motivo; además de saber, intuir y, muchas veces «sufrir» en sus propias carnes, el trallazo de nuestras armas, saboreando los granos de maíz. Es muy importante saber elegir un punto idóneo donde ubicar un comedero, un lugar lo más querencioso posible, donde el guarro se sienta protegido por el monte y con una huida con garantías para él y, aunque para el cazador el puesto sea más incómodo y menos vistoso, es en esos sitios donde entrarán grandes guarros, (de ahí que haya comederos en los que, por lo que sea, se abaten siempre buenos ejemplares).

Buscar querencias
La comida natural da muchísima tranquilidad a la caza, más que nada, porque van a comer donde ellos quieren, les apetece y les llevan sus querencias. Es ahí donde tendremos que buscar la poca ventaja de la que podemos disponer para dar caza a un animal con unos instintos y unos sentidos endiablados.
El juego empieza por escudriñar el monte con muchísimo ahínco, pues de ello dependerá nuestro éxito. Mirar y requetemirar encinas tomadas, pasos, gateras, trochas… todo cuanto nos dé algo o mucha información de por donde se mueve o hace su entrada nuestro invitado. Tanta importancia tiene ver dónde comen, como saber por dónde nos va a venir, ya que ello nos llevará a elegir el puesto correcto sin temor a equivocarnos, aunque, tratándose de grandes jabalíes, dos más dos nunca serán cuatro.
Aprovechar ‘esa pequeña’ ventaja
No olvidemos que estamos en diciembre y hay circunstancias que debemos aprovechar y recordar, a pesar de que pudiese parecer contradictorio. Son ya un par de meses de belloteo de toda nuestra fauna (que no es poca la que se alimenta de este fruto) y lo que habrá sucedido es que de buena parte de la bellota caída entre el monte (que es la primera que se comen, pues alimentándose entre el monte, los animales se sienten cómodos y seguros), como es lógico, ya hayan dado buena cuenta y los «trompudos» se verán obligados a salir y rebuscar en robles y quejigos, encinas, alcornoques que, por este orden, dejan caer tan preciado fruto, lo que nos dará ese pequeño plus de ventaja.

Especialmente luminosa es la luna de este mes, lo que nos puede ayudar, no ya a la hora de localizar esa piara de marranos en la que pueda ir el navajero que buscamos o ese viejo solitario al que le cuesta salir del monte con la luz de la luna (pues sabe que es muchísimo más vulnerable), ya que hoy en día, con los térmicos, nuestro satélite pierde parte de su importancia en ese sentido, pero sí a la hora de poder acercarnos, poco a poco, a nuestro objetivo o mejorar el tiro en caso de que nuestro amigo no hubiese dado la cara en el lugar deseado.

Esperas en la zona de huida
Tampoco hemos de olvidar la posibilidad de sorprender a nuestro gran jabalí después de llenar la panza. Esta es una práctica más que recomendable si queremos hacernos con ese gran macho viejo, puesto que es en ese momento, después del festín, cuando se va del banquete un poco más relajado y tranquilo, como sabiéndose ganador de esa batalla.
Cuando comenzamos a pistear la gran huella de uno de esos guarros que nos quitan el hipo, yo diría que hasta establecemos una relación íntima y personal con él, en el sentido en que imaginamos las correrías nocturnas del astuto animal, hasta el punto de creer que esté observándonos desde la espesura del monte y vaticinando una pronta confrontación en la oscuridad de la noche.

Controlaremos el lugar donde más le gusta amainar su apetito (y que visite asiduamente), observando su entrada (con precaución), que suele ser muy rebuscada, y nos quedaremos con la zona de salida o huida que, en la mayoría de las ocasiones, será la misma (cabe recordar que estamos hablando de un animal que se las sabe todas y por eso llegó a viejo). Es en ese paso o trocha de huida donde debemos ingeniar el puesto que nos dé la seguridad de un buen disparo.

Siempre he sido un apasionado de este tipo de aguardo, el de después del festín, pero no a cualquier hora, sino «a la vuelta», a altas horas de la madrugada esperando hasta el alba a ese invitado que, en la mayoría de los casos, nos gana la partida… Controlar los pasos y la hora de huida por donde ese viejo guarro busca su encame diurno y esperarlo con suficiente antelación para no ser descubiertos, entrar con ese sigilo que nos van a exigir los animales que estén de careo plácidamente, para no desatar una evasión múltiple que dejaría el monte solo…

Sea cual fuere la modalidad que deseemos emplear, diciembre es frío, que lo hará más incómodo; son días cortos, con sus noches largas, que lo harán más largo; son hielos, que lo harán aún más duro y, ante todo, son macarenos, que lo hacen todo más emocionante y, a la vez, más llevadero, y es cuando la caza es caza.
Texto y fotos: Pablo López Lojo
Cinegética La Trocha

