Rececho de corzo en Asturias

Rececho de corzo en tierras asturianas marcado por la lluvia, la amistad, el respeto por la pieza y el relevo generacional.

Llevamos todo el día oteando, mirando, escudriñando cada rincón de la linde de los prados con el monte, cada hueco en las pumaradas, ansiando ver la preciosa silueta del corzo de nuestra pasión que nos trae cada año a esta hermosísima tierra asturiana.

Nos respeta milagrosamente la lluvia de mañana, pero no somos capaces de dar más que con tres corzas que no nos calientan en exceso el corazón. Aunque nunca entendí a quien menosprecia su caza, pues son igual de difíciles de abatir, o más, que los machos.

Tras apurar las últimas horas de la mañana sin avistamiento alguno nos retiramos a descansar un rato y a disfrutar de la enorme gastronomía local que hace las delicias de todo aquel que tenga la fortuna de pisar estos pagos.

Un rato de descanso es absolutamente necesario para encarar la salida de tarde con renovado ánimo. María sabe que no va a tener muchas oportunidades, sólo nos restan dos salidas. Nos encomendamos a la Santina.

A las 18:30 horas quedamos con nuestros amigos para retomar la búsqueda. Llueve y llueve bien, con firmeza y persistencia. Como los lugareños, tiro de paraguas sin más contemplaciones.

Dejamos los coches para iniciar el rececho, nos adentramos por caminos que atraviesan bosques y praderías con sigilo y esperanza. La tarde pinta mejor. Otros amigos del grupo están intentando localizarnos alguno por otras zonas. Esta caza semirrural permite este dispositivo organizativo. Una ayuda impagable que muestra la solidaridad intrínseca a la auténtica caza.

Guardas, socios y amigos dispuestos a echar una mano de forma completamente altruista. Años de amistad que no han caído en saco roto.

Hasta Rosa, la mujer de Mario, nuestro amigo y compañero de rececho, se une con tremenda afición a la tarea de la búsqueda del esquivo duende. Tiene grandísima afición.

La primera entrada…, agua. El que buscamos no está. A por otro. La tarde avanza entre suaves chaparrones y algunos claros que, despistados, nos dan tregua. No hace frío, pero todo está completamente anegado. Las botas de agua se tornan en amigas indispensables para sobrevivir seco en este exuberante ecosistema de herbazales y bosques atlánticos. A Astur, que camina pegado a mis piernas metiendo el morro por todas partes, el agua ni le va ni le viene, se sacude cuando le peta y tira.

De repente, como si todos se hubiesen puesto de común acuerdo, comenzamos a ver corzos. Nos miramos los tres y sabemos que vamos a tener una oportunidad. Una espectacular entrada nos lleva a un macho de mucha calidad. Yo camino metros detrás con el perro y, cuando veo a Mario y a María arrodillarse, paro en seco y vuelvo sobre mis pasos con Astur. Me quedo a sesenta metros. María encara, pero no tira. Ladran un par de corzas y… le oigo a Mario jurar en arameo.

Cuando me encuentro con ellos… «¡Las muyeres lo lían todo!». Las corzas, las puñeteras corzas, avisan al macho y lo arrastran fuera de tiro. Lo tuvo apuntado a la cabeza a cincuenta metros de distancia, pero, con criterio, no disparó. Qué bonito comprobar como los hijos han ido aprendiendo de los consejos de los padres. María se lamenta seriamente por la ocasión malograda. Me dice que era precioso, mereció acabar el lance, pero la caza es caza. La incertidumbre lo impregna todo.

Topamos con uno viejo, de esos extraños de cuerna, pero precioso. Lo tenemos a ciento ochenta metros de frente durante mucho rato, no se gira un segundo, pero con el «mirón», como le llaman aquí mis amigos al spotter, disfrutamos de su quietud. Cuello grueso, dos anteojos blancos circundan sus ojos. Nos observa inmóvil hasta que se aburre y lo acabamos perdiendo.

Nos llama otro cazador y dice que tiene dos localizados. Vamos, hacemos la entrada y, apoyados en un hórreo, vemos que se trata de dos jóvenes machos que no valen tampoco. Empieza a anochecer y, de camino a recoger nuestro coche, otra llamada. Vamos a toda velocidad y se juega el lance. Hacemos la entrada, nos ponemos a doscientos cuarenta metros.

Come tranquilo en el prado, mucha distancia para tan poca luz. María monta el trípode y yo le animo a recortar distancia. Aún hay tiempo. Lo conseguimos, nos ponemos a ciento setenta y cinco metros. Mario le dice que decida, el corzo es joven, pero bonito, muy simétrico y el horno no está para bollos. Decide tirarlo con el aplomo con que lo hace siempre.

No deja de sorprenderme. Hay poca luz. ¡Bang! El corzo salta encogiendo las patas delanteras y cae rodando ladera abajo. No ha sufrido nada. La emoción nos inunda a todos. Grandes abrazos. Llevo a Astur al tiro y da con el corzo en pocos segundos. Damos gracias por el corzo y admiramos su belleza. El respeto por la pieza abatida es esencial.

Un tiro perfecto, un lance perfecto, unos amigos perfectos… una gran cazadora.

Hay relevo… y nostalgia, mucha nostalgia.

Texto: Ramón Menéndez Pidal